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Электронная книга - «Muerte Entre Poetas». Краткое содержание книги:

Ágil y sutil pero profunda, brillante y divertida, Muerte entre poetas es un auténtico logro narrativo que encandilará a los lectores. Una historia deliciosa que hace un guiño a las viejas novelas de Agatha Christie y a las guerras literarias de Pío Baroja.
Lo que debía ser un encuentro ritual entre prestigiosos miembros de las letras nacionales se convierte en algo turbador al aparecer asesinado de una puñalada en el corazón uno de los poetas participantes. Nacho Arán, poeta y meteorólogo, llega al congreso poco después de que se haya producido el crimen, por lo que está libre de sospecha y podrá dedicarse a husmear entre el resto de los asistentes. Pronto descubrirá que casi todos ellos tienen algo contra el muerto, y se dará cuenta de que el refinamiento intelectual y la supuesta sofisticación de la cultura no sirven como vacuna contra el mal y las pasiones violentas, contra el odio y el deseo de venganza…
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Entraron por la puerta principal esta vez. Nacho decidió hacerle una llamada a Rodrigo, para comprobar que se había puesto en marcha. Mientras sus dos acompañantes hablaban entre sí, sacó su teléfono y marcó el número del chico, que no atendió la llamada. Le dio a la tecla de rellamada y esperó. Tampoco esta vez. Se pasó la mano por el cabello castaño claro y refunfuñó mirando la pantalla del móvil, hasta que ésta se oscureció y se apagó. Volvió a intentarlo. Eran casi las once de la mañana, hora más que decente para estar en pie, aunque uno sea un jovenzuelo cuyo único sueño es dormir con las epifisis desparramadas por el catre, las vesículas seminales a punto de rebosar y la grasa subcutánea haciendo planes para salir al mundo exterior en forma de granos, barrillos y repugnantes puntos negros.

– ¿Sí?-respondió Rodrigo con voz de zombi.

– ¿Qué, estudiando, nooo…? -le reprochó Nacho. Su ironía cayó en saco roto.

– Ahora mismo, no. No me he levantado todavía.

– Pues ya va siendo hora, retaco. No sé de qué te quejas, si ni siquiera vas a clase. Estabas estudiando en la universidad a distancia, ¿nooo…?

– Es que me acuesto tarde, ¿sabes? Estoy estudiando una carrera, aunque vaya poco a clase. La gente… de tu edad -lo dijo como si estuviera dirigiéndose a un anciano veterano de la guerra civil, de la república de Roma, la primera o la segunda, daba igual-, la gente de tu edad ya ni se acuerda de lo que significa estudiar. Pues es un coñazo, tío. Hacen falta muchos codos.

– Sí, los necesarios para entrar en los ordenadores de tus profes y robarles las preguntas de los exámenes. No me cuentes batallitas, joven hobbit.

– Eres un incrédulo, como aquel apóstol. San Algo.

– ¿Te has puesto las pilas como te dije?

– Bueno.

– Vas tener que encomendarte a san Algo como no hagas lo que te he pedido.

– Cálmate, tío. Pero ¿qué desayunas?, ¿las uvas de la ira?

– Qué gracioso, chaval.

– Je, je… No eres tú el único que lee, dicho sea de paso.

– Vale, venga, dime lo que sea.

Rodrigo hizo un silencio, se le oyó rebullir a través de la línea, y que tiraba algo al suelo. Nacho compadeció a su madre, a todos los padres de adolescentes del mundo, y se alegró de no tener hijos ni esperarlos próximamente.

– Desde mi posición -la voz de Rodrigo había pasado de los tonos graves, ayudada por la tradicional ronquera del despertar de quien ha pernoctado con las nalgas al fresco, a un cascabeleo afilado, más propio de la cantarina voz de una soprano infantil-, repito, desde mi posición, que en este momento es tumbada, puedo decir que el ordenador personal del tal Fabio Arjona fue utilizado anoche, a las 24.05.30. Noche cerrada, tío.

– ¿Qué? ¡Pero si está muerto!

– ¿Qué quieres que te diga, tío? Yo no concibo el cielo sin un buen router que garantice el envío de datos a cualquier red computacional a través de ondas. Nada de cables. O sea, que el cielo tiene que disponer de Wi-Fi. Y para el infierno debe de ser fundamental, así que… Si ese colega que acaba de palmar está en el cielo, o en el infierno, está conectado. Fijo. El Purgatorio creo que ya no existe. Por allí no debían de estar al tanto de las nuevas tecnologías y desaparecieron del mapa, de la misma manera que si vivías en la Edad de Bronce y no controlabas el tema de la rueda estabas out. Totalmente.

– Entonces, ¿localizaste sus IP?

– Sí. ¿Lo dudabas, amore mio?

– No he oído nada sobre su ordenador. Supongo que, si era un portátil y lo tenía aquí con él, se lo llevaría la policía. Debió de ser la poli quien lo abrió anoche.

– ¿A las doce de la noche? No me consta que la policía trabaje hasta esas horas.

– ¿Puedes averiguar desde dónde se conectó?

– Ya no.

– ¿Puedes hacer algo al respecto?

– Si vuelve a conectarse, y coincidimos él y yo, puedo averiguar desde dónde lo hace. Puedo intentar saber desde dónde se hace la próxima conexión, pero no la anterior. En ésa, se nos pasó el arroz.

– Pues ya estás en ello.

– ¡Eh, oye, cálmate un poco! La policía está haciendo su trabajo, y…

– Y el Club Baskerville debería estar haciendo el suyo, si no fuera porque tú cada vez te estás volviendo más insoportable, perezoso, contestón, ineficaz y picajoso -le regañó Nacho-. ¿Qué hay de aquel placer que sentíamos, que sentías, cuando ganábamos por la manga a la poli y averiguábamos qué había pasado antes que ellos? Para unos auténticos sabuesos como nosotros no valen los segundos puestos. No hay medallas de plata. Es la gloria, o la ignominia del olvido. Y tú eliges, enano.

– Jo, tío. Lo pones de una manera…

Nacho retuvo la respiración un instante y procuró mostrarse conciliador con el chico.

– Si te pasa algo, y yo puedo ayudarte para que soluciones lo que sea y vuelvas a rendir como cuando tenías catorce años… Ya sabes que estoy aquí. A tu lado.

Rodrigo guardó silencio, aunque Nacho podía oírlo resoplar con la frustración de su edad; percibió su desaliño y, quizás, también su soledad. La adolescencia era un asco. Lo recordaba vivamente.

– Bueno, no sé.

– ¿Qué es lo que no sabes?

– No sé si me pasa algo o no.

– Descríbeme los síntomas.

Nacho salió al jardín de nuevo, donde nadie podía escuchar su conversación, a pesar de que no veía a ninguno de los huéspedes rondando por allí. Fernando y Miño habían desaparecido, y a Carlos lo entrevió a través de la ventana de la cocina, trasteando junto a su mujer.

– Creo… Tío, no sé. No sé.

– Inténtalo. Verbaliza, hombre. Quizás deberías empezar a escribir poemas. A mí me ayudó bastante a tu edad.

– Sí, claro, lo que me faltaba. No me gustaría ser tan relamido y prepotente. «El poeta es soberanamente inteligente, es la inteligencia por excelencia…», bla, bla, bla. -Aquilató su voz, en son de burla, hasta que consiguió sonar igual que Barry Gibb, de los Bee Gees, tratando de acentuar su voz por encima de las de sus hermanos.

– ¿Quién dice eso de soberanamente inteligente? No digas bobadas.

– Tío, lo decía Baudelaire. En Lettres. Lo he leído, no vayas a creer.

Nacho se quedó de una pieza. No tenía ni idea. Anotó mentalmente la referencia del libro. Tal vez debería leer con mayor frecuencia a Baudelaire.

– Bueno, siempre se exagera un poco la importancia de lo que uno es.

– Joder, exagera…

– Me estabas diciendo que no sabes si te pasa algo o no.

– Vale, pero ése es un tema que no sé si me apetece tratar contigo.

– Tú mismo. Yo no voy a forzarte. Sólo quería asegurarme de que te das cuenta de que estoy contigo. A tu lado. Y que puedes decirme, pedirme o preguntarme lo que sea, porque soy tu amigo, tu colega, tú mismo no paras de llamarme «tío», de modo que no te costará trabajo, en un momento dado, imaginar que soy tu tío. Un tío enrollado y…

– ¡Sí, enrollado! ¡Pero si me das una brasa…! Serías…, vaya, de hecho eres una madre de manual, tío.

– Bien, vale, acepto la protesta. Disculpa si te he apretado un poco las tuercas, pero es que me gustaría resolver este caso. Es un asesinato, ¿recuerdas? Y yo estoy en primera línea de fuego. Nunca antes lo habíamos tenido tan fácil, enano.

Rodrigo volvió a guardar silencio. Cuando habló, las palabras llegaron al oído de Nacho engastadas en esa desesperación que sólo es capaz de sentirse en la pubertad.

– Yo… Me parece. Vaya, no sé. Creo que estoy… Que estoy, er, enamorado. No te rías, joder, tío.

– No me estoy riendo. -Nacho esbozaba una enorme y campante sonrisa de deleite, pero su voz era grave y seria como la de un juez victoriano. Imaginó al chico en un jardín, como el que ahora mismo lo rodeaba a él, envuelto en el aroma de un celindo, sujetando unas bragas con una mano temblorosa y con la otra un libro de Baudelaire. Bueno, bueno, la adolescencia… Qué putada.

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