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Al final del invierno [At Winter's End - es]

Электронная книга - «Al final del invierno [At Winter's End - es]». Краткое содержание книги:

Tras miles de años, el Largo Invierno producido en la Tierra por el bombardeo de cometas que causaron las estrellas de la muerte llegó a su fin. Los que salieron del capullo para enfrentarse a los peligros del mundo exterior en busca de la Nueva Primavera se llamaban a si mismos humanos... Su destino era la creación de un nuevo mundo.
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Haniman se encogió de hombros.

— Yo iré primero — dijo.

Sin aguardar a que Hresh le diera permiso, se dirigió hacia la torre más cercana y se detuvo un instante ante el inmenso portal. Luego estiró sus brazos hacia donde pudo, como si tratara de rodear con ellos el edificio, y se estrechó contra él, empujando con fuerza. La puerta se abrió tan velozmente que Haniman lanzó un grito de sorpresa, cayó tambaleándose hacia el interior y se perdió en la oscuridad que reinaba dentro.

Hresh corrió en su búsqueda. Bajo un largo rayo de luz, vio a Haniman despatarrado al otro lado de la puerta.

— ¿Estás bien? — gritó Hresh.

Vio que Haniman se incorporaba poco a poco, se sacudía el polvo y levantaba la vista. Hresh siguió la mirada de Haniman y contuvo el aliento. Por dentro, el edificio era un inmenso espacio hueco y abierto, que sólo contenía una estructura de tubos delgados y puntales metálicos en espiral que comenzaba a uno o dos metros del suelo y corría en zigzag de pared a pared, cada vez más alto, formando un diseño tan complejo que seguir su trazado resultaba mareante. Al principio sólo pudo rastrearlo en los primeros niveles, pero en cuanto se acostumbró a la penumbra vio que las estructuras entrecruzadas ascendían más y más, posiblemente hasta la misma bóveda de la torre. Era como una inmensa red. Hresh se imagino que una araña gigante y temblorosa los aguardaba en los niveles superiores. Pero era una red de metal, de metal tangible, de material plateado, brillante, etéreo, frío y suave al tacto.

— ¿Trepamos? — propuso Haniman.

Hresh negó con la cabeza.

— Primero veamos en qué clase de sitio nos encontramos.

Tendió la mano y palmeó el tubo que tenía más cerca. Emitió un armonioso sonido musical, profundo y sorprendentemente bello que se elevó con solemnidad y lentitud hasta la siguiente capa de la red y hasta la otra, y la otra, despertando ecos en cada nivel. Les rodeó una armonía de sonidos prodigiosos y trémulos, que al internarse en los confines más altos de la torre adquirían profundidad e intensidad hasta convertirse en un rugido ensordecedor que colmó por completo el interior del edificio.

Hresh lo observaba todo maravillado y extasiado, pero también temeroso de que en cualquier momento los ecos llegaran a la bóveda y que bajo la fuerza de ese tremendo clamor la estructura se derrumbara por completo.

Pero sucedió que el tono, tras llegar a su cúspide, tras dejarlos sin aliento, tras trepanarles la mente, comenzó a decrecer deprisa para hacerse más débil y delicado. En un momento se desvaneció por completo y los dejó envueltos en un silencio inquietante.

— Enciende la antorcha — dijo Hresh —. Quiero ver que se esconde al otro lado.

Cautelosos, circundaron el interior del edificio, sin alejarse de la pared exterior. Pero, al parecer, el edificio sólo contenía esa vibrante estructura de metal. A ras de suelo no había nada digno de mención. El suelo era de dura y desnuda tierra marrón. Cuando llegaron otra vez al portal, Hresh hizo señas a Haniman, salió fuera y ambos cruzaron la plaza hasta el siguiente edificio del círculo. Por dentro era idéntico al primero: una intrincada estructura de metal dentro de una oscura cáscara hueca. Y lo mismo ocurría con el tercero, con el cuarto, con el quinto… Sólo al llegar al décimo edificio de la serie se encontraron con algo distinto.

Éste tenía una losa rectangular de piedra negra y pulida. Era el mismo tipo de piedra con que estaba embaldosada la plaza. Apareció de golpe, incrustada en el centro del suelo desnudo. Bien podía haber sido una especie de altar, o tal vez una abertura que cubriera alguna cámara subterránea.

Deberías buscar más profundamente…, había sugerido el ojos-de-zafiro artificial.

Hresh sacudió la cabeza. La criatura no podía haberse referido a algo tan estúpidamente literal como buscar bajo tierra.

Se puso de rodillas y frotó la mano sobre el rectángulo de piedra negra. Era frío y muy suave, como una especie de cristal oscuro, y sobre la superficie no descubrió inscripciones, ni siquiera rastros de ellas. Se plantó en el centro de la piedra y levantó la mirada. Por encima de su cabeza se extendía una intrincada estructura tubular. Allí, en el centro de la torre, los tubos más bajos quedaban fuera de su alcance.

— Ven aquí y agáchate — pidió Hresh —. Quiero intentar algo.

Obediente, Haniman se acuclilló. Hresh trepó a los hombros de Haniman y le pidió que se irguiera. Y cuando Haniman estuvo de pie, Hresh hizo tintinear el metal más cercano con un tenue golpe que hizo reverberar al edificio entero con tonos brillantes y armoniosos.

De inmediato, la laja negra y rectangular respondió con un sonido grave y quejoso, con una especie de suspiro mecánico. Luego comenzó a moverse, a deslizarse lentamente hacia abajo.

— ¿Hresh?

— Quieto — ordenó Hresh —. Tranquilo. Ayúdame a bajar —. Saltó de la espalda de Haniman y se detuvo rígido a su lado, tratando de mantener el equilibrio mientras la piedra negra seguía descendiendo sin prisa, como flotando, cada vez más abajo en la oscuridad.

Al fin se detuvo. Alrededor de ellos comenzó a brillar inesperadamente una luz ambarina. Hresh miró alrededor. Estaban en el nivel inferior de una caverna de alta cúpula, que parecía extenderse por las profundidades de la tierra hasta el infinito. El techo se perdía arriba, entre las sombras. El aire era seco y denso, y tenía cierta nota penetrante e intensa que recordó a Hresh el aire frío de los primeros días que siguieron a la partida del capullo, aunque en esta cueva no hacía frío.

A lo largo de las paredes de la caverna, a izquierda y derecha, y hasta donde era capaz de ver hacia arriba, había gran profusión de imágenes grabadas, de inmensos relieves semiocultos en la oscuridad, que se apilaban formando capas. Al cabo de un rato, Hresh comenzó a vislumbrar que se trataba sobre todo de figuras con forma de ojos-de-zafiro, talladas en altorrelieve sobre una piedra verdosa. Las mandíbulas pesadas y los vientres redondeados aparecían salvajemente exagerados. Las figuras parecían grotescas, extravagantes, de aspecto cómico y a la vez terrorífico. Algunas eran sumamente gruesas, o tenían miembros absurdamente estilizados, u ojos de diámetro semejante al de una docena de platos. En muchas de ellas asomaban cinco o seis versiones más pequeñas de sí mismas, que emergían como ebulliendo de los hombros o del vientre. Siniestros dientes como dagas aparecían al descubierto. De las bocas abiertas parecía emerger una risa silenciosa.

Pero las estatuas que se erigían en número incontable a ambos lados de ellos no sólo eran de ojos-de-zafiro. Allí había todo un mundo entero, incluso un universo: una densa y congestionada profusión de estatuas… toda clase de criaturas apiñadas en grupos por doquier.

Aquí y allá, Hresh distinguió figuras de hjjk mezcladas con las de ojos-de-zafiro, y algunos mecánicos con cabeza redondeada, no muy distintos de los que la tribu había hallado oxidados en las tierras bajas que se extendían a los pies de las montañas de roca escarlata. También había otras criaturas que parecían arbustos andantes, con rostros de pétalos, y brazos y piernas de ramas y hojas.

— ¿Qué es eso? — preguntó Haniman.

— Creo que vegetales. Una tribu del Gran Mundo que pereció durante el Largo Invierno.

— ¿Y aquellos? — señaló Haminan, apuntando a un grupo de seres alargados y de cutis claro que a Hresh le resultaron muy parecidos a Ryyig, el Sueñasueños, la criatura extraña y sin pelaje que había vivido durmiendo en el capullo durante cientos de miles de años, según se contaba. Éstos aparecían andando en postura erecta, sobre dos piernas largas y delgadas, y guardaban cierta semejanza con el Pueblo de la tribu, aunque no tenían vello ni órganos sensitivos, y sus cuerpos magros, aún sobre la piedra, parecían suaves y vulnerables.

Hresh los contempló largo rato.

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