El Club De Las Chicas Temerarias
- Автор: Rodriguez Alisa Valdes
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Club De Las Chicas Temerarias». Краткое содержание книги:
Vicepresidenta de una importante compañía, Usnavys es un divertido ciclón negro, Sara es una modélica madre y la esposa de un abogado y respetado miembro de la comunidad judía, Elizabeth es copresentadora de un programa de televisión matutino y portavoz nacional de una organización cristiana, Rebecca es sencillamente perfecta, la creadora de Ella, la revista de la mujer hispana más popular del país, Amber, cantante y guitarrista de rock, espera su gran oportunidad, y Lauren es la redactora más joven y la única hispana del diario Gazette. ¡Son las temerarias!
Me mira, aún sonriendo, y dice en inglés:
– Qué te importa, ¿eh? ¿Qué más da lo que haga?
– Es que no quiero involucrarme con alguien que venda drogas.
Se encoge de hombros.
– Bueno -dice.
– ¿Entonces?
Se incorpora y comprendo que se siente tan incómodo conmigo como yo con él. Me da auténtica pena.
– ¿Entonces qué, mamita?
Da golpecitos sobre la mesa con todos los dedos a la vez.
– Lo de vender drogas.
– Drogas, no.
Se inclina sobre la mesa de café y coge la caja del compacto de Olga Tañón, lo abre y saca el folleto fingiendo interés. Entonces, sin mirarme, añade:
– Droga. Sólo una. Cocaína.
Entonces me mira y hace una mueca.
Debería saber que éste es el momento en que hay que decirle al narcotraficante que se largue. Lo escoltas hasta la puerta y no vuelves a hablar con él. Rebecca debe de tener algún libro de etiqueta con el protocolo para este tipo de situaciones, ¿no? Una no va a la universidad, trabaja duro, se convierte en redactora de uno de los periódicos más importantes del país y se gasta miles de dólares en terapia sólo para empezar a acostarse con un camello.
Pero ¿sabes qué? En cuanto lo dice, quiero decir, en el instante en que lo dice, en cuanto lo confiesa, mi cuerpo hace boing. Para ser más concreta, mi clítoris se incorpora y presta atención. La espina dorsal me castiga, mis pezones se ponen erectos y saludan al sostén push-up. Me doy cuenta, asqueada, de que este joven gánster me pone a cien.
– Es mejor que te vayas -miento.
Una temeraria debe guardar las apariencias.
Él dice algo en español, rápido, y no le entiendo. Le pido que lo repita, y lo hace en inglés.
– Nunca la he tocado.
Me mira con una sinceridad que me deja perpleja. Llevo años entrevistando a gente y suelo tener un buen detector. Sé cuándo alguien miente. Él no está mintiendo.
– ¿Quieres decir la cocaína? -pregunto.
– Sí, claro -dice.
Claro. Se encoge de hombros de nuevo y mira la librería que hay junto a la mesa del ordenador. Sigue hablando en español, despacio para que pueda entenderle.
– Nunca le vendo a mi gente, Lauren. Se la vendo a los abogados. A los gringos. Ellos son los que la compran. -Y riendo añade-: Mi gente no puede permitírsela.
Me siento a su lado en el sofá, con toda la ternura y frialdad de un asistente social.
– ¿Y por qué lo haces? -pregunto.
Me sorprende por segunda vez, y se levanta. Camina hacia la librería y examina los títulos.
– ¿Te gusta éste? -pregunta sacando una versión en español de Retrato en sepia, de Isabel Allende.
Una vez llegué hasta la página treinta aproximadamente usando mi diccionario de español-inglés, buscando una de cada tres palabras, e hice una buena lista de las que tenía que aprender. Recuerdo bien las primeras frases, porque tuve que leerlas varias veces para poder entenderlas.
Con el libro cerrado en una de sus fuertes y oscuras manos, Amaury recita de memoria las primeras frases: «Vine al mundo un martes de otoño de 1880, bajo el techo de mis abuelos maternos, en San Francisco. Mientras dentro de esa laberíntica casa de madera jadeaba mi madre montaña arriba con el corazón valiente y los huesos desesperados para abrirme una salida, en la calle bullía la vida salvaje del barrio chino con su aroma indeleble a cocinería exótica, su torrente estrepitoso de dialectos vociferados, su muchedumbre inagotable de abejas humanas yendo y viniendo deprisa».
– ¿Lees? -pregunto.
Se ríe de nuevo, empieza a bailar al ritmo de la música.
– Sé leer, sí.
– No, no lo decía en ese sentido, quería decir…
– No pasa nada.
Se encoge de hombros y empieza a mirar las fotos enmarcadasde la repisa de la ventana. Se detiene en una de Ed. Ups. Se me ha pasado ésa.
– ¿Quién es? -pregunta en inglés.
– Nadie.
– Ah, entonces debe de ser alguien -dice en español, pestañeando.
– Eres listo -digo.
Examina mis compactos.
– Hay demasiados puertorriqueños -comenta.
– ¿Qué?
– No hay ninguno dominicano. Todos son puertorriqueños.
Entonces, con voz burlona:
– Puerto Rico, Puerto Rico, Puerto Rico. Tía, estoy harto de Puerto Rico.
– ¿Y éste? -pregunto, refiriéndome a Olga.
De nuevo la risa.
– Boricua.
– Oh. Perdona. No tenía ni idea. Creía que era dominicana. Canta merengue.
– Nada, nada.
Intento seguirle, pero tropiezo al levantarme y aterrizo en el suelo.
– Deja que adivine -dice lentamente en español ayudándome a levantarme-. Ese Nadie te plantó, te fuiste al club con tu amiga y ahora quieres venganza. Así que me elegiste para vengarte, ¿no?
– Eres muy listo.
Me examina con ojo crítico. Inteligente. Verdaderamente inteligente el tío. Entonces me besa, fuerte. Me fundo en él, le devuelvo el beso. Nos vamos al sofá y nos tumbamos. Me detengo.
– Tu turno -digo, o más bien gimo-. Eres traficante, eres inteligente, eres guapo, y puedes conseguir la mujer que quieras, las utilizas y después las dejas tiradas como un trapo.
Sacude la cabeza.
– Tú no lista -dice en ese horrible inglés-. No conoces en absoluto.
Seguimos besándonos, fundidos los dos cuerpos extraños. Empiezo a quitarle la ropa. Es, huele y sabe tan bien como imaginaba. Salado. Manoseo la cremallera de sus pantalones.
Me detiene.
Lo intento de nuevo.
Me detiene.
Me para.
A mí.
¡A mí!
– ¿Qué pasa? -pregunto-. ¿No te gusto?
– Sí, mi amor, sí que me gustas, muchísimo -dice.
Le gusto. Mucho.
– Entonces ¿qué pasa?
– Estás borracha -dice en inglés-. Y nunca me aprovecho de mujeres borrachas. -Entonces, en español-: Tengo mi ética.
– No estoy borracha -digo.
Mi lengua de corcho y mis frases de goma indican lo contrario. Ups.
Mira su busca otra vez, se pone de pie, se inclina sobre mí y me levanta del sofá.
– ¡No hagas eso! -lloro en su salado cuello moreno-. Estoy demasiado gorda, te harás daño. Me vas a tirar.
– No estás gorda -dice-. ¿Quién dice eso? ¿Don Nadie? Eres muy guapa.
Me lleva a la cama y me arropa. Empiezo a llorar, grandes lágrimas alcohólicas. El rímel tiñe la colcha.
– Crees que soy fea, ¿eh? -pregunto-. Lo sabía. Puedes conseguir a todas esas chicas bonitas del club. Yo soy tonta y gorda.
– No, no, mi amor -dice sentándose a mi lado en la cama.
Me seca las lágrimas con los dedos y me dice en inglés:
– Eres tan bonita…
Parece sorprendido y entregado.
– No, no lo soy. Mírame. Doy asco. Nadie me quiere. Ed me odia. No puedo creer que se tirara a esa estúpida niñata.
– Bien -dice-. Me voy. Te llamaré después.
– Sí, claro.
– Te quiero.
– Oh, lo que tú digas.
Me derrumbo sollozando en la almohada, el peso de lo ocurrido me aplasta contra la nada. Me repugna que mi prometido me engañara, y ahora, además, ni siquiera puedo echar una cana al aire con un traficante vividor. Incluso él es demasiado bueno para mí, ¿es eso? La vida apesta.
– Me gustan tus libros -dice de pie desde el umbral-. Por eso me largo ya. ¿Entiendes?
– ¿De qué hablas? Sal de aquí.
Entierro la cabeza bajo la almohada.
Me dice en inglés:
– Cuando una mujer con malos libros, lo hago una vez, dos, ¿sabes?
Se acerca, levanta la almohada, me besa en la mejilla y sonríe.