Al final del invierno [At Winter's End - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Серия: Nueva primavera #1
- Год: 1990
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 978-84-406-1415-5
- Переводчик: Paola Tizzano
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Al final del invierno [At Winter's End - es]». Краткое содержание книги:
Hresh tenía suficiente sensatez para saber cuándo podía oponerse a una orden de Koshmar y cuándo era más, sabio acceder a sus deseos. No comentó más el tema.
Por la mañana, el día era claro y templado, con una niebla baja que desaparecía rápidamente.
— ¿Por dónde piensas ir? — preguntó Konya, mientras aguardaba de pie en la plaza, frente a la gran torre.
Hresh no tenía ningún plan. Pero escudriñó a izquierda y derecha con toda la seriedad de que fue capaz, como en profunda reflexión, y luego señaló con el índice hacia delante, en dirección a una amplia e impresionante avenida que parecía conducir a uno de los Principales sectores de la ciudad.
— Por allí — indicó.
Al comienzo, Konya avanzó por delante de él, plantando los pies con fuerza sobre el suelo para ver si era tierra firme, espiando detrás de puertas y por callejones en busca de enemigos ocultos, golpeando los flancos de los edificios con el puño de la espada para cerciorarse de que no fueran a derrumbarse cuando Hresh y él pasaran por delante. Pero al cabo de un rato, cuando estuvieron seguros de que no había bestias al acecho, de que las calles no se abrirían bajo sus pies y de que los edificios no se desmoronarían, Hresh comenzó a llevar la delantera, dirigiéndose por donde la curiosidad le indicaba, a lo cual Konya no planteó objeción.
Para Hresh fue como entrar en un mundo encantado. La excitación lo embriagaba y sus ojos bailaban con tanto frenesí de una cosa a otra que la cabeza comenzó a darle vueltas. Quería embeberse de todo de una vez, de un solo trago codicioso.
En todas partes descubrió edificios cuya grandeza y tamaño lo dejaron sin aliento. El Gran Mundo casi parecía seguir con vida. Imaginaba que en cualquier momento aparecerían ojos-de-zafiro o amos-del-mar asomando de aquel edificio de parapetos pronunciados; o de este otro, que se erigía sobre una delicada filigrana de arcos con todo el aspecto de ser música petrificada; o de ese que había allí, el de las torres amarillas y las anchas alas.
— ¡Por aquí! — gritaba a Konya —. ¡No, por éste! ¡No, este otro parece mejor todavía! ¿Qué piensas, Konya?
— Por el que tú quieras — respondía con paciencia el guerrero — Para mí, cualquiera está bien.
Hresh sonreía.
— Encontraremos toda clase de objetos maravillosos. Así lo aseguran las crónicas. Todo ha sido preservado, todas las máquinas prodigiosas que utilizaban en el Gran Mundo. Las hallaremos en el sitio exacto donde los ojos-de-zafiro las dejaron cuando cayeron las estrellas de la muerte.
Pero Hresh no tardó en comprobar que las cosas no iban a ser tan fáciles.
Muchos edificios que por fuera parecían sorprendentemente intactos, por dentro no eran más que ruinas. Algunos se habían convertido en cascarones vacíos, y no tenían más que cúmulos de polvo de eras remotas. Otros se habían derrumbado por dentro, y un piso yacía sobre otro de forma caótica; penetrar las montañas de escombros habría requerido un ejército de poderosas excavadoras. Otros, que al parecer eran fachadas y recintos intactos, se desmigajaban al más mínimo roce y se deshacían en nubes de vapor oscuro en cuanto Hresh se aproximaba.
— Ya deberíamos regresar — sugirió Konya al fin, cuando las sombras carmesíes de la tarde comenzaron a agolparse.
— ¡Pero sí no hemos encontrado nada…
— Habrá otros días… — le dijo Konya.
Le molestaba en extremo regresar de su expedición con las manos vacías. Hresh apenas pudo mirar a Koshmar a la cara cuando le transmitió el informe.
— ¿Nada? — dijo Koshmar.
— Nada — repitió Hresh, en un balbuceo avergonzado —. Nada aún.
— Habrá otros días — concluyó la cabecilla.
Salía todos los días, salvo cuando llovía. Por lo general lo acompañaba Konya, y a veces Staip. Harruel nunca, pues era demasiado corpulento, demasiado sobrecogedor, y Hresh manifestó a Koshmar sin ambages que nunca conseguiría nada si tenía a Harruel respirándole en la nuca. Hresh habría preferido prescindir también de Staip y de Konya, pero Koshmar se negó en redondo, y a regañadientes el pequeño debió admitir que era más prudente no ir solo por la ciudad. Casi ningún miembro de la tribu sabía leer, y mucho menos interpretar las crónicas. Si algo le sucediera, el Pueblo quedaría indefenso, privado de todo conocimiento sobre el pasado y de toda esperanza de comprender lo que les deparaba el futuro.
Al cabo de un tiempo, cuando, comenzaron a ceder los temores de Koshmar sobre los peligros de la ciudad, comenzó a salir en algunas ocasiones en compañía de Orbin. Éste era de la misma edad que Hresh, pero siempre había sido más desarrollado y robusto, y ahora crecía tan deprisa que, de seguir así, en pocos años llegaría a ser tan alto y fuerte como el mismo Harruel. Después, Hresh llevó a Haniman como guardaespaldas y compañero. Para sorpresa de todos, Haniman también se estaba convirtiendo en un joven alto y corpulento, y en cierto modo, hasta ágil. Era muy distinto del Haniman que Hresh había conocido en el capullo: lento, torpe, rechoncho, y al parecer, bobo hasta la exasperación. Por lo visto, la travesía a través del continente lo había cambiado. O tal vez, pensó Hresh, Haniman siempre había tenido mas virtudes que las que él había querido reconocer.
Pero daba lo mismo que fuera con Konya, Staip, Orbin o Haniman. No importaba que fuera al norte, al sur, al este o al oeste. Para su consternación y vergüenza, no conseguía descubrir nada de valor; sólo, de vez en cuando, un resto de metal retorcido o un fragmento de cristal opaco.
— Pareces triste — le decía Taniane —. Debe ser muy desalentador, ¿verdad?
— Hay un montón de cosas por ahí. Pronto comenzaré a encontrarlas.
— Sé que lo harás. — Taniane parecía muy interesada en sus exploraciones. Se preguntó por qué. Acaso también la hubiera menospreciado a ella. Ya lo había superado en altura. Crecía a ojos vista, y su mente parecía estar ampliándose, profundizándose, extendiéndose. En sus ojos se reflejaba una expresión poco frecuente, un destello extraño e inquisidor que parecía sugerir ciertas complejidades ocultas. Era como si su desmañada niñez sólo fuera la máscara de algo más profundo y extraño. Un día le pidió que le enseñara a leer, lo cual le causó suma sorpresa. Comenzó a darle lecciones. Halló un inesperado placer de ir con ella a sitios tranquilos y explicarle los misterios del arte sagrado. Pero entonces, poco después, también Haniman manifestó interés en aprender a leer, lo cual lo estropeó todo. Hresh no podía negarse, pero eso significaba que tendría que privarse de seguir saliendo a solas con Taniane, pues no tenía tiempo para instruirlos a ambos por separado. Pronto empezó a sospechar que Haniman le había pedido que le enseñara a leer precisamente por eso.
La gran rueda de las estaciones seguía girando. El invierno moderado y lluvioso dejó paso a una época más seca y calurosa, y luego a un tiempo de vientos frescos procedentes del este, que anunciaban el regreso del invierno. Resueltamente, Hresh seguía recorriendo la ciudad en ruinas. Escudriñaba en cada una de los armazones vacíos y oscuros de los edificios sin hallar nada. Ardía de impaciencia. Se preguntaba si alguna vez llegaría a dar con algo de valor.
Comenzaba a pensar que Vengiboneeza era enteramente inútil.