Al final del invierno [At Winter's End - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Серия: Nueva primavera #1
- Год: 1990
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 978-84-406-1415-5
- Переводчик: Paola Tizzano
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Al final del invierno [At Winter's End - es]». Краткое содержание книги:
Lo sostuvo un rato en la mano izquierda, y luego en la derecha. Era cálido, pero no tanto como para resultar desagradable. En él había algo benigno. Por lo menos no parecía estar dispuesto a acabar con él. El temor comenzó a ceder poco a poco, pero siguió contemplándolo con respeto.
¿Qué hacer con él ¿Cómo hacer que obedeciera?
Acercó el oído, pensando que tal vez pudiera oír una voz en el interior, pero no percibió sonido alguno. Lo oprimió con ambas manos sin lograr ningún resultado, y lo apoyó con firmeza contra el pecho. Le habló, le dijo su nombre y le explicó que era el sucesor de Thaggoran como cronista. Nada de esto produjo la menor respuesta. Entonces, por fin, se decidió por lo más evidente, lo que había evitado desde el principio: enroscó el órgano sensitivo alrededor de la piedra y proyectó su segunda vista.
Esta vez oyó una música distante, extraña, una música que no era terrenal y que no procedía de la piedra sino que flotaba a su alrededor. La música penetró en su alma y la colmo por completo, devorándolo, intoxicándolo. Sintió un escozor caliente en la base de la lengua y notó el pelaje más liviano, como si comenzara a flotar alrededor, a dispersarse en torno a él como niebla. Las sensaciones eran tan intensas que tuvo miedo. Hresh se apresuró a soltar la Piedra de los Prodigios y la música cesó. Volvió a posar el órgano sensitivo sobre ella y los sonidos regresaron. Pero sólo pudo resistirlo un instante. De nuevo interrumpió el contacto. Estas historias sobre el poder del Barak Dayir no eran un cuento. El objeto guardaba gran magia y poder.
Hresh respiró hondo. Se sentía exhausto y al borde del colapso. Pero había dado el primer paso de un inmenso viaje que le conduciría quién sabía adónde. Devolvió la Piedra de los Prodigios al estuche con alivio. En otra ocasión proseguiría con las investigaciones. Pero al menos había dado un paso. Un paso, por fin.
En su sueño perturbador, Harruel se veía tomando entre las manos las torres de Vengiboneeza y arrancándolas de raíz, arrojándolas unas sobre otras como si fueran ramas secas, y lanzando las ruinas a un lado con desdén.
En su sueño aparecía Koshmar, quien se detenía ante él, desafiándole a que la destronara. Él arrancaba una inmensa torre de piedra y la enarbolaba como si se tratara de una maza. Levantaba la maza sobre la cabeza de Koshmar y la descargaba sobre ella. Pero Koshmar saltaba con agilidad. Harruel rugía y volvía a desplomar la torre. Y ella la esquivaba otra vez. El la perseguía por las calles de la ciudad hasta que la encerraba entre los anchos edificios de paredes negras. Con toda calma, ella le aguardaba allí, sin temor, con una sonrisa burlona en el rostro.
Bramando de furia, Harruel aferraba la torre bajo el brazo como si fuera una espada y comenzaba a amenazar a la cabecilla, pero a medida que se acercaba, algo le aferraba por el cuello y le detenía. La torre se le caía de las manos y se estrellaba contra el suelo. ¿Quién osaba interceptarle de ese modo? ¿Torlyri? Sí. La mujer de las ofrendas le sostenía con fuerza sorprendente. Él sentía que le estrujaba y oprimía el alma dentro del pecho. Harruel luchaba con desesperación y poco a poco comenzaba a ganar terreno, pero durante la contienda ella cambiaba de forma y se convertía en su compañera, Minbain, y luego en Hresh, ese niño extraño que constituía un misterio para él, y luego en un enorme ojos-de-zafiro, de fauces abiertas, inmenso, verde y repugnante, con unos ojos azules abrasadores y una descomunal boca brillante con varias hileras de dientes malignos.
— ¡Conviértete en lo que te plazca! — gritaba Harruel — Te mataré de todas formas.
Asía las largas mandíbulas de ojos-de-zafiro y trataba de desgarrarlas con una mano mientras con la otra buscaba la torre para poder introducirla entre las quijadas a fin de mantenerlas abiertas. La criatura se resistía con ferocidad, defendiéndose a dentelladas, pero él no se detenía y aplicaba su fuerza contra las fauces, tirando hacia atrás de la inmensa cabeza…
— ¡Harruel! — gritaba — ¡Por favor, detente, Harruel! ¡Harruel!
La voz sonaba curiosamente suave, casi como un murmullo. Era una voz que le resultaba conocida. Una voz de mujer, muy parecida a la de su compañera, Minbain…
— ¡Harruel… no…
Buceó hasta la conciencia, que se extendía sobre él como una losa de piedra. Y al despertar se encontró en un rincón del recinto donde él y Minbain dormían. Minbain estaba incrustada contra la pared, y luchaba por liberarse. Los brazos de él la retenían con una fuerza frenética y tenía la cabeza hundida en el hueco que se abría entre el hombro y la garganta de la mujer.
— ¡Yissou! — musitó. La soltó y se dio la vuelta. El olor punzante y rancio de su propio sudor llenaba la habitación y le produjo náuseas. Tenía los músculos de los brazos agarrotados y espasmódicos, como si quisieran escapar de su cuerpo, y sentía que una llamarada le surcaba el cuello y los hombros. Se secó unos hilos de saliva que le colgaban del pelaje áspero de las mandíbulas. Todo su cuerpo se contraía con fuertes oleadas de espasmos.
La mujer rompió el silencio con voz insegura:
— ¿Harruel?
— Un sueño — dijo con voz espesa —. El alma huía de mí, y me encontraba en reinos extraños. ¿Te he hecho d año?
— Me has asustado — respondió Minbain. Sus ojos, oscuros y solemnes, se hundieron en los de él —. Eras como un animal salvaje… hacías sonidos horrorosos, te ahogabas, balbucías, te revolvías, y entonces me aferraste y pensé… pensé que…
— Nunca te haría daño…
— Tuve miedo. Estabas tan raro.
— Yo también tengo miedo. — Agitó la cabeza —. ¿Alguna otra vez he hecho algo parecido, Minbain? ¿Esta furia… este salvajismo?
— Como esta vez, no. Has tenido sueños feos. Te revolvías, te estremecías, gruñías, hablabas en sueños, blasfemabas, a veces incluso golpeabas el suelo con las manos como si trataras de aplastar alguna criatura que se moviera a tu alrededor. Pero esta vez… ¡he tenido tanto miedo, Harruel! Era como sí un demonio se hubiera apoderado de ti.
— Desde luego, un demonio me ha poseído — dijo con desolación. Se puso en pie y se dirigió hacia la ventana. Todavía no había transcurrido la mitad de la noche. El velo oscuro y pesado se extendía sobre la ciudad. La faz de la luna, horrenda y con cicatrices, brillaba fríamente en la cúspide del cielo; detrás de ella, pendiendo en gruesas franjas sobre el cenit, se veían las estrellas, esos fuegos blancos, titilantes y malignos que no daban calor —. Saldré un rato, Minbain.
— No. Quédate aquí, Harruel. Tengo miedo de quedarme sola.
— ¿Qué mal podría sucederte? El único peligro que hay aquí soy yo. Y yo me iré.
— Quédate.
— Necesito salir un momento.
La miró. En la oscuridad, bajo la trémula y fría luz de la luna y las estrellas, Minbain se le aparecía con una belleza en laque Harruel nunca se había fijado. Su rostro, redondo y delicado, parecía haberse despojado de los años: parecía fresca y tierna, una niña otra vez. El corazón se le inundó de amor hacia ella. Le resultaba difícil expresar ese amor con palabras. Se acercó a ella y se acuclilló a su lado, y con ternura le acarició la garganta en el sitio donde la había lastimado, y los senos, y el suave vientre tibio. Le pareció sentir que allí anidaba una nueva vida. Era muy pronto para poder asegurarlo, pero creyó que sus dedos detectaban un pulso veloz, una concentración de fuerza vital que se convertiría en el hijo de Harruel. Con toda la ternura de que fue capaz, dijo: