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Электронная книга - «Muerte Entre Poetas». Краткое содержание книги:

Ágil y sutil pero profunda, brillante y divertida, Muerte entre poetas es un auténtico logro narrativo que encandilará a los lectores. Una historia deliciosa que hace un guiño a las viejas novelas de Agatha Christie y a las guerras literarias de Pío Baroja.
Lo que debía ser un encuentro ritual entre prestigiosos miembros de las letras nacionales se convierte en algo turbador al aparecer asesinado de una puñalada en el corazón uno de los poetas participantes. Nacho Arán, poeta y meteorólogo, llega al congreso poco después de que se haya producido el crimen, por lo que está libre de sospecha y podrá dedicarse a husmear entre el resto de los asistentes. Pronto descubrirá que casi todos ellos tienen algo contra el muerto, y se dará cuenta de que el refinamiento intelectual y la supuesta sofisticación de la cultura no sirven como vacuna contra el mal y las pasiones violentas, contra el odio y el deseo de venganza…
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– ¿A qué va a ser?

– ¿Al dinero, verdad, Miño? ¡A los cuartos! -Fernando le dio un amistoso achuchón en el costado y el otro lo miró un poco mosqueado, como si no hubiese previsto tanta confianza física y le estuviera fastidiando. Fernando notó enseguida su mudo noli me tangere, y agilizó el paso hasta llegar a la vera de Nacho.

– A mí me la jugó una vez, bien jugada -comentó Miño con desabrida resignación.

– A muchos se la jugó. No fuiste tú solo.

– Sí, pero lo mío…

– ¿Qué te hizo?

– Yo estaba pasando una mala época. Con mi sueldo, y tres chicos que sacar adelante… Mi mujer enfermó de cáncer.

– Vaya, joder, lo siento. -Fernando se sacudió una brizna de hierba de la pechera. Le había aterrizado volando en la chaqueta, como una condecoración que cayera de las nubes. El hombre la rechazó con displicencia de un capirotazo.

– Ya no importa. Lo superó, ¿sabes?, de modo que ya no importa. Pero entonces sí importaba, y mucho. Adela, mi mujer, quería ir a Houston, a un hospital adonde van muchos famosos, para que la tratasen. No se fiaba de los médicos de aquí. Yo le decía que aquí tenemos médicos mucho mejores que los hospitales yanquis, pero Adela siente una profunda aversión por todo lo público.

«A pesar de que tanto ella como tú vivís de lo público», pensó Fernando, pero no dijo nada.

– A mí me daba cien patadas tener que ir a los States a buscar medicamentos y cura, porque no me gusta nada el imperialismo, y mucho menos contribuir a él con mis dineros. -Nacho meditó, mientras lo oía hablar, en lo extendido que estaba, en Europa, ese prejuicio contra Estados Unidos; él creía que sin fundamento-. Pero Adela… Yo creía que iba a morirse. Ella también lo pensaba, y de alguna forma llegué a asumir que ese viaje a un hospital extranjero era su última posibilidad de ser feliz, como quien pide un viaje al Caribe antes de despedirse del mundo. Bueno, ella no deseaba ir a la isla Margarita, su objetivo era el Anderson Cancer Center, en Houston, Texas. Hay que joderse. Seguramente sacaría la idea de una revista del corazón. Lee ese tipo de cosas, aunque luego siempre está presumiendo de que tiene los versos de Antonio Colinas en la mesita de noche.

– Yo conozco a un eximio crítico literario al que le ocurre lo mismo que a tu mujer -sonrió Fernando.

– El caso es que yo necesitaba dinero. Quería darle el capricho a mi compañera. La quiero, ¿sabéis? Todavía.

– Qué suerte tienes, muchacho.

– Pedí una beca de creación de dos años. Era un dinerito. Poco, si tenemos en cuenta que debía servir para cubrir los gastos del poeta durante dos años, en los cuales no podía hacer nada más que dedicarse a escribir un libro, pero lo suficiente porque, sumado a mi sueldo de un año, nos daba para ir a Houston a intentarlo, a procurar destruir la mierdosa enfermedad que amenazaba con comérsela por dentro, a mi mujer.

– No me digas más. Ya lo veo venir.

– Sí, le pedí la beca a la junta. Hice todo el papeleo en tiempo y forma. Y hablé con algunos responsables del asunto; gente que estaba en el comité que decidía quién se llevaba la pasta y quién no, y que me conocían de sobra. No es que fuesen amigos míos, pero sí nos habíamos tratado en alguna ocasión, y nos respetábamos lo suficiente. Pensé que, con hablar con un par de personas, el tema se solucionaría sin más. Confiaba en que ellos comentaran mi situación con el resto de los miembros de la comisión, y me dije que cualquier ser humano normal se compadecería de mi situación y estaría de mi parte.

– Pero te equivocaste…

– Sí, de cabo a rabo. Llegan momentos en que uno se da cuenta de que su vida pende de un hilo, y de que ese hilo lo puede cortar cualquier gilipollas.

– ¿Era mucho dinero?

– En realidad, una miseria. Pero para mí suponía una fortuna cobrada por adelantado. Me bastaba para un viaje. Un solo viaje, para contentar a Adela. Para que Adela pudiese visitar el parque de atracciones del cáncer americano, y luego morir tranquila.

– ¿Quién se llevó la beca, finalmente?

– Te diré. Dame otro cigarro, anda. -Miño se paró a la sombra de un grupo de álamos negros, alrededor de los cuales revoloteaban los vencejos-. Le dieron el peculio oficial a una joven promesa de las letras.

– ¿Él o ella?

– Ella. No diré su nombre porque, desde entonces, que yo sepa, no se ha vuelto a hablar de la chica. Debo reconocer que era mona, y que quizás lo sigue siendo. Tenía una mata de pelo increíble. Quiero decir que yo no me la creía, su mata de pelo. Y llevaba lentillas de colores, lo que le daba un aspecto inquietante de aprendiz de Mata Hari de vacaciones en Matrix. Y, sí, tenía también algo de espía y de bailarina exótica, algo en torno a ella que le afilaba los dientes cuando abría la boca. La vi un par de veces en la tele. En esos programas de cultura que ponen de madrugada, cuando se han asegurado de que no queda nadie despierto a quien puedan ilustrar y culturizar.

– Hay que ver.

– La tía estaba buena, para qué negarlo.

– Sí, pero si le faltaba el talento, que, por otra parte, a ti parece sobrarte…

Miño levantó los hombros con indiferencia.

– ¿Y qué? Mira, la Victoria alada de Samotracia es una de las esculturas más bellas de la Antigüedad, y no tiene cabeza. Muchas mujeres son así, y eso no les resta mérito.

Nacho arrugó el ceño. No hubiera imaginado que Miño era de los que hacían comentarios misóginos en público. Lo suponía más cuidadoso en ese sentido.

– Me parece adivinar quién te impidió conseguir la ayuda, Miño.

– Efectivamente. Él. No podía ser otro. Fabio Arjona, que estaba en todas las salsas, y siguió estándolo hasta que, hace unas horas, lo mandaron para ese sitio donde la gente come poco, y por tanto no necesita aliños.

– ¿Te enteraste de lo que pasó?

– Sí, mis contactos en el tribunal, porque yo veía aquello como un tribunal de oposición, al que me presentaba con enchufe, me dijeron que Arjona se opuso rotundamente a que me concedieran la beca. Y los demás tragaron.

– ¿Por qué? ¿No le contaron lo del cáncer de tu mujer?

– Claro, un funcionario del ministerio, uno de los que habló conmigo, y que presidía el comité, le dijo que mi mujer estaba muy enferma, y que en realidad yo quería el dinero para llevarla a Houston, a un hospital. Arjona respondió: «La gente muere todos los días, es ley de vida; mirad por la tele a los niños africanos, no paran de caer como moscas, y de morir entre moscas… ¿Por qué la mujer de ese fulano tendría que ser más importante que ellos? Venga, vamos a lo que importa, ¡poesía, poesía en movimiento! A ver, qué tenemos…»

– Joer, qué capullo.

– Su candidata era la chica. Y fue ella quien ganó.

– ¿No reclamaste ni nada?

– ¿A quién iba a reclamar? ¿Cómo se hacen estas cosas en las que no hay una vara de medir? Cuando la vara de medir es lo humano, no hay medidas exactas, amigo Nacho.

– Está despuntando un fresquito que… -dijo Fernando, tiritando-. Creo que deberíamos volver al cigarral antes de que nos caiga encima un chaparrón.

Regresaron sobre sus pasos en dirección al cigarral, pero en el camino de vuelta apenas hablaron. Empezaba a correr un molesto viento del norte.

LA ENVIDIA Y LA MENTIRA

Aquí la envidia y mentira

me tuvieron encerrado.

FRAY LUIS DE LEÓN

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