Al final del invierno [At Winter's End - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Серия: Nueva primavera #1
- Год: 1990
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 978-84-406-1415-5
- Переводчик: Paola Tizzano
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Al final del invierno [At Winter's End - es]». Краткое содержание книги:
— No sé qué deben ser — dijo por fin.
— Se parecen al Sueñasueños, ¿no crees?
— A mí también me lo ha parecido.
— Toda una raza de sueñasueños…
Hresh meditó la idea.
— ¿Por qué no? Seguramente antes del Largo Invierno sobre la Tierra existió toda clase de seres.
— ¿De modo que los sueñasueños fueron uno de los Seis Pueblos del Gran Mundo de los que hablan las crónicas? — Haniman comenzó a contar con los dedos —. Ojos-de-zafiros, amos-del-mar, hjjks, vegetales, humanos… van cinco.
— Te has olvidado de los mecánicos — advirtió Hresh.
— Ah, sí. Entonces son seis. ¿Dónde encajan los sueñasueños?
— Tal vez provengan de alguna otra estrella. En aquellos días había toda clase de seres de otras estrellas.
— ¿Y qué hacía en nuestro capullo alguien de otra estrella?
— Ah… tampoco lo sé.
— Hay demasiadas cosas que al parecer ignoras, ¿no crees?
— Es que haces demasiadas preguntas — soltó Hresh, irritado.
— Tal vez, pero tú eres Hresh, el de las respuestas.
— Pregúntamelo en otra ocasión, ¿quieres?
Dio la vuelta y descendió cautelosamente de la losa que los había llevado hasta aquel lugar y se atrevió a avanzar unos pasos por el suelo de la caverna. A medida que andaba, la luz ambarina iba delante de él, iluminando sus pasos. Parecía irradiar focos invisibles que bien podían distar unos quince o veinte pasos de él, y que se activaran por su proximidad.
Aunque a lo largo de las paredes, a ambos lados, se erigían masas intrincadas y sobrecogedoras de estatuas, el suelo de la caverna parecía estar desnudo. Pero tras seguir andando un rato, Hresh comenzó a distinguir un objeto con aspecto de bloque, alto y ancho, que se interponía en su camino a lo lejos, entre la penumbra. Al acercarse descubrió que se trataba de una estructura compleja y grande, tal vez una máquina, toda cubierta de botones y palancas forjadas en un material brillante y atezado que casi parecía hueso.
— ¿Qué supones que es? — preguntó Haniman.
Hresh lanzó una risilla.
— ¡Conseguirás que te llamen Haniman, el de las preguntas!
— ¿Será peligroso?
— Tal vez. No lo sé. jamás he leído nada acerca de esto. — Levantó las manos y las acercó a la hilera más cercana de botones sin atreverse a tocar nada. Tuvo la súbita e indudable sensación de que estaba ante una unidad general de control a la cual se conectaban todas las demás estructuras metálicas de las. tres docenas de torres que rodeaban la plaza. Las espirales de brazos y tubos debían servir para captar y transmitir energía hasta esta unidad.
¿Y si pulsara los botones?, se preguntó. ¿Y si toda esa energía se introdujera rugiendo en mi cuerpo y me destruyera?
— Atrás — indicó a Haniman.
— ¿Qué piensas hacer?
— Un experimento. Podría resultar peligroso.
— ¿No deberías esperar y antes estudiarlo un poco?
— Así es como pienso estudiarlo.
— Hresh…
— Atrás. Más. Más todavía.
— Esto es una locura, Hresh. Estás diciendo tonterías, tienes la mirada de un lunático. ¡Apártate de esa cosa!
— Debo hacer la prueba — dijo Hresh.
Posó las manos sobre los botones más cercanos y los oprimió tanto como pudo.
Esperaba cualquier cosa: que unos rayos afilados como espadas de luz surcaran la caverna, que se oyera el estallido de un trueno terrible, o un rugido de vientos, o un ulular de almas muertas. O que él mismo fuera reducido a cenizas en un instante. Pero sólo percibió una débil tibieza y un vago cosquilleo. Durante un instante, una imagen vertiginosa y estremecedora le pasó por la mente. Le pareció que la miríada de estatuas que se destacaban sobre las paredes había cobrado vida, que se movían, que gesticulaban, que conversaban, que reían… Era como si le hubieran zambullido en un arroyo turbulento, en un remolino alocado de vida.
La sensación duró sólo un instante. Pero en ese mismo momento, Hresh sintió que él mismo formaba parte del Gran Mundo. Se encontró en medio de su prodigiosa vitalidad y esplendor. Se vio andando por las palpitantes calles de Vengiboneeza, avanzando por entre el gentío frenético de un mercado donde los Seis Pueblos se apiñaban a millares: amos-del-mar, vegetales, hjjks, ojos-de-zafiro; todos hombro con hombro. Recibió en las mejillas el aliento del aire húmedo y bochornoso. Árboles graciosos se inclinaban bajo el peso de unas hojas gruesas, pesadas, brillantes, de color verde azulado. Una música extraña resonaba en sus oídos. Y sintió que aspiraba la esencia de cientos de aromas desconocidos. El cielo era un tapiz de colores brillantes en la gama de los turquesas, azules, carmesíes, ébanos. Todo estaba allí. Todo era real.
Se sintió sobrecogido. Disminuido. Avergonzado.
Al instante comprendió qué significaba ser una verdadera civilización. Conoció la ebullición de su inmensa complejidad, la miríada de interacciones, el intercambio de ideas, la premura del mercado, los planes y estratagemas, los conflictos, las ambiciones, la sensación de tanta gente grandiosa moviéndose al mismo tiempo en un sinnúmero de direcciones individuales. Era tan distinta de la única vida que había conocido, la vida en el capullo, la vida del Pueblo, que quedó sumido en un profundo estupor.
En realidad, no somos nada, pensó. Somos simples criaturas que hemos vivido ocultas siglo tras siglo, repitiendo interminables sucesiones de actividad trivial, sin haber construido nada, sin haber transformado nada, sin haber creado nada…
Las lágrimas le abrasaron los ojos. Se sintió inferior y pequeño: una nada de una tribu de insignificancias engañada por sus propias pretensiones. Pero entonces su amor propio asomo con orgullo y desafío. Pensó: Éramos muy pocos. Hemos vivido como debíamos. Nuestro capullo ha resistido y hemos mantenido nuestras tradiciones con vida. Lo hemos hecho lo mejor que hemos podido. Y cuando llegó el momento de la Partida, emergimos para — tomar posesión del mundo que se ha conservado para nosotros. Y no tardaremos en hacer de él algo nuevamente grandioso.
Entonces la visión se desvaneció y el momento de desazón concluyó. Hresh permaneció de pie, temblando, parpadeando, sorprendido de seguir con vida.
— ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué te ha hecho?
— ¡Déjame! — respondió Hresh con un gesto de enfado.
— ¿Estás bien?
— Sí. Sí. Déjame.
Se sentía marcado. El mundo de la caverna, húmeda y oscura, parecía solamente un odioso espectro, y ese otro mundo, tan vívido, tan brillante, era el verdadero mundo en que vivía. O al menos eso le había parecido, hasta que la caverna emergió de nuevo a su alrededor y ese otro mundo fue arrastrado fuera de su alcance. justo cuando habría dado todo por recuperarlo.
Sospechaba que había paladeado sólo una mínima parte de lo que la máquina podía brindarle. ¡En su seno, el Gran Mundo volvía a la vida! Allí ardía cierta magia remota, cierta fuerza transmitida a través de esas tres docenas de torres y de la enorme maraña de estatuas, una energía que había rugido por su mente y lo había transportado a lo largo de los siglos hasta un mundo perdido de milagros y prodigios. Y podía volver a dar ese salto a través de los eones. Sólo hacía falta un toque… Alzó las manos y las llevó de nuevo a los mandos.
— ¡No! ¡No lo hagas! — gritó Haniman —. ¡Te matará!
Hresh le hizo a un lado y oprimió los botones.
Pero esta vez nada sucedió. Apenas sintió más que sí se hubiera oprimido los propios codos.
Extendió la mano y tocó este botón, el otro, ése, aquél… Nada. Nada.
Tal vez la máquina se había quemado tras haberle permitido esa única visión milagrosa.
O quizá, pensó, él era quien se había fundido. Bien podía ser que su mente hubiera quedado tan embriagada por la irrupción de esa fuerza que ya no pudiera absorber más.