La Ciudadela del Autarca [The Citadel of the Autarch - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Серия: El libro del Sol Nuevo #4
- Год: 1995
- Язык: испанский
- Год: Minotauro
- ISBN: 84-450-7144-0
- Переводчик: Marcelo Cohen
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Ciudadela del Autarca [The Citadel of the Autarch - es]». Краткое содержание книги:
—Pero ¿no eres nada más que un ex aspirante de ese gremio?
—No.
Vodalus lanzó un suspiro y sonrió; luego se reclinó en la silla y volvió a suspirar.
—Mi servidor Hildegrin siempre insistía en que eras importante. Cuando le preguntaba por qué, me respondía con un sinnúmero de especulaciones, ninguna de las cuales me parecía convincente. Pensaba que pretendía obtener dinero a cambio de espiar un poco. Ysin embargo tenía razón.
—Sólo he sido importante para ti una vez, señor. —Siempre que nos encontramos me recuerdas que una vez me salvaste la vida. ¿Sabías que Hildegrin te la salvó a ti? Fue él quien le gritó «¡Corre!» a tu oponente cuando os batisteis en la ciudad. Tú estabas caído, y el otro podría haberte apuñalado. —¿EstáAgiaaquí? —pregunté—. Si se entera, tratará de mataros.
—Nadie más que yo te está oyendo. Díselo más tarde, si quieres. Nunca te creerá.
—De eso no podéis estar seguro.
Sonrió más francamente. —Muy bien, te pasaré a ella. Podrás probar tu teoría contra la mía.
—Como deseéis.
Rechazó mi aquiescencia con un elegante gesto de una mano.
—Piensas que tu voluntad de morir puede acorralarme. En realidad me ofreces una salida fácil a un dilema. Tu Agia vino a verme trayendo consigo un taumaturgo muy valioso, y como precio de sus servicios y los de ella misma sólo pidió que tú, Severian de la Orden de los Buscadores de la Verdad y la Penitencia, fueras puesto en sus manos. Ahora dices que eres Severian el Torturador y nadie más, y es con gran embarazo que me niego a sus demandas. —¿Yquién deseáis que sea? —pregunté.
—En la Casa Absoluta tengo, o debería decir tenía, un sirviente harto excelente. Tú lo conoces, desde luego, pues fue a él a quien diste mi mensaje. —Vodalus hizo una pausa y volvió a sonreír.— Hace alrededor de una semana recibimos uno de él. No estaba dirigido a mí abiertamente, por cierto, pero yo me había encargado no mucho antes de que él pudiera localizarnos, y no estábamos lejos. ¿Sabes qué decía? Sacudí la cabeza.
—Es raro, porque por entonces debías estar con él. Decía que estaba en una nave derribada; y que con él estaba el Autarca. Habría sido una idiotez mandar semejante mensaje en una situación corriente, porque nos dijo dónde había caído, y tiene que haber sabido que se encontraba detrás de nuestras líneas. —¿Entonces sois parte del ejército ascio?
—Los servimos, sí, en ciertas exploraciones. Veo que te inquieta saber que Agia y el taumaturgo mataron algunos soldados para capturarte. Pierde cuidado. Los señores los valoran aún menos que yo, y no era momento de negociar.
—Pero no capturaron al Autarca. —No soy bueno mintiendo, pero estaba demasiado exhausto, creo, como para que Vodalus me leyera fácilmente la cara.
Se inclinó hacia adelante y por un momento los ojos le fulguraron como si en el fondo ardieran velas.
—O sea que estaba allí. Qué maravilloso. Lo has visto. Has volado con él en la nave real.
Asentí una vez más.
—Mira, por ridículo que suene temí que fueras él. Nunca se sabe. Muere un autarca y otro ocupa el puesto, y el nuevo autarca puede estar allí medio siglo o quince días. ¿Entonces erais tres? ¿No más?
—No.
—¿Cómo era el Autarca? Dame todos los detalles. Hice lo que pedía, describiendo al doctor Talos tal como había aparecido en el papel.
—¿Escapó de los ascios y de las criaturas del taumaturgo? ¿O lo tienen los ascios? Quizás esa mujer y su amante estén guardándolo para ellos.
—Os dije que los ascios no lo capturaron.
Vodalus volvió a sonreír, pero debajo de los ojos fulgurantes y la boca plegada sólo había dolor. —Mira —repitió—, por un momento pensé que podías ser tú. Tenemos a mi servidor, pero lo han herido en la cabeza y nunca está consciente más de unos minutos. Me temo que morirá dentro de muy poco. Pero siempre me ha dicho la verdad, y Agia dice que el único que había con él eras tú.
—¿Pensáis que soy el Autarca? No.
—Sin embargo no eres el mismo que conocí antes. —Vos mismo me disteis el alzabo, y la vida de la chatelaine Thecla. Yo la amaba. ¿Creéis que pude ingerir la esencia de Thecla sin que eso me afectara? Ella siempre está conmigo, de modo que soy dos en un solo cuerpo. Pero no soy el Autarca, que en un cuerpo es mil.
Vodalus no contestó; entornó los ojos como temiendo que yo viera el fuego que le ardía dentro. No se oía nada más que el chapoteo del agua y las voces muy apagadas del corrillo de hombres y mujeres armados, que a cien pasos hablaban entre ellos y de vez en cuando nos echaban una mirada. Chilló un guacamayo, aleteando de un árbol a otro.
—Si vos lo permitierais —le dije a Vodalus— os seguiría sirviendo. —No estuve seguro de que era una mentira hasta que las palabras salieron de mis labios, y entonces quedé perplejo, procurando entender cómo esas palabras, que en el pasado habrían sido ciertas para Thecla y para Severian también, ahora eran falsas para mí.
—«El Autarca, que en un cuerpo es mil» —me citó Vodalus—. Correcto, pero qué pocos lo sabemos.
XXVIII — En marcha
En el día de hoy, último antes de que abandone la Casa Absoluta, participé en una solemne ceremonia religiosa. Estos rituales se dividen en siete órdenes según su importancia o, como dicen los heptarcas, su «trascendencia»: algo que en la época sobre la cual escribía hace un momento yo ignoraba por completo. En el nivel más bajo, el de la Aspiración, están las piedades íntimas, incluidas las oraciones privadas, la puesta de una piedra sobre un túmulo, y cosas así. Las reuniones y peticiones públicas que cuando yo era niño me parecía que eran toda la religión organizada, están en realidad en un segundo nivel, el de la Integración. Lo que hicimos hoy pertenecía al séptimo y más alto, el nivel de Asimilación.
De acuerdo con el principio de circularidad, se prescindió de muchos de los agregados sumados a lo largo de los primeros seis. No hubo música, y las ricas vestimentas de Afirmación fueron reemplazadas por túnicas almidonadas de pliegues escultóricos que nos daban a todos un aire de iconos. Ya no nos es posible llevar a cabo la ceremonia, como en un tiempo, envueltos en el cinturón brillante de la galaxia; pero para conseguir un efecto lo más parecido posible se excluyó de la basílica el campo de atracción de Urth. Para mí fue una sensación nueva, y aunque no tenía miedo, recordé otra vez aquella noche entre las montañas en que sentí que iba a caerme del mundo; algo que mañana llevaré a cabo con serena gravedad. Por momentos el techo pare cía un piso o (lo que me perturbaba mucho más) una pared se convertía en techo, de modo que uno miraba hacia arriba por las ventanas abiertas y veía una ladera herbosa que se alzaba siempre hacia el cielo. Por asombrosa que fuera, la visión no era menos verdadera que lo que vemos comúnmente.
Cada uno de nosotros se volvió un sol; los circundantes cráneos de marfil eran nuestros planetas. Dije que habíamos prescindido de la música; pero no es del todo cierto, pues mientras los cráneos giraban, llegaba a nosotros un tenue y dulce murmullo y un silbido, causados por el paso del aire a través de los orificios de los ojos y entre los dientes; los de órbita casi circular mantenían una nota sostenida, que sólo variaba levemente con la rotación; el canto de los de órbita elíptica crecía y declinaba, elevándose cuando se me acercaban, hundiéndose en un gemido cuando estaban lejos.
Qué estupidez la nuestra, ver solamente muerte en esos ojos vacíos y casquetes de mármol. ¡Cuántos amigos hay entre ellos! El libro marrón, que traje hasta aquí, la única posesión que aún sigue conmigo de las que tomé de la Torre Matachina, fue cosido e impreso y compuesto por hombres y mujeres con esos rostros huesudos; y nosotros, hundidos entre sus voces, en nombre ahora de los que son el pasado, nos ofrecimos y ofrecimos el presente a la luz fulgurante del Sol Nuevo.