El Club De Las Chicas Temerarias
- Автор: Rodriguez Alisa Valdes
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Club De Las Chicas Temerarias». Краткое содержание книги:
Vicepresidenta de una importante compañía, Usnavys es un divertido ciclón negro, Sara es una modélica madre y la esposa de un abogado y respetado miembro de la comunidad judía, Elizabeth es copresentadora de un programa de televisión matutino y portavoz nacional de una organización cristiana, Rebecca es sencillamente perfecta, la creadora de Ella, la revista de la mujer hispana más popular del país, Amber, cantante y guitarrista de rock, espera su gran oportunidad, y Lauren es la redactora más joven y la única hispana del diario Gazette. ¡Son las temerarias!
Anulación. Anulación. Anulación.
Me da un vuelco el estómago cuando pienso en la ruptura con Brad.
Cierro los ojos, me deslizo en el agua, sumergiéndome e intentado eludir cualquier pensamiento negativo. ¿Es la anulación un pensamiento negativo dadas las circunstancias? No creo.
Anulación.
Salgo a coger aire, me miro las uñas rojas de los pies que se vislumbran entre las burbujas, me río en voz alta. Me siento bien. No puede ser un pensamiento negativo. He conocido a Marión Wright Edelman, a Colin Powell, y a Cristina Saralegui. Toda la gente famosa que admiro tiene algo en común: actitudes positivas. Evoco pensamientos positivos, todos los que puedo. Pero siento un cosquilleo en el vientre. No puedo concentrarme.
Mis manos recorren mi piel bajo el agua, los dedos buscan zonas placenteras que he ignorado demasiado tiempo. Me toco. Me siento culpable, pero siempre me siento culpable cuando hago esto.
Por algún motivo la cara de André sigue apareciendo ante mis ojos, sonriendo. Los hoyuelos. Muevo mi dedo en pequeños y lentos círculos en mi punto secreto, y siento una deliciosa tensión en las piernas. André, fuerte y grande. ¿Cómo tratará a una mujer en la cama? Casi digo su nombre en voz alta. Hoy ha vuelto a llamar a la oficina y ha dejado otro mensaje a mi asistente. Esta vez: «Espero que bailes». Es atrevido e inapropiado.
Me excita.
Oigo a Consuelo golpear la puerta con el aspirador mientras limpia la habitación. Modero mis pensamientos, detengo mis manos, temiendo que me descubra. Aprieto de nuevo las piernas, espero sin respirar, el silencio es tal que puedo oír las burbujitas estallar en la superficie del agua. Cuando se aleja el sonido del motor, empiezo de nuevo. Me pregunto si Brad encuentra a Consuelo «terrenal». Pensamiento negativo. Zas, zas.
Sumergida de nuevo en anaranjada agua de sandía con André. Sexy. Zas. Es inútil. Mi cuerpo vibra por él. Me toco cada vez más rápido, hasta que mi cuerpo explota en un millón de estrellas.
Abro los ojos. ¿Qué he hecho? Parece que hubiera demasiada luz. Que el aire estuviera demasiado quieto. Me invade la culpa. Como siempre, sigo adelante, intento olvidarme.
Cambio el paisaje a las montañas de Sandia después de una tormenta de nieve, limpia y fresca. Respiro el color del cielo de mi ciudad natal, un azul luminoso, claro y suave. Tiro del tapón y salgo del agua caliente, me envuelvo en una gruesa toalla de algodón blanca y entro en mi impecable vestidor.
Si no tuviera que hablar, me pondría algo un poco llamativo, quizá el vestido largo negro con la chaqueta de terciopelo bordada. Pero esta noche necesito algo que transmita fuerza, dignidad y el espíritu triunfante de una minoría emprendedora.
Alberto, mi comprador personal, eligió un elegante traje de chaqueta negro con un corte que me hace más alta. Lo llevó a la costurera para ponerle en los puños unos detalles mexicanos rojos y amarillos. También escogió los zapatos y el bolso, insinuantes sin ser provocativos. Los accesorios son pequeños y artesanales. Deben de ser de alguna parte del sur de la frontera. Un buen detalle.
Los conjuntos que llevan algunas mujeres a los encuentros de la Asociación de Comerciantes Minoritarios me dejan perpleja. Desgraciadamente, muchas mujeres hispanas se ponen en ridículo -y también a los demás- apareciendo con vestidos de baile de gala. Las de peor gusto son caribeñas. Les gustan los colores tan chillones como sus voces, y piensan que el escote es un recurso comercial.
Podrías coger una muestra al azar de los vestidos que llevan las mujeres a estas reuniones y asociar cada atuendo al grupo étnico exacto, sin ver a quien lo lleva. Un vestido ajustado con vuelo abajo, latina. Cualquier traje o vestido con un sombrero sofisticado o un broche excesivamente vistoso, afroamericana. Los trajes más conservadores son los de las americanas asiáticas. Un apretado corpiño con modestas zapatillas de boudoir, una hispana. No miento cuando digo que he visto mujeres en nuestras reuniones vestidas así.
Llego pronto al hotel y me inscribo con los organizadores. Haré la mayor parte durante el almuerzo, lo que es un alivio porque me siento incómoda comiendo delante de los demás. Poca gente entiende mis hábitos alimenticios y estoy harta de explicar por qué evito la cafeína, el azúcar, la grasa, la carne y los productos lácteos. El organizador me dice que me sentaré en el salón principal, en la mesa encabezada por André Cartier, a petición de André. Al escuchar su nombre se me acelera el pulso.
Hago acto de presencia en el cóctel informal previo que tiene lugar en una de las salas de conferencias pequeñas. Me trabajo a la gente dando la mano, memorizando nombres y moviéndome rápido para saludar al siguiente. Me asombra la cantidad de gente que parece no entender el propósito de un cóctel. Uno no va a un cóctel de negocios para socializar con sus amigos o con personas que ya conoce. Uno no va a un cóctel para comer y beber. Uno no va a dar rienda suelta a su agorafobia quedándose pegado a una pared mientras ve hablar a los demás.
El propósito de un cóctel es hacer posibles contactos de negocios y que lo conozcan a uno. Es increíble la cantidad de gente que todavía va a estas cosas con sus amigos de la oficina y se queda de pie en un sitio con una bebida en la mano derecha. Se supone que debes sostener la bebida con la izquierda, porque la derecha es la que ofreces a las personas que vas saludando. No das una buena impresión ofreciendo una mano fría y húmeda.
La gente empieza a entrar en el salón y se sienta a sus mesas. Me uno a ellos. Muchos cometen la equivocación de abrir la servilleta y ponerla en el regazo antes de tiempo, o lo que es peor, se olvidan completamente de ponérsela. El momento apropiado para ponerse la servilleta es, por supuesto, después de que lo haga quien preside la mesa (no nada más sentarse, como piensan muchos).
André llega justo a tiempo. Claro. Ése es uno de los motivos por los que tiene éxito, estoy segura. Es puntual. Es alto, con la piel muy oscura, negra, es atractivo en el sentido más clásico. Impresiona vestido de esmoquin, con pajarita y faja color terracota.
Lo veo al otro lado del salón, dando la mano, sonriendo y saludando a los asistentes. Sus modales son intachables y exquisitos. Como ocurre con las personas más sofisticadas, es tan natural en su gentileza que no te percatas de que está siendo gentil. Está totalmente centrado en los demás, en la gente que va encontrando a su paso. Les demuestra interés, hace que se alegren de conocerle. ¿No es ése el objetivo? La gente no te encuentra irresistible porque le impresione quién seas, te encuentra irresistible cuando haces que se sienta bien por haberte conocido.
Me levanto para saludar a André, y él pasa grácilmente de un leve apretón de manos a un cortés abrazo y a un caluroso beso en la mejilla. No ha saludado así a nadie más.
– ¿Cómo estás, Rebecca? -pregunta buscándose en mis ojos.
Los suyos son perfectos, almendrados y oscuros. Huele a canela. Me excita estar cerca de él.
– Estoy bien, André, gracias -digo con una ligera agitación en la voz-. ¿Y tú?
– Muy bien, gracias -dice con su acento británico.
Seguimos hablando de pie. Me felicita por un reciente artículo que ha publicado sobre mí la revista Boston. Le felicito por un artículo que vi la semana pasada en el periódico sobre la adquisición de una empresa de software más pequeña por parte de su empresa. La gente se acerca y socializamos con la confianza y la soltura de auténticos profesionales.
Cuando nos sentamos, todos prestamos atención al presentador. André se acerca y me susurra al oído: