El Club De Las Chicas Temerarias
- Автор: Rodriguez Alisa Valdes
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Club De Las Chicas Temerarias». Краткое содержание книги:
Vicepresidenta de una importante compañía, Usnavys es un divertido ciclón negro, Sara es una modélica madre y la esposa de un abogado y respetado miembro de la comunidad judía, Elizabeth es copresentadora de un programa de televisión matutino y portavoz nacional de una organización cristiana, Rebecca es sencillamente perfecta, la creadora de Ella, la revista de la mujer hispana más popular del país, Amber, cantante y guitarrista de rock, espera su gran oportunidad, y Lauren es la redactora más joven y la única hispana del diario Gazette. ¡Son las temerarias!
Frank los corta de raíz.
– Es perfecta como es. Deben saber lo que tienen aquí. ¿Han visto cuántos jóvenes asisten a sus conciertos? Hay colas que dan la vuelta a la manzana; eso sin promoción. ¿Entienden la demanda que hay de una artista así? No hay nadie como ella ahí fuera. El material está listo, ha grabado seis compactos por su cuenta. Es un proyecto sencillo, sin riesgos. Ustedes lo saben y yo lo sé. Avancemos.
Más charla en español. Remiten las náuseas.
Al final, Frank dice que él está de acuerdo con la propuesta y sus modificaciones. Joel sugiere reunimos la próxima semana para firmar el contrato. Frank es inflexible, debemos hacerlo ahora.
– Pensé que eran serios, caballeros -dice.
Joel comenta algo sobre la aprobación del director financiero de la compañía. Frank le devuelve el golpe diciendo que deben haber discutido el tema y establecido ciertos límites, y que la oferta debe estar dentro de los márgenes de lo previsto y aprobado.
– Tenemos otras propuestas -empieza a recoger sus papeles-. Vamos, Cuicatl.
Joel y Milanés susurran un instante. Entonces Milanés dice que enseguida vuelve con un contrato.
– Tardaré una hora, puede que algo más -dice.
Frank dice que está bien. Esperamos. Por un instante me pregunto si puedo confiar en Frank. Realmente no le conozco. Pero es mexica. No tengo motivos para dudar de él.
Nos entregan el contrato al cabo de dos horas. Miro a Frank, y me vocaliza en náhuatl «Confía en mí».
Firmo.
Joel firma.
Milanés firma.
– Me gustaría dar una rueda de prensa la semana que viene -dice Joel-, para anunciar la firma. Deberíamos salir en abril. Es precipitado, pero estás preparada. Podemos empezar comercializando tus grabaciones caseras, pero quiero que las pulas un poco.
– Tendrás tu primer cheque en seis semanas -me dice Joel. Su actitud ha cambiado, y está claro que es él, no Frank, quien manda ahora-. Por esta cantidad -y puntualiza-: Utilízalo para cualquier gasto de mezclas o producción, y para las nuevas canciones que quieras grabar.
Señala una cifra enterrada entre la abundante letra pequeña del contrato. Me quedo boquiabierta y Frank se ríe. Hago un cálculo rápido. Hablamos de millones. Habría salido de allí feliz con cien mil.
– Es para cubrir tus gastos, claro, pero fundamentalmente para producir tu primer álbum, que saldrá a finales de marzo, previa distribución de copias promocionales con la mayor antelación posible. No lo malgastes. Parece mucho, pero tendrás que pagar todo tú misma, el alquiler del estudio, la producción, los aparatos, las mezclas, los músicos. Todo menos la promoción, que empezaremos desde ahora mismo -me explica Joel.
Miro fijamente la cifra.
– Si entregas el disco a tiempo -prosigue- recibirás el resto.
Señala otra cifra: más millones. Me quedo helada de nuevo. Los ojos de Frank brillan y despliega la poderosa y ancestral sonrisa de nuestra gente.
– Además -continúa Joel-, obtendrás un porcentaje adicional por cada disco vendido, y por las canciones que se pongan en la radio, como compositora, artista y productora ejecutiva. Y por supuesto, cualquier beneficio derivado de la gira promocional de proyección internacional. Hemos acordado invertir mucho en promoción, así que supongo que te conocerán bien en Latinoamérica, España y en el mercado hispanohablante de Estados Unidos. Asia es una posibilidad para este tipo de música. Siempre lo es. Los derechos extranjeros son otro asunto, pero Frank se asegurará de conseguir un buen acuerdo. ¿No, Frank?
Frank asiente.
– Eh, Cuicatl, sé que no querrás grabar un single en inglés. Pero piénsatelo. Cada vez colaboramos más con Wagner. Tu música tiene el doble potencial -dice Joel.
– ¿Cuánto más supondría? -pregunto.
No estoy casada con el español. Me da igual un idioma europeo que otro.
Joel lanza un silbido.
– Depende de ti -dice Frank-. Pero podrían ser unos millones más.
– Chinga -digo, sin pensar.
– Oye eso -dice Joel, mirándome divertido.
Entonces, porque se ha firmado el contrato, porque soy Cuicatl, protegida por el espíritu de Ozomatli y el del jaguar, y me da igual parecer una paleta sorprendida, repito la misma palabra a voz en grito.
Joel se levanta cuando nos vamos a marchar, y me abraza.
– Bienvenida a la familia Wagner, Amb… errr, Cuicatl -dice-. Que te quede claro desde ahora que esperamos mucho de ti.
No bromea.
Estamos a mediados de febrero, que suele ser una buena época para el mercado inmobiliario, pero la mayor parte de la gente no encuentra casa en esta ciudad ni por asomo. ¿Por qué? Porque el precio medio de una casa en Boston es tres veces más elevado que en el resto de Estados Unidos, según un nuevo estudio. Una casa aquí vale casi el triple de lo que costaría en cualquier otra parte. Ojalá pudiera comprarme una, pero como millones de personas aquí, seguiré con mi apasionado idilio de alquiler con este sobrevalorado burgués, en esta carísima ciudad, pagando, como suelo, un precio muy alto por el amor.
De «Mi vida», de LAUREN FERNÁNDEZ
Capítulo 9. LAUREN
Estoy escondida detrás del cajón de cartón lleno de calcetines que hay en el armario de Ed. Llamé diciendo que estaba enferma, cogí el puente aéreo de Delta a La Guardia, y me fui en taxi al estupendo apartamento de dos habitaciones que Ed tiene en el Upper East Side. Chuck Spring volvió a darme la tabarra ayer por no escribir con un estilo lo suficientemente «latino», y en vez de arriesgarme a darle una patada en la boca, decidí tomarme un tiempo libre y husmear por ahí. Entré con mi llave. No me espera hasta el fin de semana que viene.
Hace unos minutos he registrado los cajones y bolsillos en busca de pruebas. He encontrado una caja grande de condones azules y faltan seis, y una pinza del pelo que no es mía. Ed no es de los que usan condón; la pinza podría ser suya.
Acaba de entrar por la puerta y no está solo. Espío por una rendija de la puerta del armario y la veo caminar sobre tacones vulgares, sandalias de plástico blanco de tacón alto. Fuera hace un frío glacial. Deduzco que debe de estar loca. También lleva una minifalda de punto rosa con triangulitos blancos y medias color carne. Le veo la cara de refilón. Parece tan joven como la voz que había en el contestador, pero tiene la piel más oscura de lo que esperaba. Por algún motivo su voz de niña bien no me sonaba a la de una puta callejera de Juárez, con los labios resquebrajados pintados de naranja y una fosca permanente en el pelo. Su último mensaje confirmaba su cita de esta noche para cenar.
– Cocinaré para ti -decía, ida y orgásmica-, en tu casa.
Soy una psicópata, claro. Pero tengo motivos. Necesito toser. Maldita sea. Aguanta, Lauren, aguanta. Trago, cierro los ojos, me concentro en otra cosa. Ya pasa. Abro los ojos justo cuando Ed le palmea el trasero. Se quita el blazer azul marino con botones de ancla dorados y se lo da a ella, riéndose. Oh, oh. Me paralizo. ¿Abrirá el armario? Susurro como si fuera un mantra:
– Por favor no, por favor no.
Y funciona. Suelta la chaqueta en una silla.
Oigo a Ed hacer un pis sorprendentemente largo con la puerta del baño abierta. Lola empieza a abrir armarios buscando ollas y sartenes. Ed tira de la cadena, sale silbando. Se para ante el armario y se estira, eructa, se va al salón. De hecho, cocina y salón forman parte de la misma habitación, delimitados tan sólo por los azulejos y la alfombra. Ed se desploma en un sillón de cuero, uno de esos de masaje, y pone la CNN en la tele. Vuelve a eructar. Es encantador. Hablan en pausado español mexicano mientras ella corta una cebolla con precisión y rapidez. Intento oír lo que dicen, pero las cañerías que pasan junto a mí han empezado a rugir. Edificio antiguo, calefacción de vapor. Me aclaro un poco la garganta confiando en que nadie me oiga. En un momento me llega el olor de aceite caliente y cebolla frita con chile en polvo, frijoles y carne. Se oye un anuncio del partido de los Cowboys y, como era de esperar, Ed sube el volumen, se levanta de un salto y alza un brazo a lo John Travolta en Saturday Night Fever. He visto ese gesto muchas veces; hace como si golpeara el suelo con un balón de fútbol americano, su pequeño touchdown personal.