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Электронная книга - «Muerte Entre Poetas». Краткое содержание книги:

Ágil y sutil pero profunda, brillante y divertida, Muerte entre poetas es un auténtico logro narrativo que encandilará a los lectores. Una historia deliciosa que hace un guiño a las viejas novelas de Agatha Christie y a las guerras literarias de Pío Baroja.
Lo que debía ser un encuentro ritual entre prestigiosos miembros de las letras nacionales se convierte en algo turbador al aparecer asesinado de una puñalada en el corazón uno de los poetas participantes. Nacho Arán, poeta y meteorólogo, llega al congreso poco después de que se haya producido el crimen, por lo que está libre de sospecha y podrá dedicarse a husmear entre el resto de los asistentes. Pronto descubrirá que casi todos ellos tienen algo contra el muerto, y se dará cuenta de que el refinamiento intelectual y la supuesta sofisticación de la cultura no sirven como vacuna contra el mal y las pasiones violentas, contra el odio y el deseo de venganza…
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Todo lo demás… Brisas, calentamiento global, el dosel forestal de la selva, el efecto mariposa, la niebla de advección, los desastres naturales… Para Mauricio todas esas cosas, y tantas más, carecían de verdadera importancia. Al menos en su vida, que era lo que contaba. Por eso, hablar del tiempo se le antojaba una pérdida de tiempo.

Mirándolo, Nacho supo que el hombre era omnívoro como un oso pardo, pero sólo con la comida. «Quizás también en el sexo», se atrevió a discurrir, sintiéndose bastante retorcido. Era alto, más que Nacho (que ya medía sus buenos 189 centímetros sobre el nivel del suelo), y tenía un porte tan aristocrático que resultaba decadente. Su cabeza alardeaba de tener la forma de un trapecio, con dos lados paralelos y otros dos en absoluto paralelos. Lucía unas gruesas cejas que parecían más bien la cola de un pequeño lemúrido, pues alternaba franjas de un color blanco canoso con otras de color castaño oscuro. La boca era grande y sensual, contrariamente a lo que uno espera de esos linajudos señores, todos encopetados, de labios tan finos que nadie podría asegurar que los tengan, y cuya insignificancia o clara ausencia a veces esconden bajo un bigote gótico que Nacho siempre sospechaba habitado por auténticas civilizaciones de bacilos y parásitos (las microscópicas pseudomonas temblando de pánico y vértigo, agarradas por cientos de miles a los pelitos que rozan cualquier cosa que se lleven a la boca o que traiga consigo el viento).

Nacho tenía entendido que había enviudado tres veces de señoras que no sólo tenían posibles, sino hasta lo que para el resto de los mortales serían imposibles. Le llamaban, con muy mala intención, el Verso Cojo; porque arrastraba una pequeña cojera, casi imperceptible a la vista, supuso Nacho. Sus dedos eran larguísimos y de elegantes movimientos, como si constantemente se dispusiera a dirigir la orquesta del mundo con la apacible dignidad de un dios decepcionado con su obra.

– Mauricio… -lo interrogó Nacho con delicadeza-. Como sabes… -Se le hacía raro tutearlo, pero allí todo el mundo se tuteaba cuando hablaba frente a frente (si hablaba hacia todos los demás tomados como un auditorio, se podía utilizar el «ustedes», aunque Nacho no entendía muy bien esa regla), se suponía que estaban inter pares, menos en lo que se refería a Pascual Coloma, que sin duda era el primus-. Como sabes no pude asistir a este encuentro desde el primer día…

– Pues te perdiste lo mejor -asintió el otro.

– Me gustaría saber cómo transcurrieron esos días, y he pensado que quizás tú puedas decirme algo interesante, algo que te llamara la atención. Por cierto, ¿cómo era tu relación con la víctima?

Mauricio le dirigió una mirada llena de granizo. Nacho pudo sentir su malestar en un breve calambrazo en la mejilla izquierda del hombre.

– No existía.

– ¿No erais amigos?

– No -contestó secamente.

– Pero supongo que hablarías con él.

– No, no hablaba con él -respondió Mauricio-; pero yo no era el único, como imagino que sabrás.

– ¿Quién más no le dirigía la palabra?

– Por supuesto, su ex mujer; aunque creo que nunca se casó con ella, estuvieron viviendo juntos unos tres años. Me refiero a esa pobre chica, Cristina Oller.

– Sí, Cristina, ya lo sabía.

– Cuando llegamos, ellos dos ni se miraron el uno al otro. Fue en extremo desagradable verlos juntos. Ese verso… cataléctico que es la pobre Oller, a la que siempre parece que le falta una sílaba en alguno de sus pies. Y el verso amétrico, sin ninguna medida, que era el tal Arjona. -Sus gruesos labios se curvaron hacia abajo de manera fulminante, como una palabra abatida en la página en blanco por una tachadura-. Penoso espectáculo. Yo me limité a ignorar su presencia, aunque Arjona siempre se aseguraba de no pasar inadvertido.

– Entonces… ¿no os hablabais?

– Te lo acabo de decir.

– ¿Desde cuándo?

– No lo sé. Desde hacía años.

– ¿Muchos?

– Es posible. Yo no lo he echado de menos en todo este tiempo. Y supongo que él a mí tampoco.

– ¿Fuisteis amigos en el pasado?

– Jamás.

– Pero… Me he dado cuenta de que Fabio había conseguido hacerse con una buena colección de, digamos, enemigos. Por una razón u otra, bastante gente lo odiaba. Y lo seguirán odiando.

– Pero ya está muerto.

– ¿Qué más da? El odio no repara en minucias, cuando es vigoroso y sano. Y en este país crece fuerte, como el pelo de rata. Vivimos en la patria de grandes odiadores. Es el canibalismo español, sobre el que ya escribió Azorín.

– Sin embargo, cuando desaparece el objeto del odio, como el del amor…, el odio y el amor terminan por sucumbir al paso del tiempo, creo yo. Se extinguen un día u otro.

– Es posible. Entonces habrá que darles tiempo a los que odiaban a Arjona.

Nacho lanzó una pregunta temerosa:

– ¿Puedo preguntarte si tú también lo odiabas?

– No, amigo mío. No tengo tantas energías, aunque me sobren los motivos, y para odiar de verdad es necesario estar provisto de ambos requisitos.

– ¿Qué motivos?

– Era un malediciente, y yo fui una de sus incontables víctimas.

Se negó a contar nada más, y Nacho miró hacia los estantes repletos de libros que engalanaban las paredes de la estancia buscando inspiración.

– El odio… -repitió en voz baja.

– Sí, querido joven. País de odiadores natos, el nuestro. Hermano contra hermano y padre contra hijo. ¿Por qué iba a ser una excepción el colega contra el colega? Ésta es la tierra de Pedro I de Castilla, Pedro el Cruel, que asesinó a su hermano Fadrique, y era especialista en eliminar a las madres, hijos y esposas de sus enemigos. Un tipo sanguinario, lujurioso y engreído, si me permites la observación. Y, sin embargo, bajo su reinado florecieron las artes y las letras. También protegió a los judíos. Fue amigo del gran poeta Sem Tob de Carrión. Al carácter hispano nunca le ha hecho daño un poco de sangre, excepto por la sangre en sí.

– De modo que… ¿Cristina y él no tuvieron un encuentro demasiado amigable? -trató de reconducir Nacho la conversación.

– Pues no, no me lo pareció. Cada vez que tropezaba con él su mirada, ella agitaba la cabellera, como una María Antonieta prematuramente encanecida después de dormir en La Conciergerie. Por cierto, yo siempre he sido de la opinión de que María Antonieta no encaneció en su encierro, sino que simplemente mientras estaba en prisión no dispuso de los afeites y pelucas con los que habitualmente disimulaba las canas propias de su edad, y evidentemente…

– ¿Y Fabio, cómo se comportaba?

– Bueno, él la observaba de reojo, y en varias ocasiones lo oí quejarse de su presencia a terceros, concretamente a Pascual Coloma, que le respondía con forzados monosílabos, dado que no es muy propenso a hablar si no media un suculento cheque por medio. Por venir aquí lo ha recibido, el cheque, digo, pero debe pensar que, con su presencia y su ponencia (ambos elementos son lo mismo en su caso), ya ha cumplido y no tiene por qué soltar más prenda.

– ¿Pudiste oír qué le decía exactamente?

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