Al final del invierno [At Winter's End - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Серия: Nueva primavera #1
- Год: 1990
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 978-84-406-1415-5
- Переводчик: Paola Tizzano
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Al final del invierno [At Winter's End - es]». Краткое содержание книги:
— Nada. Nada en absoluto.
Tenía la sensación de que durante toda su vida se había limitado a tratar de que Hresh le dijera cosas, y que éste siempre la había mantenido a distancia. Sin embargo, sabía que eso no era del todo exacto. Durante los días en el capullo, ambos solían jugar juntos y entonces él le contaba muchas cosas, cosas divertidas, visiones que tenía del mundo exterior, sus sueños sobre la vida en las épocas antiguas, versiones de los cuentos que le relataba el viejo Thaggoran. Y con demasiada frecuencia, ella no comprendía de qué le hablaba Hresh, y eso cuando llegaba a sentir interés. ¿Por qué sentirlo? Si sólo era un niña entonces. Todos eran niños en esa época. Ella, Orbin, Haniman, Hresh. Pero Hresh siempre había sido extraño, se había mantenido aparte de todos los demás. Hresh, el de las preguntas.
Debe pensar que soy una tonta, pensó Taniane con desolación. Que soy vacía y simple.
Pero ya no era una niña. Se acercaba raudamente a la feminidad. Cuando se recorría el cuerpo con las manos, sentía cómo asomaban los brotes de sus senos. El pelaje estaba adquiriendo un tono más profundo, un matiz rico, lustroso, castaño oscuro con reflejos rojizos. Era tupido y terso como la seda. Se estaba transformando en una joven alta, casi tan alta como Boldirinthe o Sinistine, que ya eran mujeres maduras. Sin duda era más alta que Hresh, cuyo crecimiento parecía transcurrir más lentamente. Fue por entonces cuando Taniane comenzó a pensar que debía hallar un compañero.
Quería a Hresh. Siempre lo había querido. Aun cuando eran niños en el capullo, cuando saltaban de muro en muro durante sus juegos insolentes, cuando forcejeaban cogidos del brazo, cuando se propinaban puntapiés, cuando colgaban de las cavernas. Siempre había soñado con ser grande, con ser una mujer progenitora, con yacer tendida en la penumbra de las cámaras de apareamiento junto a Hresh. El era menudo, extraño, pero poseía una fuerza, una energía, una excitación que la hacía desearlo incluso antes de saber siquiera qué significaba el deseo.
Ahora había crecido, y seguía deseándolo. Pero él parecía tratarla con indiferencia, sin mostrar mucho interés. Estaba totalmente absorto en su tarea de cronista. Vivía en un reino aparte.
Y de todas formas los cronistas jamás formaban pareja. Aun cuando Hresh la amara como ella lo amaba, ¿qué posibilidades tenían de formar una pareja? No. Lo más probable es que tuviera que elegir otro compañero cuando le llegara la hora.
¿Orbin? Era corpulento y fuerte, y a pesar de su fuerza parecía gentil. Pero resultaba aburrido y lento de mollera. Se cansaría enseguida de él. Además, sin ninguna duda estaba interesado en la pequeña Bonlai, aunque ella era dos o tres años menor. Bonlai era la clase de chica sana y sin complicaciones que preferiría a alguien como Orbin. Y el paciente y sereno Orbin no tendría problemas, consideró Taniane, en aguardar a que Bonlai creciera.
Eso dejaba sólo a Haniman, el otro joven de su grupo. La idea de aparearse con Haniman le resultaba extraña. Poco tiempo atrás había sido una criatura torpe, lenta, rechoncha, siempre a la zaga del resto. Durante los días del capullo era imposible suponer que alguien quisiera aparearse con Haniman, o siquiera entrelazarse con él, o hacer nada a su lado. Pero en él había algo agradable, o al menos carente de peligros, que la había acercado a su compañía. Ahora había cambiado mucho. Seguía siendo algo lento y torpe. Siempre se le caían las cosas de las manos, pero era fuerte y había perdido las redondeces de la niñez. En él no había nada de fascinante, como en Hresh. Pero suponía que era aceptable. Y tal vez fuera la única opción que le quedaba.
Formaré pareja con Haniman, se dijo, tratando de ver sí la idea le resultaba agradable. Taniane y Haniman. Haniman y Taniane. ¡Vaya, los nombres tenían sonidos similares! Armonizaban. Taniane y Haniman. Haniman y Taniane.
Y sin embargo… Sin embargo…
No podía decidirse. Ser pareja de Haniman sólo porque no tenía opción… Haniman, el lento; Haniman, el rezagado; siempre el último en ser elegido para los juegos. Por mucho que hubiera cambiado, para ella siempre seguiría siendo el mismo Haniman. Un niño aceptable como amigo, pero no como compañero. No. No.
Acaso algún día conocieran a otra tribu, tal como Hresh siempre había predicho. Y en esa tribu quizás encontrara su compañero, puesto que no podía quedarse con Hresh.
O acaso renunciaría a formar pareja. Siempre cabía esta posibilidad. Torlyri no tenía pareja. Koshmar no tenía pareja. No era imprescindible aparearse. Koshmar era una líder magnífica, pensó Taniane, aunque a veces parecía extraviada, dura, de alma superficial.
En la vida de Koshmar no había sitio para un compañero: lo que más se acercaba a ello era la relación que mantenía con Torlyri, y se trataba de entrelazamiento, no de aparcamiento. Pero ella era la cabecilla. La costumbre indicaba que la cabecilla no copulaba. o acaso fuera una costumbre establecida por ley. Y en el caso de Koshmar, acatada por preferencia.
Era triste pensar que jamás tendría un compañero. Pero si ése era el precio por ser cabecilla, tal vez no fuera excesivo.
— ¿La cabecilla nunca tiene un compañero? — preguntó Taniane a Torlyri.
— Tal vez tiempo atrás las cosas fueron distintas — contestó Torlyri —. Podrías preguntárselo a Hresh. Pero sin duda yo nunca he oído hablar de una cabecilla que lo hubiese tenido.
— ¿Es la ley, o sólo una costumbre?
Torlyri sonrió.
— Hay muy poca diferencia. Pero ¿por qué lo preguntas? ¿Crees que Koshmar tendría que buscar un compañero?
— ¿Koshmar? — Taniane se echó a reír. La idea de que Koshmar tuviese un compañero le parecía absurda —. ¡No, desde luego que no!
— Bueno, eso has preguntado…
— Hablaba en sentido general. Ahora que tantas de nuestras costumbres han cambiado, me preguntaba si eso también sería distinto. Actualmente casi todos buscan pareja, no sólo los progenitores. Tal vez llegue la época en que también lo hagan las cabecillas.
— Es muy probable — respondió Torlyri — Pero no creo que sea el caso de Koshmar.
— ¿Te importaría que Koshmar encontrara un compañero?
— Somos compañeras de entrelazamiento. Si — ella se apareara, eso no cambiaría nada. o si lo hiciera yo. Al margen de esa circunstancia, el vínculo del entrelazamiento siempre permanece con toda su fuerza. Pero no sería propio de Koshmar entregarse a un hombre.
— No, desde luego. — Taniane hizo una pausa —. ¿Y tu, Torlyri?
Torlyri sonrió.
— Confieso que últimamente me he estado haciendo esa misma pregunta.
— La mujer de las ofrendas es otro miembro que por costumbre jamás se ha apareado, ¿me equivoco? Como la cabecilla. Como el cronista. Pero ahora todo cambia muy de prisa. La mujer de las ofrendas podría tener su compañero. E incluso el cronista.
Los ojos de Torlyri brillaban con tierna diversión.
— Incluso el cronista, sí, también él. Eso te agradaría, ¿verdad?
Taniane apartó la mirada.
— Hablaba en términos generales.
— Discúlpame. Creía que debías tener alguna razón en particular.
— No. ¡No! ¿Crees que aceptaría a Hresh, aunque me lo pidiera? Ese niño extraño, que mete las narices en sitios polvorientos todo el día, y que ya no dirige la palabra a nadie?
— Hresh es distinto, sí. Pero también lo eres tú, Taniane.
— ¿Yo? — preguntó, sorprendida —. ¿En qué?
— Lo eres. Eso es todo. En mi opinión escondes mas que lo que todos suponen.