La Ciudadela del Autarca [The Citadel of the Autarch - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Серия: El libro del Sol Nuevo #4
- Год: 1995
- Язык: испанский
- Год: Minotauro
- ISBN: 84-450-7144-0
- Переводчик: Marcelo Cohen
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Ciudadela del Autarca [The Citadel of the Autarch - es]». Краткое содержание книги:
La mitad inferior de la nave era de metal negro opaco, la superior una cúpula casi invisible de tan transparente: de la misma sustancia, supongo, que el techo del Jardín Botánico. De la popa surgía un cañón como el que llevaba el mamut, y otro el doble de grande asomaba por la popa.
El Autarca se llevó una mano a la boca y pareció murmurar algo en la palma. En la cúpula apareció una abertura (fue como si se abriera un agujero en una pompa de jabón) y un tramo insustancial de peldaños plateados bajó hacia nosotros, como una escalerilla de hilo de araña. Los hombres de pecho desnudo habían dejado de tirar.
—¿Crees que puedes subir por aquí? —preguntó el Autarca.
—Si puedo usar las manos… —dije yo.
Primero subió él, y yo trepé detrás ignominiosamente, arrastrando la pierna herida. Los asientos, largos bancos que seguían a los lados la curva del casco, estaban tapizados de piel; pero hasta esa piel me pareció más fría que el hielo. A mis espaldas la abertura se redujo y desapareció.
—Cualquiera sea la altura que alcancemos, aquí tendremos presión de superficie. No te preocupes, no te ahogarás.
—Me parece que soy demasiado ignorante para tener ese miedo, sieur.
—¿Te gustaría ver tu antiguo bacele? Están muy a la derecha, pero intentaré localizártelo.
El Autarca se había sentado a los controles. Yo casi nunca había visto otra maquinaria excepto las de Tifón y Calveros, y la que el maestro Gurloes manejaba en la Torre Matachina. Eran las máquina, no morir sofocado, lo que me daba miedo; pero lo dominé.
—Anoche, al rescatarme, indicasteis que no sabíais que estaba en vuestro ejército.
—Hice averiguaciones mientras dormías. —¿Y fuisteis vos quien nos ordenó atacar?
—En cierto sentido… Di una orden, y tú te moviste, y nada tuve que ver con tu bacele. ¿Estás resentido por lo que hice? ¿Qué pensabas cuando te alistaste? ¿Que nunca tendrías que luchar?
Nos remontábamos proa hacia arriba. Como una vez yo había temido, caíamos en el cielo. Pero recordé el humo y el grito metálico de la corneta, las sibilantes descargas que convertían a los coraceros en pasta roja, y todo mi terror se convirtió en rabia.
—Ya no sabía nada de la guerra. ¿Cuánto sabéis vos? ¿Alguna vez habéis estado de veras en una batalla?
Me miró por encima del hombro con ojos relampagueantes.
—He estado en mil. Tú eres dos, contando como de costumbre. ¿Cuántos crees que soy yo?
Pasó mucho tiempo antes de que le respondiera.
XXV — La piedad de Agia
Al principio pensé que no había nada más raro que ver un ejército estirándose por la superficie de Urth hasta tenderse ante nosotros como una guirnalda, coruscante de armas y armaduras, multicolor; con los alados anpiels planeando arriba, casi tan alto como nosotros, trazando círculos y elevándose en el viento del amanecer.
Luego divisé algo aún más curioso. Era el ejército de los ascios, un ejército de sombras grisáceas y blancos acuosos, tan rígido como fluido era el nuestro, desplegado hacia el horizonte del norte. Me adelanté a contemplarlo.
—Podría mostrártelos más de cerca —dijo el Autarca—. Sin embargo sólo verías caras humanas. Comprendí que me estaba probando, aunque no sabía cómo.
—Dejadme verlos —dije.
Combatiendo junto a los eschiavoni, viendo a nuestras tropas entrar en acción, me había impresionado lo débiles que parecían, el flujo y reflujo de los jinetes, como una ola que rompe con gran fuerza y luego se retira como una superficie de agua, demasiado débil para soportar el peso de un ratón, pálida materia que un niño podría recoger con las manos. Incluso los peltastas, de hileras dentadas y escudos de cristal, habían parecido apenas más formidables que juguetes sobre una mesa. Ahora yo veía qué rígidas se presentaban las formaciones del enemigo, rectángulos que contenían máquinas grandes como fortalezas y cien mil soldados hombro con hombro.
Pero una pantalla que había en medio del panel de mandos me dejó ver bajo las viseras, y toda esa rigidez y toda esa fuerza se fundían en una especie de horror. En las líneas de infantería había viejos y niños, y algunos que parecían idiotas. Casi todos tenían esos rostros enloquecidos, famélicos que yo había observado el día antes, y recordé al hombre que había salido de su cuadro y había arrojado la lanza al aire al morir. Volví la cara.
El Autarca rió. Ya no había alegría en la risa; era un sonido seco, como el chasquido de una bandera en un viento fuerte.
—¿Viste a soldados que se mataban?
—No —dije.
—Tuviste suerte. Yo los veo a menudo, cuando los miro. No les permiten llevar armas hasta que están a punto de enfrentarnos, y muchos aprovechan la oportunidad. Los lanceros apoyan las culatas en suelo blando, por lo general, y se vuelan la cabeza. Una vez vi dos espadachines, un hombre y una mujer, que habían hecho un pacto. Se apuñalaron el vientre uno a otro, y los observé primero contar, moviendo las manos… uno… dos… tres, y morir.
—¿Quiénes son? —pregunté.
Me echó una mirada que no pude interpretar. —¿Qué has dicho?
—Pregunté quiénes son, sieur. Sé que son enemigos nuestros, que viven al norte en países calientes, y se dice que Erebus los tiene esclavizados. Pero ¿quiénes son?
—Dudo de que ahora supieras que no sabías. ¿Sabías?
Sentí la garganta reseca, aunque no hubiera podido decir por qué.
—Supongo que no. Nunca había visto ninguno hasta que llegué al lazareto de las Peregrinas. En el sur la guerra parece muy lejana.
Asintió. —Los hemos empujado hacia el norte tanto como ellos nos han empujado hacia el sur, a nosotros, los autarcas. Quiénes son lo descubrirás en el momento oportuno… Lo que importa es que deseas saberlo. —Hizo una pausa.—Los dos podrían ser nuestros. Los dos ejércitos, no sólo el del sur… ¿Me aconsejarías tomarlos a ambos? —Mientras hablaba manipuló uno de los mandos y la nave se escoró hacia adelante, la popa apuntando al cielo y la proa a la tierra verde, como si quisiera derramarnos en el suelo en disputa.
—No entiendo qué queréis decir —le dije.
—La mitad de lo que has dicho de ellos es incorrecto. No vienen de los países calientes del norte, sino del continente que está al otro lado del ecuador. Pero tienes razón en llamarlos esclavos de Erebus. Se consideran aliados de los que esperan en las profundidades. En realidad, Erebus y sus aliados me los darían si yo les diera nuestro sur. Si te diera a ti y todos los demás.
Tuve que aferrarme al respaldo del asiento para no caer hacia él.
—¿Por qué me contáis esto?
La nave se enderezó como un barco infantil en un charco, cabeceando.
—Porque pronto necesitarás saber que otros han sentido lo que tú sentirás.
Yo no lograba articular una pregunta que deseaba hacer. Por fin aventuré: —Dijisteis que ibais a decirme por qué matasteis a Thecla.
—¿No vive ella en Severian?
Un muro sin ventanas se hizo escombros en mi mente. Grité: —¡Yo morí! —Y sólo me di cuenta de lo que había dicho cuando las palabras ya se alejaban de mis labios.
El Autarca sacó una pistola de debajo del panel de mandos y se la puso sobre los muslos mientras se volvía a mirarme.
—No la necesitaréis, sieur —dije—. Estoy demasiado débil.
—Tienes un notable poder de recuperación… Ya lo he comprobado. Si, la chatelaine Thecla ya no está, salvo tal como perdura en ti, y aunque los dos estáis siempre juntos, también estáis solos. ¿Todavía buscas a Dorcas? ¿Recuerdas?, me hablaste de ella cuando nos encontramos en la Casa Secreta.