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La Ciudadela del Autarca [The Citadel of the Autarch - es]

Электронная книга - «La Ciudadela del Autarca [The Citadel of the Autarch - es]». Краткое содержание книги:

Severian interviene en la guerra contra el ejército ascio. Acompañado por un soldado herido viaja y oye historias extraordinarias, como la del cazador de focas, y encuentra una peregrina con quien discute las virtudes de la Garra. Huyendo de los terrores de los habitantes de las aguas profundas y de las voladoras astillas de la noche, continúa avanzando inexorablemente hacia el misterio final: el pronosticado advenimiento del Sol Nuevo. Al fin Severian regresa a la Ciudadela. Pronto habrá dos Severian: el aprendiz y el autarca.
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Retirarse en la memoria era fácil; lo hacíamos a menudo, reviviendo los días idílicos en que Dorcas y yo viajábamos hacia Thrax, los juegos en el laberinto entre setos que había detrás de la mansión de mi padre y en el Patio Viejo, el largo paseo por los Peldaños de Adamnian que había dado con Agia, antes de saber que era mi enemiga.

Pero no menos a menudo dejaba el recuerdo y me obligaba a pensar, a veces cojeando por la celda, a veces sólo esperando que por el ventanuco entraran insectos para divertirme cazándolos al vuelo. Planeaba fugarme, aunque parecía imposible mientras no cambiaran las circunstancias; meditaba en ciertos pasajes del libro marrón y procuraba contraponerlos a mis experiencias, a fin de producir, dentro de lo posible, una teoría general de la acción humana que pudiera beneficiarme, si alguna vez volvía a ser libre.

Porque si el curandero, que era un hombre de edad, podía aún buscar el conocimiento pese a la certeza de una muerte inminente, ¿no podía yo, cuya muerte era más inminente todavía, consolarme un poco con la seguridad de que era menos cierta?

Así buscaba yo en la conducta de los magos, y del hombre que me había abordado al salir de la choza de la chica enferma, y de muchos otros hombres y mujeres que había conocido, una llave maestra que abriese todos los corazones.

No encontré ninguna que pudiera expresar en pocas palabras: «Hombres y mujeres hacen lo que hacen por esto y aquello…» Ninguno de los mellados trocitos metálicos encajaba allí: ni el ansia de poder, ni la lujuria amorosa, ni el deseo de seguridad, ni el gusto por sazonar la vida con la aventura. Pero sí encontré un principio, que di en llamar Principio Primitivo, de aplicación general, y que si no inicia la acción al menos parece influir en las formas que adopta. Lo formularía así: Las muchas chiliadas que duraron las culturas prehistóricas moldearon nuestra herencia de tal manera que nos hace comportarnos como si hoy prevalecieran aquellas condiciones.

Por ejemplo: la tecnología que una vez habría permitido a Calveros observar todas las acciones del atamán de la aldea del lago, era polvo desde miles de años atrás; pero durante eones había impuesto sobre él un hechizo, por así decir, de manera que todavía era efectiva, aunque no hubiera sobrevivido.

Del mismo modo, todos llevamos dentro fantasmas de cosas desaparecidas hace mucho, de ciudades caídas y máquinas maravillosas. La historia que le había leído a jonas cuando estábamos prisioneros (con cuánta menos ansiedad y cuánto más compañerismo) lo mostraba claramente, y en el zigurat volví a leerla entera. Necesitado de un villano nacido del mar como Erebus o Abaia, en un marco mítico, el autor le atribuía una cabeza grande como un barco —cabeza que era todo su cuerpo visible, estando el resto bajo el agua— para alejarlo así de la realidad protoplásmica y convertirlo en la máquina que los ritmos de su mente exigían.

Mientras me entretenía con estas especulaciones, empecé a darme cuenta del carácter transitorio con que Vodalus ocupaba la antigua construcción. Aunque el curandero no venía más, como he dicho, y Agia nunca volvió a visitarme, con frecuencia oía ruido de carreras en el pasillo al que daba mi puer— ta, y de vez en cuando unas cuantas palabras dichas a gritos.

Cada vez que llegaban a mí esos sonidos, ponía contra las tablas la oreja no vendada; y en realidad a menudo los anticipaba, sentado mucho tiempo y esperando captar un retazo de conversación que me dijera algo sobre los planes de Vodalus. No pude entonces evitar, mientras escuchaba en vano, pensar en los cientos que en nuestra mazmorra me habrán escuchado cuando le llevaba a Drotte la comida, y en cómo se habrán esforzado por captar los fragmentos de conversación que desde la celda de Thecla se filtraban al pasillo, y así a las celdas de ellos, cuando yo iba a visitarla.

¿Y los muertos qué? He de confesar que a veces me creía casi muerto. ¿No están ellos, millones de millones, encerrados bajo tierra en cámaras más pequeñas que la mía? No hay ninguna actividad humana en que los muertos no superen muchas veces en número a los vivos. La mayoría de los niños hermosos están muertos. La mayoría de los soldados, la mayoría de los cobardes. Las mujeres más bellas y los hombres más cultos: todos están muertos. Por todas partes, bajo tierra, los cuerpos reposan en ataúdes, en sarcófagos, entre arcos de piedra ruda. Sus espíritus nos acosan, apretando las orejas contra las paredes de nuestros cráneos. ¿Quién sabe con cuánta atención escuchan lo que decimos, o buscando qué palabra?

XXVII — Ante Vodalus

En la mañana del sexto día vinieron por mí dos mujeres. La noche anterior yo había dormido muy poco. Por la ventana había entrado uno de esos murciélagos comunes en las junglas del norte, y aunque yo había logrado echarlo y restañar la sangre, una y otra vez había vuelto, supongo que atraído por el olor de mis heridas. Aún hoy no puedo mirar esa vaga tiniebla verde que es la luz difusa de la luna sin imaginarme al murciélago arrastrándose allí como una gran araña y luego saltando al aire.

Tanto como a mí verlas, a las mujeres las sorprendió encontrarme despierto; acababa de amanecer. Hicieron que me levantase, y una me ató las manos mientras la otra me ponía un puñal contra la garganta. Me preguntó si la mejilla cicatrizaba, y agregó que, según le habían dicho, cuando me habían llevado allí yo era un hombre guapo.

—Estaba casi tan cerca de la muerte como ahora —le dije. Lo cierto era que aunque estuviera curado de la contusión del choque con la nave, tanto la pierna como la cara me seguían doliendo.

Las mujeres me llevaron ante Vodalus; no, como más o menos esperaba yo, en algún lugar del zigurat o en el reborde donde había estado majestuosamente junto a Thea, sino en un claro que una lenta agua verde abrazaba por tres lados. Tardé uno o dos momentos —tuve que esperar de pie a que concluyeran no sé qué asunto— en darme cuenta de que el río aquel corría fundamentalmente hacia el norte y el este, y de que hasta entonces nunca había visto agua fluyendo en esa dirección; todos los arroyos, en mi experiencia previa, corrían hacia el sur o el sureste para unirse al curso sureste del Gyoll.

Por fin Vodalus inclinó la cabeza hacia mí y me hicieron avanzar. Al ver que apenas me mantenía en pie, ordenó a las guardias que me acercaran y luego les indicó que retrocediesen adonde no pudieran oír.

—Tu entrada es algo menos impresionante que la que hiciste en el bosque de las afueras de Nessus. Estuve de acuerdo. —Pero como entonces, señor, vengo como servidor vuestro. Lo mismo era la primera vez que me visteis, cuando salvé vuestro cuello del hacha. Si aparezco ante vos en harapos sangrientos y maniatado es porque así tratáis a vuestros servidores.

—Concuerdo, ciertamente, en que en tu estado resulta un poco excesivo sujetarte las muñecas. —Sonrió levemente.— ¿Duele?

—No. Ya no hay sensación.

—De todos modos no hacen falta cuerdas. —Vodalus se levantó, sacó una hoja delgada, e, inclinándose sobre mí, cortó las ataduras con la punta.

Flexioné los hombros y me libré de las últimas hebras. Fue como si mil agujas me perforaran las manos.

Una vez que hubo vuelto a sentarse, Vodalus preguntó si no iba a agradecerle.

—Vos nunca me agradecisteis, señor. En cambio me disteis una moneda. Creo que por aquí tengo una. —Hurgué en mi talego en busca de la moneda que me había pagado Guasacht.

—Puedes guardártela. Lo que voy a preguntarte vale mucho más. ¿Estás dispuesto a decirme quién eres?

—Siempre he estado dispuesto a eso, señor. Soy Severian, ex aspirante del gremio de torturadores.

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