El Club De Las Chicas Temerarias
- Автор: Rodriguez Alisa Valdes
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Club De Las Chicas Temerarias». Краткое содержание книги:
Vicepresidenta de una importante compañía, Usnavys es un divertido ciclón negro, Sara es una modélica madre y la esposa de un abogado y respetado miembro de la comunidad judía, Elizabeth es copresentadora de un programa de televisión matutino y portavoz nacional de una organización cristiana, Rebecca es sencillamente perfecta, la creadora de Ella, la revista de la mujer hispana más popular del país, Amber, cantante y guitarrista de rock, espera su gran oportunidad, y Lauren es la redactora más joven y la única hispana del diario Gazette. ¡Son las temerarias!
¿Quince minutos? Hundo los dedos de los pies en la alfombra azul de pelo largo, le pongo boquita de beso a mi gata, Fatso, que duerme en el enorme ventanuco en forma de media luna. Como me ignora, la beso aún más fuerte. Beso, beso, beso, beso. Hasta que la despierto. Bosteza enseñando los colmillos y levanta su enorme corpachón redondo. Se estira, se deja caer y me lanza las patitas. Está gorda por mi culpa, por supuesto. Yo soy quien le pone cuatro latas de Fancy Feast al día. Así le demuestro mi amor. Ella me demuestra el suyo frotándose contra mis espinillas dejando restos de pelo blanco a su paso. La rasco detrás de las orejas hasta que ronronea.
– Vale, grandota.
Cojo la caja de pienso de salmón de la mesa auxiliar y la abro; el sonido hace que se ponga a dar vueltas maullando desesperada. El gato de Pavlov. Le lanzo unos granitos. Los atrapa como puede, para ser gato es lenta de reflejos, se los come con gusto, ronroneando y mascando a la vez.
– ¿En qué nos hemos metido ahora?
Me pongo en pie, me tambaleo, y me doy cuenta -de nuevo- de que no estoy sobria. Sigo borracha. Me agarro a la barandilla blanca de la escalera y bajo con cuidado al piso del apartamento donde están cocina, comedor y baño.
Este apartamento mola. Techos altos, moderno. Al menos tengo esto, aunque sea gorda, fea y no tenga novio.
Es diáfano y tiene un montón de luz, muy artístico. Es el mejor sitio en el que he vivido. Usnavys hizo que me mudara aquí, mira por dónde. Pensé que no podría permitírmelo. Y ella:
– Mi'ja, basta de ser tacaña y tener mentalidad de pobre. Ahora puedes permitírtelo. Problemas. Problemas.
Tenía razón. Todavía no me he acostumbrado a tener dinero. Mucho dinero. Recuerdo demasiados días en que papi me daba dinero para el almuerzo sacándolo de su bolsillo arrugado en una bola. Siempre me decía suspirando: «No estamos hechos de dinero, recuérdalo». Y siempre se lo tenía que pedir, además. Cada mañana. Papi olvidaba esas cosas. Era un buen padre, pero mal profesor. No se acuerdan de las cosas más prácticas, aunque no se debe generalizar tampoco. Nunca teníamos dinero suficiente.
Vale, de acuerdo. No volveré a hablar de papá. Perdón.
Así que ahora que tengo dinero no sé qué hacer con él, excepto ahorrarlo para el inexorable hambre. ¿Este comedor? Usnavys me hizo comprarlo. También el dormitorio de abajo.
– No esperes -dijo-. Vive.
Me apoyo en la pared para equilibrarme y «ando» -o algo parecido- hasta el baño. La caja de la gata está sucia otra vez. Tengo que limpiarla. No puedes recibir a un hombre en casa con la caja de la gata sucia. Probablemente todo el apartamento apesta a sus pequeños torpedos cubiertos de pelo gris. Yo ya no lo noto. Soy inmune. Pero quiero causarle una buena impresión a mi narcotraficante.
¿Narcotraficante?
Dios mío, Lauren, ¿qué has hecho?
Dejo correr el agua caliente en la bañera. Saldrá caliente en unos tres minutos. Es un buen apartamento, recién reformado, pero como todos en esta sobrevalorada ciudad de hielo, tiene las cañerías rematadamente viejas. Todos los apartamentos de Boston dan problemas a las personas con mi nivel adquisitivo. Sé que gano más que la media, vale, pero he aquí la cuestión: cuesta más vivir en Boston que en cualquier otra ciudad del país, mucho más, aún más que en San Francisco. Así que acabas ganando cifras con seis ceros, pero vives como un estudiante.
Debería volver a Nueva Orleans, donde las cosas tienen más lógica. Palmeras, humedad, huracanes, los hermanos Neville, el Café du Monde, los cangrejos, los funerales con jazz. Sólo he tenido mala suerte desde que llegué.
Cojo el pequeño recogedor rojo y empiezo a echar la caca de Fatso en el retrete. Plop, plop. Quiero demasiado a esta gata, ¿vale? Demasiado esfuerzo también. ¿Lo aprecia? ¿Tú qué crees? Entra y empieza a remolonear en la alfombrilla del baño, la primera alfombrilla de baño buena que he tenido, una cosa morada carísima que compré en una tienda de la calle Newbury. La gata la deja llena de pelo. La acabo de lavar. Por su culpa tengo que lavar la alfombrilla cada dos o tres días. Y que pasar el aspirador cada dos. Hay pelo suyo por todas partes. Ésa es una de las razones por las que no me siento la mujer de éxito que la gente cree que soy. Las mujeres de éxito tienen gatos, sí, pero son capaces de mantener el pelo a raya, ¿entienden lo que quiero decir? No andan por ahí rodeadas de una nube de pelos de gato, como en una pocilga. Yo sí. Esta nube de pelos me sigue a todas partes. El otro día, cuando fui a Bread and Circus a comprar comida sana que me ayudara a superar lo de la bulimia, una señora en la cola me estornudó encima y me preguntó si tengo gato. Le dije que sí, y me respondió que se lo imaginaba por la pelusa que tenía en la chaqueta.
– ¿Nunca ha pensado en usar un cepillo para la ropa? -preguntó muy digna.
Y yo pensé: «¿Qué coño le pasa, señora? ¿Es una completa desconocida y se atreve a decirme eso a la cara?».
Fatso se tumba boca arriba y me mira. Cuando termino de limpiar, tiro de la cadena y relleno con arena nueva, rociándolo todo con Lysol, y entonces va ella de puntillas, se coloca despacito y hace otra caca gigantesca.
Me ignora.
Ésta es mi vida. Lysol, la caja del gato, y Ed jodiendo a esa flaca putita.
– Pensé que por lo menos podía contar contigo -le digo a la gata.
Estallo en sollozos otra vez.
Fatso termina de hacer sus necesidades, escarba indiferentemente, y sale disparada, llenando el pasillo de arena con sus patas traseras. No es lo que se entiende por una gata veloz. El veterinario no deja de decirme que la ponga a dieta. ¿A dieta? ¿Una gata? Mis parientes en Cuba se esfuerzan por reunir calorías suficientes con sus estúpidas libretas de racionamiento, ¿y quiere que ponga a dieta a mi gata? Qué mundo.
Además, es cosa de Fatso, no mía, según la ley. Todavía está vigente una ley en Massachusetts que prohibe tener gato porque aquellos hombres que ahorcaron a las mujeres de Salem creían que los gatos eran personas, o algo así. Así que supongo que Fatso no me pertenece, no legalmente. Me ha elegido como esclava. Debería sentirme honrada. Por lo menos alguien me quiere. Limpio su último regalito y vuelvo a rociar de Lysol. El agua ya está caliente, aparto la cortina de la ducha (también buena, morada, a juego con la alfombrilla) y tiro de la llave de la ducha.
Me desnudo y me miro un segundo en el espejo que hay sobre el lavabo. Parezco enferma, hinchada y cansada. Parezco vieja, gorda y tonta. ¿Cómo voy a adecentarme lo suficiente en quince minutos como para impresionar a un tipo como Amaury? ¡Ya has visto las chicas que le rondan! Dejaron el colegio en noveno para dedicar todo su tiempo a cosas como depilarse las piernas y perfilarse los labios. ¿Por qué iba alguien como él a interesarse remotamente en este pálido monstruo de pelo absurdo y gafas? Tengo una teoría: si trabajas en prensa más de tres años, empiezas a parecerte a un cadáver de los del video de Michael Jackson. Los periódicos son fábricas, aunque creen que son oficinas. Cada tarde, el edificio entero tiembla cuando arranca la rotativa, los rodillos empiezan a girar y la tinta sale disparada por las grietas. No hay luz natural, sólo una gran sala donde la gente se sienta a mirar fijamente al ordenador. No hay nadie más espeso, más grasiento, más enfermizo, con aspecto más lamentable, que los que trabajan en los periódicos.