Muerte Entre Poetas
- Автор: Vallvey Ángela
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Muerte Entre Poetas». Краткое содержание книги:
Lo que debía ser un encuentro ritual entre prestigiosos miembros de las letras nacionales se convierte en algo turbador al aparecer asesinado de una puñalada en el corazón uno de los poetas participantes. Nacho Arán, poeta y meteorólogo, llega al congreso poco después de que se haya producido el crimen, por lo que está libre de sospecha y podrá dedicarse a husmear entre el resto de los asistentes. Pronto descubrirá que casi todos ellos tienen algo contra el muerto, y se dará cuenta de que el refinamiento intelectual y la supuesta sofisticación de la cultura no sirven como vacuna contra el mal y las pasiones violentas, contra el odio y el deseo de venganza…
La tía Pau se quedó en silencio, y luego preguntó:
– O sea, ¿qué me dices, sobrino?
– Pues que llevas razón: yo no me hubiese enfadado tanto como Mauricio. -Lo pensó un instante-. Aunque, quién sabe… A nadie le gusta hacer el ridículo.
En la amplia antesala del comedor, la mayoría de los convidados estaban ya reunidos alrededor de unas mesas bajas de té. Al faltar la lectura de las ponencias, el programa se había quedado más cojo que Mauricio. No había mucho que hacer, y sin ponerse de acuerdo, casi todos los poetas bajaron a tomar el aperitivo. Cuando Nacho llegó, Miño conversaba con Pedro Charrón y Rilke Sánchez. Torres Sagarra y Rocío Conrado hablaban a través de sus respectivos teléfonos móviles. Evidentemente, la última ya había vuelto de su excursión para hacer compras en la ciudad junto a Jacinta. Mauricio se examinaba las uñas y bebía una copa de jerez a traguitos cortos y melindrosos. Pascual Coloma estaba sentado al lado del balcón, a la luz oscurecida del mediodía -se avecinaba una tormenta- y, o mucho se equivocaba Nacho, o contemplaba extasiado el escote de Jacinta Picón, que se movía por la estancia revisándolo todo con interés -los cuadros, las cortinas, las lámparas de lectura, los espejos- y llevaba un par de libros de pequeño formato asidos con desgaire en una mano. A Richard Vico no se lo veía por ninguna parte desde la noche anterior, y Fernando Sierra les estaba soltando un discurso apasionado a Cecilia Fábregas y a Cristina Oller, que lo escuchaban con distintos grados de atención y total indiferencia, respectivamente. «Menudo es Fernando. El tío no se calla ni así lo amordacen -receló Nacho-; su lengua parece la aguja de un tocadiscos.»
– ¡Vaya, meteorólogo! -lo saludó Fernando-. Toma una copita y asiento a mi lado -le señaló un sillón, pero Nacho prefirió una silla, algo más alejada de ellos, donde su espalda estaría tiesa. Tenía la sensación de que no hacían otra cosa más que comer, y el paseo le había sabido a poco. Precisaba sin falta un poco de ejercicio físico.
– Pues, a mí, Gómez de la Serna me parece que no tiene gracia, que es de una abundancia sosa, un sinsorgo, como dicen en Bilbao. -Pedro Charrón levantó la voz, y se fue iniciando una pequeña tertulia.
En realidad eran palabras textuales de Pío Baroja, que en sus memorias repartía estopa entre sus colegas de profesión con un exceso de generosidad, y la que le sobraba para la crítica era la misma que le faltaba a la hora de reconocerles algún mérito.
– ¡Hombre, hombre, sinsorgo…! ¡Y más todavía! -Miño se frotó las palmas de las manos, como dispuesto a arrancarles unos aplausos quisieran ellas o no.
– Y el tal Rubén Darío era uno de esos rastacueros clásicos que nos endosó América -añadió Torres Sagarra, también parafraseando a Baroja.
Jacinta Picón dejó de contemplar la finura de las líneas de un buró femenino Christian VIII de caoba que adornaba la estancia y se revolvió como si la mirada penetrante de Pascual Coloma acabase de darle un pellizco en el trasero con su punzante intensidad.
– Pero… ¿quién…? ¿Cómo te atreves a decir una blasfemia de esa categoría? ¡Rubén Darío, por favor! No te atrevas a insultarlo en mi presencia, Margarita -la reprendió Jacinta, aunque con una sonrisa cautivadora.
Torres Sagarra hizo un mohín de desagrado. No le hacía gracia que la llamasen Margarita. Invariablemente, tenía la sensación de que se lo restregaban por la cara.
– ¿Sabéis lo que escribió Baroja de Rubén Darío? -preguntó Fernando Sierra, levantando la voz, que resonó con ecos lóbregos y sepulcrales, como si la hubiera untado con pez antes de permitir que saliera de su garganta-. Pues le dijeron una vez: «Don Pío, ¿sabe usted lo que cuenta Rubén Darío de usted?», y el otro respondió: «Pues no, ¿qué dice?», y se lo refirieron: «Pío Baroja es un escritor de mucha miga, ya se conoce que es panadero.» Y Baroja, imperturbable, respondió: «¡Bah!, no me ofende nada. Yo diré de él que Rubén Darío es un escritor de buena pluma. Ya se conoce que es indio.»
Todos se echaron a reír, menos Rilke Sánchez, el aclamado poeta latinoamericano allí presente, que aunque no dijo ni pío (nunca mejor dicho), no consideró que la cita fuese de muy buen gusto, pero no supo si responsabilizar de ello a Baroja o a sus portavoces, y optó por callarse. Pascual Coloma respiró agitadamente, como si estuviera hiperventilando. Nacho se preocupó por su salud durante un instante antes de darse cuenta de que quizás el gran hombre también se estaba riendo.
– Ya sabéis que don Pío se hizo cargo de la tahona de una tía que le había dejado el negocio a su familia porque detestaba su profesión de médico, prefería ser panadero -apuntó Fernando, con lágrimas de risa cuajando sus ojos.
– Pues hablando de criticar a otros escritores -dijo Miño Castelo, tirando nerviosamente de las solapas de su chaqueta de terciopelo-, ahí tenéis a Jorge González Castillo, el último novelista bestseller del horizonte nacional que se está forrando, el muy descarado. A mi modo de ver, pedantesco, poco conceptuoso y nada inteligente. Un mal novelista que todavía me debe diez mil pesetas que le presté hace veintitrés años, cuando andaba chupando tintas por las redacciones de los periódicos de Madrid, a ver lo que pillaba. De él se puede advertir, como bien señalaba Machado en La guerra literaria, que sus libros sólo se ven en manos de sus amigos o de sus enemigos. ¡Y que tiene muchos de ambos bandos!, joder, si hasta yo he estado en los dos, ja, ja, ja…!
– No sé qué es peor, si tener muchos amigos o muchos enemigos -murmuró Rocío a la vez que jugueteaba con su móvil-. Por estos pagos…
– Baroja siempre se quejó de que a él lo ponían verde, y que en cuanto se le ocurría defenderse se le tiraba todo el mundo al cuello tachándolo de ofensivo. Qué poco hemos cambiado desde entonces -apuntó Mauricio Blanc con una sonrisa triste, enseñando sus dientes blanquísimos como si les estuviera buscando comprador.
– Baroja dejó dicho por escrito que la Pardo Bazán -Fernando miró a Torres Sagarra con precaución, y ella le devolvió la mirada inerte de un par de ojos de cristal- no le interesó nunca ni como mujer ni como escritora. Decía: «Como mujer era de una obesidad desagradable, y como escritora todo eso del casticismo y del lenguaje no he tenido muchas condiciones para sentirlo.»
– El viejo Pío, ah, tiraba a dar, el muy pendejo -dejó escapar Rilke Sánchez.
– Conozco a un académico, un mallorquín chueta, porrón como él solo, que publicó un estudio sobre las reprobaciones e invectivas que recibió Baroja a su vez. Son unas cuantas, por cierto -intervino Mauricio después de sorber su jerez.
– Hombre, quien da, recibe tarde o temprano.
– Pues hablando de dar -dijo Miño-, conozco a uno que te sacude cada vez que tiene oportunidad, Fernando.
– ¿A mí?
– Al mismo que viste y versa.
– ¿Quién?
– ¿No te lo imaginas? ¡Qué poco imaginativo eres para ser poeta!
– Pues no, no caigo. Se me ocurren tantos candidatos que… Y ya sabes que yo estoy muy retirado de todo esto. De los palacios de la vanidad. Viviendo en Estados Unidos no molesto a nadie -confesó Fernando-, o al menos lo procuro.