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La Ciudadela del Autarca [The Citadel of the Autarch - es]

Электронная книга - «La Ciudadela del Autarca [The Citadel of the Autarch - es]». Краткое содержание книги:

Severian interviene en la guerra contra el ejército ascio. Acompañado por un soldado herido viaja y oye historias extraordinarias, como la del cazador de focas, y encuentra una peregrina con quien discute las virtudes de la Garra. Huyendo de los terrores de los habitantes de las aguas profundas y de las voladoras astillas de la noche, continúa avanzando inexorablemente hacia el misterio final: el pronosticado advenimiento del Sol Nuevo. Al fin Severian regresa a la Ciudadela. Pronto habrá dos Severian: el aprendiz y el autarca.
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—¿Por qué matasteis a Thecla?

—Yo no la maté. Tu error estriba en pensar que en el fondo de todo estoy yo. No está nadie… Ni yo, ni Erebus ni ningún otro. En cuanto a la chatelaine, tú eres ella. ¿Te arrestaron abiertamente?

El recuerdo me llegó más vívido de lo que hubiera creído posible. Andaba por un pasillo en cuyas paredes se alineaban tristes máscaras de plata y entraba en uno de los cuartos abandonados, de techo alto y mohoso de colgaduras viejas. El mensajero con quien debía encontrarme aún no había llegado. Como sabía que los polvorientos divanes me ensuciarían el vestido, tomé una silla, un mueble espigado de marfil y oropel. De la pared que había a mis espaldas se desprendió un tapiz; recuerdo que levanté la vista y vi al Destino coronado en cadenas y a la Insatisfacción con su vara y su vaso, todo urdido en lana de colores, cayendo sobre mí.

El Autarca dijo: —Te apresaron ciertos oficiales, enterados de que le pasabas información al amante de tu hermanastra. Te apresaron en secreto, porque en el norte tu familia es muy influyente, y te transportaron a una cárcel casi olvidada. Cuando llegué a saber lo que había ocurrido, habías muerto. ¿Debería haber castigado a los oficiales por actuar en mi ausencia? Son patriotas, y tú eras una traidora.

—Yo, Severian, también soy un traidor —dije, y le conté, por primera vez con detalle, que una vez ha bía salvado a Vodalus, y le hablé del banquete que más tarde había compartido con él.

Cuando concluí, él asintió con lentos movimientos de cabeza. —Buena parte de la lealtad que sentiste hacia Vodalus viene de la chatelaine, no hay duda. Algo te impartió cuando aún vivía, más después de morir. Ingenuo como has sido, estoy seguro de que no eres tan ingenuo como para pensar que si los comedores de cadáveres te sirvieron justamente la carne de ella fue una mera coincidencia.

Protesté: —Aunque hubieran estado al tanto de nuestra relación, no hubo tiempo de llevar su cadáver desde Nessus.

El Autarca sonrió. —¿Has olvidado que hace un momento me dijiste que cuando lo salvaste huyó en un aparato como éste? De ese bosque, que a lo sumo está a doce leguas del Muro de la Ciudad, pudo haber volado al centro de Nessus, desenterrado un cadáver que se conservaba en el suelo frío de comienzos de primavera, y luego volver en menos de una guardia. En realidad no hace falta que supiera tanto ni se moviera con tanta rapidez. Quizá, mientras tú estabas preso en tu gremio, se haya enterado de que la chatelaine Thecla, que le había sido fiel hasta la muerte, ya no vivía. Sirviendo a sus seguidores la carne de ella ratificaría la lealtad de todos ellos. No necesitaba ningún motivo adicional para robar el cadáver, y sin duda volvió a sepultarla en la nieve acumulada en alguna bodega o en cualquiera de las minas abandonadas que abundan en la región. Llegaste tú, y deseando tenerte atado, él mandó que la sacaran.

Algo pasó demasiado rápido para ser visto; un instante después la nave se bamboleó con violencia. Unas chispas se movieron en la pantalla.

Sin que el Autarca tuviera tiempo de retomar los mandos, salimos impulsados hacia atrás. Hubo una detonación tan fuerte que me creí paralizado, y el cielo reverberante se abrió en una flor de fuego amarillo. He visto golondrinas, alcanzadas por piedras de la honda de Eata, vacilar en el aire y caer, como nosotros, aleteando de costado.

Desperté a la oscuridad, a un humo picante y un olor a tierra fresca. Por un momento o una guardia olvidé el rescate y creí yacer en el campo donde Daría y yo habíamos combatido a los ascios junto con Guasacht, Erblon y los otros.

Había alguien cerca, oía el silbido de su respiración y los roces y crujidos que delatan movimientopero al principio no les hice caso, y más tarde llegué a creer que eran ruidos de animales carroñeros y me asusté; más tarde aún, recordé lo que había pasado, y supe que seguramente los hacía el Autarca, que debía haber sobrevivido conmigo al choque, y lo llamé.

—Así que todavía estás vivo. —Hablaba con voz muy débil.—Temí que hubieras muerto… aunque habría podido figurármelo. No conseguía reanimarte, y tenías el pulso muy débil.

—¡Lo he olvidado! ¿Os acordáis de cuando volamos sobre los ejércitos? ¡Por un momento lo olvidé! Ahora sé lo que es olvidar.

Hubo en su voz una pálida risa. —De lo cual ahora te acordarás siempre.

—Eso espero, pero incluso mientras hablamos se va apagando. Se desvanece como niebla, que en sí misma debe de ser un olvido. ¿Qué era esa arma que nos derribó?

—No lo sé. Pero escucha. Estas palabras son las más importantes de mi vida. Escucha. Has servido a Vodalus y a su sueño de un imperio renovado. Todavía deseas que la humanidad regrese a las estrellas, ¿no?

Recordé algo que Vodalus me había dicho en el bosque y dije: —Hombres de Urth, que navegan entre las estrellas, que saltan de galaxia en galaxia, señores de las hijas del sol.

—Eso fueron una vez… y llevaron con ellos todas las viejas guerras de Urth, y en los soles jóvenes encendieron guerras nuevas. Hasta ellos han de comprender que no puede volver a pasar. —Yo no alcanzaba a ver al Autarca, pero por el tono supe que se refería a los ascios.— Ellos quieren que la raza sea un solo individuo… el mismo, duplicado hasta el fin de los números. Nosotros queremos que cada uno lleve en sí mismo toda la raza y sus añoranzas. ¿Has reparado en la redoma que me cuelga del cuello?

—Sí, muchas veces.

—Contiene un fármaco como el alzabo, ya mezclado y en suspensión. Yo ya estoy frío por debajo de la cintura. Moriré pronto. Antes de que muera… debes usarlo.

—No os veo —dije—. Yapenas puedo moverme. —De todos modos encontrarás cómo. Tú lo recuerdas todo, y recuerdas sin duda la noche en que viniste a la Casa Azur. Aquella noche vino a mí alguien más. En un tiempo yo fui sirviente, en la Casa Absoluta… Por eso me odian. Como te odiarán a ti por lo que fuiste una vez. Paeón, el que me instruyó a mí, fue cincuenta años libador de miel. Yo sabía qué era en realidad, porque lo había conocido antes. Él me dijo que eras tú… el próximo. No pensé que iba a ser tan pronto…

La voz se apagó, y arrastrándome, empecé a buscarlo a tientas. Mi mano encontró la suya, y él susurró: —Usa el cuchillo. Estamos detrás de las líneas ascias pero he llamado a Vodalus para que te rescate… Oigo los cascos de los destruurls.

Las palabras eran tan débiles que apenas se oían, aunque yo tenía la oreja a un palmo de su boca. —Descansad —dije. Sabiendo que Vodalus lo odiaba y quería destruirlo, creí que deliraba.

—Soy espía suyo. Es otro de mis oficios. El atrae a los traidores… Yo averiguo quiénes son y qué hacen, qué piensan. Ése es uno de los suyos. Ahora le he di— el Autarca está atrapado en esta nave y le he dado nuestra posición. Antes de esto… El me ha servido… como guardaespaldas.

Ahora oía incluso un ruido de pasos fuera, en el suelo. Me incorporé, buscando alguna manera de hacer señas; mi mano tocó una piel y comprendí que la nave había volcado, dejándonos debajo como sapos escondidos.

Hubo un chasquido y el grito del metal rasgado. Una cascada de luz de luna, clara al parecer como el día pero verde como hojas de sauce, se derramó por una rajadura en el casco que se abrió ante mis ojos. Vi al Autarca, el fino pelo blanco oscurecido de sangre seca.

Y por encima de él, siluetas, sombras verdes que nos miraban desde arriba. Las caras eran invisibles; pero yo sabía que esos ojos relucientes y esas cabezas angostas no pertenecían a ningún seguidor de Vodalus. Frenéticamente busqué la pistola del Autarca. Me aferraron las manos. Me alzaron, y mientras emergía no pude dejar de pensar en la mujer muerta que habían arrancado de su tumba en la necrópolis, pues la nave había caído en suelo blando y estaba medio enterrada. El rayo ascio había destrozado un flanco, dejando una maraña de cables en ruinas. El metal estaba quemado y retorcido.

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