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El Club De Las Chicas Temerarias

Электронная книга - «El Club De Las Chicas Temerarias». Краткое содержание книги:

El club de las chicas temerarias está formado por seis prósperas mujeres latinas que se conocen desde que comenzaron la universidad. Provenientes de diferentes ambientes económicos, culturas y religiones, consolidan su inquebrantable amistad reuniéndose cada seis meses, pase lo que pase, para cenar, cotillear, compartir sus éxitos o ayudarse en los peores momentos de sus vidas.
Vicepresidenta de una importante compañía, Usnavys es un divertido ciclón negro, Sara es una modélica madre y la esposa de un abogado y respetado miembro de la comunidad judía, Elizabeth es copresentadora de un programa de televisión matutino y portavoz nacional de una organización cristiana, Rebecca es sencillamente perfecta, la creadora de Ella, la revista de la mujer hispana más popular del país, Amber, cantante y guitarrista de rock, espera su gran oportunidad, y Lauren es la redactora más joven y la única hispana del diario Gazette. ¡Son las temerarias!
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No me choca, pues, que jadee los mismos insultos a la señorita Lola cuando reúno el valor suficiente como para plantarme en el umbral del dormitorio.

– ¿Eres mi puta, mi putita estúpida, abierta sólo para mí?

Sólo que ella dice:

– Sí. Sí, papi, soy tu putita estúpida, dámelo duro papi, dámelo duro, así de duro, chíngame, si quieres, métemela por detrás. Con ganas, mi amor, rómpeme.

Él agita su peludo culo arriba y abajo, los pantalones como un acordeón por las rodillas, la hebilla del cinturón sonando al golpear. Todavía lleva la camisa blanca almidonada y la corbata. De Lola sólo veo unos pies pequeños con las uñas color rosa sucio, embutidos todavía en las sandalias, sacudiéndose cerca de las orejas de él. Rómpeme, repite. Rómpeme.

El tiempo transcurre despacio. Me veo empuñar el recipiente metálico donde guarda los gemelos relucientes y los alfileres de corbata, incluidos los nuevos con la bandera americana, y lanzarlo contra ese enorme culo. Le da en todo el centro. Gruñe como el perro que es. Oigo a Lola gritar, pero de lejos, un eco agudo. Cojo otras cosas de su armario, escritorio y estantes. Marcos de fotos, botes de colonia, libros, un teclado de ordenador, un par de tijeras, un pisapapeles de Snoopy golfista, un teléfono en forma de balón de fútbol, y les lanzo lo que puedo.

Ed coloca a Lola delante de él como un escudo. Durante un instante, tiene cara de pánico, rojo, sudado y feo. Boca abierta, dientes descubiertos. Gruñe. Veo el perfecto cuerpecito oscuro de ella despatarrado, tratando de incorporarse. Grita, se libera y va trotando al baño con esos ridículos zapatos. Parece pequeña, perfecta, asustada… y joven. No puede tener más de dieciocho. ¿Dónde ha conocido a una mujer así?

– No es lo que piensas -dice Ed, sustituyendo el miedo por un gesto encantador, manos vueltas hacia arriba delante de su cuerpo.

Viene hacia mí arrastrando los pies, con los pantalones alrededor de sus tobillos como cadenas de preso.

– ¡Bastardo! -le grito.

Le ataco con puños, rodillas y pies.

– ¡Eres un hijo de puta! ¡Cómo te atreves! ¡Cómo has podido!

Me agarra por las muñecas.

– Para -dice-, estás sangrando. Vamos a ver ese corte antes de que se te infecte.

Protector, da un chasquido con la lengua como si yo fuera una niña que acaba de romper el bote de las galletas.

– No me toques -protesto-. Tú eres la infección.

– No seas ridicula, Lauren. Sabes que te quiero. Tenía que desahogarme. Los hombres somos así. Mejor ahora que después de la boda, ¿no?

– ¡Dios mío! -le araño los ojos y le escupo en la cara-. ¡Te odio!

Retrocede y veo el preservativo azul colgando pringoso en la punta de la erección perdida. Huelo en su piel el perfume barato de la chica, su juvenil sudor de almizcle. Me dice:

– Sabes que te quiero. Tranquilízate. Respira hondo. Hablemos.

– ¿Estás loco? En tu baño hay una jovencita…

– ¿Ella? Bah. No significa nada para mí. -Se sube los pantalones y se encoge de hombros-. Es a ti a quien quiero.

Le miro con la boca abierta. Casi contesto, pero me lo pienso mejor. Me doy la vuelta para irme.

– Espera, cielo -llama, siguiéndome-. ¿Qué pasa con San Valentín en el lago Tahoe? ¿Vendrás? Hablemos.

Abro la puerta de la calle.

– El viaje de esquí con mis compañeros y sus novias. ¡Ese viaje me ha costado una fortuna! ¡Ya no puedo cancelarlo!

Le miro por última vez.

– Lleva a Lola.

Doy un portazo, y me abalanzo por las escaleras hasta la calle. Iba a tirarle el anillo, pero he pensado que igual puedo empeñarlo y comprarme algo útil, como un boli. Querría matarme. Paro en la tienda coreana de la esquina y compro una bolsa de Cheetos picantes, una caja de donuts, tres tabletas de chocolate y una lata de Pringles, y paro un taxi. Me como hasta la última miga salada y dulce camino del aeropuerto.

Después de alcanzar la altitud de crucero, me encierro en el baño del avión y me meto los dedos en la garganta sobre el retrete metálico. Cuando salgo, le pido a la azafata vino blanco frío. Cuando el avión aterriza en Boston, ha empezado a atardecer y me siento «fatanomenal».

Llamo a Usnavys desde una cabina del aeropuerto, y le cuento lo ocurrido. Me cuenta que su médico le ha dado plantón.

– Los hombres son unos chupones, mi'ja -dice.

– Bingo. (Hipo.) «Chupombres.»

– ¿Has bebido?

– (Hipo.) ¿Quién, yo? No. ¿Por qué me lo preguntas? (Hipo.)

– Me alegro de que no tengas coche, mi'ja. Voy a buscarte. No debes estar sola ahora mismo. Vamos a divertirnos.

Usnavys me lleva a un verdadero antro de barrio cerca de Dudley Square. Los lugares donde creció están por aquí, entre edificios medio derruidos y bodegas de toldos amarillos. El pincha pone «ambos» tipos de música, salsa y merengue, para atraerlos a todos: puertorriqueños y dominicanos. Usnavys habla. Yo bebo. Hablo. Ella bebe sorbitos de vino blanco.

Estoy enfadada. Ya lo creo. Las dos lo estamos. Enfadadas y defraudadas. Hablamos de nuestras situaciones respectivas y nos damos consejos. El mío: dale una oportunidad a Juan y deja de preocuparte por el coche o los zapatos que lleva. El suyo: date tiempo, espera a que aparezca un buen hombre, y asegúrate que tenga mucha pasta.

– Bah -digo, sumergiéndome en el tercer vaso de Long Island Iced Tea-. ¿Sabes lo que voy a hacer?

– ¿Qué?

Miro a mi alrededor en ese vertedero, veo dominicanos de mandíbulas cuadradas, afros cortos, bocas enormes y ropa holgada de diseño. Mueven las caderas de forma antinatural al bailar. Se mojan los labios constantemente, siempre igual. Veo uno más guapo que el resto. Mandíbula fuerte, pestañas largas, labios carnosos, nariz perfecta, hombros anchos y atuendo con buen gusto. Podría ser modelo de Ralph Lauren. ¿Saben a quién se parece? Al presentador de «Soul Train», la estrella negra de la televisión. Tiene una mirada inteligente. ¿Por qué me sorprende? Quiero oír su historia. Probar su sal.

Levanto mi vaso hacia él.

– Navi -mascullo-. Yo, querida, voy a irme a casa con ese tipo.

– ¿Cuál?

– El guapetón con camisa de cuadros verde y chaqueta de cuero de la Warner Brothers.

Lo mira y sacude la cabeza.

– Ay, mi'ja -dice, arrugando la nariz. Mueve la mano delante de su nariz como si oliera mal-. Ése no vale la pena.

– A mí me sirve hoy.

– Ay, Dios mío. Tas loca. ¿Sabes qué? Tas muy bca, mi'ja.

Coloca su mano sobre el vaso que el camarero acaba de ponerme delante.

– Ya has bebido bastante. Ya sé que estás dolida, mi'ja, pero vamonos a casa, ¿vale? No seas tonta. Conozco a ese tipo. No es bueno.

– Claro que es bueno. No hay más que verlo. -Aparto su mano y me bebo la copa de un trago, limpiándome la boca con el dorso de la mano cuando termino-. En serio. Es guapísimo. Parece un revolucionario, un guerrillero.

Se da cuenta de que le estoy mirando y me sonríe. Es como cuando a los dibujos animados les brilla la dentadura: ¡ping! El corazón se me sale del pecho.

– Es un narcotraficante, como dijo Rebecca. Confía en tus temerarias. Tienes que dejar de caer en las redes de tíos así.

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