Al final del invierno [At Winter's End - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Серия: Nueva primavera #1
- Год: 1990
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 978-84-406-1415-5
- Переводчик: Paola Tizzano
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Al final del invierno [At Winter's End - es]». Краткое содержание книги:
¿Por qué no?, volvió a preguntar la voz.
Koshmar apretó los puños.
Son nuevos tiempos, sí, se dijo para sus adentros. Pero Torlyri es mía.
— ¿Qué querían decir esas cosas como ojos-de-zafiro cuando afirmaron que éramos simios y no humanos? — preguntó Tamiane.
— Nada — respondió Hresh — Fue una mentira idiota. Sólo trataban de menospreciarnos.
— ¿Y por qué iban a hacer algo semejante?
— Porque nosotros tenemos vida — dijo Hresh —. Y ellos son seres que jamás han vivido, creados por una raza que ya no existe.
— Nos llamaron simios. Sé lo que es un simio. Maté a dos que te atacaron en la selva. Y al entrar en la ciudad, maté a muchos más. Ojalá los hubiera aniquilado a todos… ¡bestias inmundas, tiramierda! ¿Qué son esos monos, que al parecer pertenecen a nuestra especie? — comentó Harruel.
— Animales — contestó Hresh —. Sólo animales.
— Y nosotros, ¿también somos animales?
— Nosotros somos seres humanos — afirmó Hresh.
Lo declaraba como si no hubiera lugar a dudas. Pero en realidad no tenía ninguna certeza, sino una oscura ciénaga de confusión.
Ser humano, pensaba, era algo grande y glorioso. Era ser un eslabón en una infinita cadena de logros que descendía desde las épocas más remotas del mundo. Ser un mono, o incluso pariente de simios, era apenas mejor que ser una de esas estúpidas criaturas chillonas y de olor nauseabundo que sacudían los órganos sensitivos… no, se corrigió, las colas para colgarse de las copas de los árboles, fuera de los límites de la ciudad.
Entonces, ¿somos monos o humanos?, se preguntaba Hresh.
En las crónicas, en el Libro del Camino, decía que al final del invierno los humanos saldrían de sus escondrijos y viajarían hacia la derruida Vengiboneeza, y que allí conseguirían cuanto necesitaran para recuperar el poder sobre el mundo. Eso era lo que decía el texto, tal como lo entendía Hresh. Y entendía que las crónicas se referían al Pueblo, mientras que el Libro del Camino hablaba de los «humanos».
Pero, ¿sería así? Las crónicas no estaban escritas en las palabras simples del lenguaje cotidiano, se componían de conceptos y pensamientos encapsulados a los cuales el lector tenía acceso por medio de las facultades mentales. Eso daba lugar a un gran margen de error en la interpretación. Lo que afloraba desde la página de pergamino a sus dedos, y de los dedos a la mente cuando estudiaba el Libro del Camino, era un concepto que parecía significar el Pueblo, es decir, aquellos-para-quienes-ha-sido-escrito-este-libro. Pero también podría significar seres-humanos-distintos-del-Pueblo. Cuando Hresh examinó los textos más de cerca halló que la única lectura incuestionable decía que quienes-se-consideraran-a-sí-mismos-seres-humanos irían a Vengiboneeza al final del invierno para reclamar los tesoros de la ciudad.
Sin embargo, uno podía considerarse humano sin serlo en realidad…
Los artefactos con forma de ojos-de-zafiro dicen que somos monos, o descendientes de monos. Koshmar replica con ira que somos humanos. ¿Quién tiene razón? ¿El Libro del Camino dice que nosotros vendremos a Vengiboneeza o se refiere a ciertos «ellos» misteriosos?, se preguntó Hresh.
El resto del Libro del Camino parecía dirigirse al Pueblo. Era su propio libro, escrito por ellos mismos. Para ellos mismos. Cuando el Libro del Camino dice «humanos», sin duda debe estar refiriéndose a nosotros. Pero ¿dice «humanos» realmente?, se torturaba Hresh. ¿O ésa era sólo la lectura que el Pueblo había hecho del vocablo por haberse considerado humanos durante tantos siglos a pesar de que en realidad no lo eran?
La confusión lo extraviaba.
Se preguntó: ¿acaso importa realmente si somos humanos o no? Somos lo que somos, y nuestra esencia esta lejos de ser desdeñable.
No. No.
Él sabía mejor que nadie qué eran los simios de la selva. Los había mirado a los ojo, y allí había visto su cualidad bestial. Lo habían aferrado del cuello con una poderosa cola peluda casi hasta matarlo. Había oído su parloteo incoherente. Los odiaba con todas sus fuerzas;
y con todas sus fuerzas oró por que los artefactos hubieran mentido, por que no hubiera ni el más remoto parentesco entre su pueblo y los simios de la jungla.
Se dijo férreamente que él y su pueblo eran seres humanos, tal como afirmaba Koshmar. Pero deseó estar tan seguro como ella. Deseó contar con alguna prueba. Hasta entonces, tendría que vivir entre la duda y el tormento.
El Pueblo compartía la ciudad de Vengiboneeza con otras criaturas más pequeñas, algunas de las cuales causaban no pocos problemas.
De vez en cuando entraban los monos de la jungla, bailoteaban sobre las altas cornisas de los edificios adyacentes y arrojaban objetos a los que estaban abajo: guijarros, excrementos, unas diminutas moras de superficie urticante que dejaban la piel ardiendo como una brasa. Por todas partes se escondían unas serpientes con un manto verde detrás de la cabeza, enroscadas entre las rocas con aire aletargado, pero con frecuencia dispuestas a silbar, erguirse y morder. La niña Bonlai y el joven guerrero Bruikkos cayeron víctimas de su veneno, y la enfermedad les hizo padecer varios días entre la fiebre y el dolor, a pesar de los medicamentos y conjuros que Torlyri les prodigó.
Un día, Salaman se hallaba merodeando entre dos edificios de alabastro de construcción triangular y tejados a dos aguas, detrás de la torre principal, cuando encontró una losa en el suelo sobre cuya superficie se incrustaba un aro de metal. Cometió el error de tirar de él. La losa se levantó con facilidad, y de inmediato emergió desde el interior una horda de criaturas brillantes e iridiscentes, de un tono azul tornasolado, no mayores que un pulgar. Procedían de las profundidades de la tierra. Teman unos ojos enormes, encendidos como feroces rubíes. Sus mandíbulas diminutas y poderosas cortaban como hojas afiladas. Salaman recibió una docena de mordeduras que lo dejaron sangrando por todas partes. Aulló de dolor, y sus gritos atrajeron a Sachkor y a Moarn, y entre los tres pudieron librarse de la plaga. Pero para entonces, las bestezuelas se habían expandido por doquier. Con todo, tenían el cuerpo blando y para aplastarlos bastaba con un buen escobazo. Acabar con todos exigió una hora de trabajo a cargo de media docena de miembros de la tribu. Durante la noche, invisibles recolectores cogieron los cientos de cuerpos pulposos de la plaza y al amanecer no quedaba un solo resto de los animales.
Cada día traía un nuevo motivo de incomodidad. Abundaban los insectos ponzoñosos de diversas clases, diminutos, insidiosos, molestos. Había unas pequeñas lagartijas venenosas que canturreaban sonidos suaves y sibilantes. Había aves con alas membranosas y alargadas, y picos celestes y delicados, que oteaban desde los árboles más altos y bombardeaban a todo el que pasaba por debajo con un escupitajo pegajoso y brillante que dejaba ronchas dolorosas allí donde caía.
Con todo, la ciudad no era un sitio desagradable para vivir. Algunos opinaban que la vida allí era casi tan buena como en el capullo. Otros declaraban que vivir en Vengiboneeza, a pesar de sus pequeñas molestias y la extrañeza propia de la existencia bajo el terror del cielo abierto, era preferible a los viejos días en la acogedora madriguera que los tenía encerrados en el seno de la montaña.
Un día, durante la quinta semana de su estancia en Vengiboneeza, Koshmar llamó a Hresh y le dijo:
— Mañana, al amanecer, tú y Konya empezaréis a explorar la ciudad.
— ¿Konya? ¿Por qué Konya?
— ¿Esperabas salir solo? No podemos arriesgarnos a perderte, Hresh…
Eso le enloqueció. Había supuesto que cuando Koshmar finalmente le enviara a recorrer Vengiboneeza, podría moverse por su propia cuenta, tener sus propios pensamientos y meter las narices donde le viniera en gana, sin tener que vérselas con ningún gigantón impaciente a quien hubieran encargado que velara por él. Discutió, pero fue en vano. Koshmar alegó que el pueblo de los ojos-de-zafiro podía haber colmado la ciudad de trampas mortales, o que tal vez las zonas alejadas estuvieran ocupadas por los monos chillones, o por alguna nueva especie de insecto dañino, o reptil venenoso. Él era demasiado valioso para la tribu. Koshmar no quería correr riesgos. Uno de los guerreros iría con éL Eso, le dijo, o bien se quedaría en el asentamiento y dejaría que hombres más fuertes y de mayor edad realizaran la exploración.