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Электронная книга - «Muerte Entre Poetas». Краткое содержание книги:

Ágil y sutil pero profunda, brillante y divertida, Muerte entre poetas es un auténtico logro narrativo que encandilará a los lectores. Una historia deliciosa que hace un guiño a las viejas novelas de Agatha Christie y a las guerras literarias de Pío Baroja.
Lo que debía ser un encuentro ritual entre prestigiosos miembros de las letras nacionales se convierte en algo turbador al aparecer asesinado de una puñalada en el corazón uno de los poetas participantes. Nacho Arán, poeta y meteorólogo, llega al congreso poco después de que se haya producido el crimen, por lo que está libre de sospecha y podrá dedicarse a husmear entre el resto de los asistentes. Pronto descubrirá que casi todos ellos tienen algo contra el muerto, y se dará cuenta de que el refinamiento intelectual y la supuesta sofisticación de la cultura no sirven como vacuna contra el mal y las pasiones violentas, contra el odio y el deseo de venganza…
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– Pues di algo.

– Rodrigo, eso no es ningún problema. Estar enamorado es natural a tu edad. E incluso a la mía.

– Perdona, pero a mí no me parece que sea tan natural. A mí me preocupa, ¿entiendes?

– ¿Quieres decir que tu amor no es natural?… -Por un momento, Nacho creyó que el chico tenía inclinaciones hacia su mismo sexo. En ese caso, pensó aliviado, podía pedirle a Fernando que hiciera de consejero-. ¿Me estás diciendo que hay algo en tu amor que no es natural en el sentido religioso de la acepción que le daría un inquisidor del Santo Oficio a un capuchino napolitano que llevara la falda del hábito demasiado corta?

– No, no soy gay, si es eso lo que estás preguntando. Mira que eres enrevesado… Lo que digo es que la sexualidad…

«Ah, claro, ahí íbamos.»

– … no es tan natural como pretenden hacernos creer. Yo, por lo menos, estoy un poco confundido.

– ¿Y…?

– ¡Tío, te estoy diciendo que estoy confuso! Has dicho que podías ayudarme. Tú me ayudas a mí, y yo trabajo para ti, para que resuelvas este caso y te apuntes un tanto. Eres un vanidoso, joder, Nacho. ¿Crees que no me doy cuenta de cómo me utilizas? ¿Crees que sólo soy un crío que pone sus herramientas a tu servicio y no se entera de que la gloria te la llevas luego tú?

– Vaya, no sabía que existiera un problema de rivalidad entre nosotros. -Era sincero, pero se dijo que quizás debería meditar sobre ello-. Tú eres la única persona del club que recibe una, hum, asignación por su trabajo, que sin duda es inestimable. Casi todo lo que sacamos en metálico por la publicidad de la página va a parar a tu bolsillo. Nunca imaginé que vivieras todo esto como un conflicto de competencias entre tú y yo.

Nacho se acercó a un banco de hierro al borde de un sendero y se sentó con aire flemático.

Rodrigo calló, enfurruñado. Al cabo de un rato se decidió a decir unas palabras.

– No estoy diciendo que haya rivalidad exactamente. Es que…

– Hasta hace nada eras menor de edad, en los periódicos ni siquiera podían mencionar tu nombre, y mucho menos sacar tu cara bonita en una foto. Ahora ya has cumplido los dieciocho, la próxima vez que un periodista quiera escribir un reportaje sobre el club, lo pondré en contacto contigo. A mí no me importa permanecer en un segundo plano. Creía que éramos un equipo.

Nacho se hizo el dolido.

– Bueno, sí, somos un equipo, creo yo -concedió Rodrigo, al fin.

– Venga, olvidemos este malentendido. -El meteorólogo imprimió una buena dosis de entusiasmo a su voz, tratando así de contagiárselo al chico-. Haremos una cosa: te pones a trabajar en el caso y, si te apetece, me mandas un e-mail con todas las preguntas y dudas sobre sexo que se te pasen por la cabeza. Así no te sentirás azorado por tener este tipo de conversaciones conmigo por teléfono. Y yo te las iré respondiendo, en la medida en que sepa hacerlo, una por una. Y si te queda alguna incertidumbre suelta, lo hablamos por teléfono. Me das un toque y yo te devuelvo la llamada, para que no gastes saldo. A cualquier hora del día o de la noche. -Tomó nota en su libretita de apuntes de desconectar el teléfono a partir de las doce, no fuese a darle al mozalbete por tener conferencias íntimas de madrugada. Él tampoco era una línea erótica; ni el teléfono de la esperanza-. ¿Te parece un trato justo? Como decía aquel anuncio de la radio: «Si tiene dudas, no lo dude: llámenos.» Siempre creí que pedirle a alguien que tiene dudas que no dude para así poder salir de dudas… es demasiado. Pero nunca se sabe. En todo caso, tú no las tengas, ¿de acuerdo?

Casi pudo verlo asintiendo mudamente una y otra vez con el teléfono húmedo, pegado a la blanda oreja, aferrándolo con tanta fuerza que, cuando terminaran de hablar, parecería que le había sacado lustre a salivazos.

Nacho se rió mientras cortaba la comunicación.

En la biblioteca sólo estaba Mauricio Blanc, con las gafas pegadas en forma de lupa sobre unos folios impresos en una apretada letra Times New Roman, leyendo lo que Nacho supuso eran las ponencias prometidas por doña Agustina.

La mujer de Carlos, Alina, le había dicho que la señorita Rocío y la señorita Jacinta habían aprovechado para ir a la ciudad a hacer unas compras. Carlos las había llevado en el coche personal de la señora, un flamante Jaguar X-Type de color negro que Nacho había visto aparcado fuera, y que, por las noches, Carlos tapaba con una funda de tejido impermeable.

Saludó a Mauricio y se acercó hasta donde estaba sentado en una postura forzada y poco cómoda. El hombre lo recibió con una mueca espantosa que seguramente pretendía ser una sonrisa de bienvenida.

– Ah, hola, ¿cómo te encuentras, joven? -dijo, y dejó las gafas encima del manuscrito.

– Bien, gracias.

Nacho se sorprendió por la pregunta, dado que no había mostrado de momento ningún síntoma de malestar físico o químico de relieve, excepto por su recurrente jaqueca, que había procurado no hacer demasiado pública salvo para sacudirse de encima a Fernando. Entonces cayó en la cuenta de que la pregunta sólo era una evidencia de la repulida manera de hablar de Mauricio.

– No hay mucha algarabía por aquí. Las gentes andan en sus cuartos, o paseando arriba y abajo. Cuando llegue la hora de la comida -comentó con aspecto abstraído a pesar de que su voz sonaba tan incisiva como un cortafríos-, todos surgirán de sus cubículos como carcomas saliendo de la pata de una silla.

Señaló el montón de papel que contenía las conferencias con la mano que sujetaba las gafas.

– Los apologistas del bienquisto poeta Pons no se han mostrado demasiado entusiastas con sus estudios, por lo que he podido leer hasta ahora. Lo que no es raro, teniendo en cuenta que, entusiasmo, lo que se dice entusiasmo, no lo han manifestado ni sus apógrafos. Excepto su señora, a quien no se le puede negar la fe. Además del tiempo y el dinero, por supuesto.

Nacho tomó asiento frente a él.

– El día está tranquilo, por ahora -señaló desconcertado, inclinándose sobre los papeles y pensando que apenas había entendido lo que Mauricio acababa de decir «por el contexto», como aseguraban sus profesores de bachillerato que se aprendía vocabulario leyendo.

– A lo mejor llueve -elucubró Mauricio-, pero, claro, tú sabrás.

– No, yo no lo sé…

– Pues, hijo mío, si tú, que eres meteorólogo, no lo sabes, apañados vamos.

– Quiero decir que, normalmente, necesitamos consultar un montón de datos, de cifras, fotografías de satélites, y… El Instituto Nacional de Meteorología, pues… Bueno, qué más da -concluyó cuando observó la cara de absoluta indiferencia de su interlocutor-. El caso es que no se puede prever el tiempo con un ciento por ciento de posibilidades de acertar. Y si se hace, es a muy corto plazo.

– Ah. -Todo en la expresión de Mauricio declaraba sin ambages: «Lo que me cuentes al respecto me importa un rábano, así que puedes ahorrarte el esfuerzo.»

Nacho se dijo que quizás, ahora que tenían un rato, podría hablar con alguien sobre los tres días del encuentro que él se había perdido (en el trabajo se habían negado en redondo a darle esos días libres, incluso sin sueldo, y tuvo que resignarse a llegar tarde; a su jefe la poesía le importaba tanto como a Mauricio el ciclo vital de una tormenta).

Mauricio era uno de esos hombres apegados a las letras que nunca miran al cielo, aunque el cielo aparezca a menudo en sus poemas en forma de lunas incrustadas en el firmamento como gotas de diamante helado, lluvia que devora el cielo, estrellas como secretos transparentes, agua que cuaja el esmalte del cielo, lagos que reflejan su color, y toda una larga serie de chilindrinas semejantes. A Mauricio, los problemas del cielo le traían sin cuidado, incluidos los agujeros negros que se van tragando el universo a distancias abisales de su escritorio; el otro agujero más cercano, esta vez en la capa de ozono («¿quién demonios puede explicar qué clase de cosa es el ozono sin liarse un poco?»); las tormentas dispersas que echan a perder una tarde de playa y el granizo que arruina las cosechas de los agricultores. Para Mauricio lo único que tenía sentido en esta vida era estudiar la «entención» del autor del Libro de buen amor, por ejemplo; el ars grammatica del noble don Juan Manuel; el problema del «yo en la conciencia» en las obras de Charles-Humbert La Tour du Pin (l’amour de soi y todo eso), y las pistas sobre la influencia que tuvo en el humanismo del marqués de Santillana la versión de Villena de 1428 de la Divina Comedia, etcétera.

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