En el otro viento [The Other Wind - es]
- Автор: Гуин Урсула К. Ле
- Серия: Terramar #6
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Minotauro
- ISBN: 84-450-7473-3
- Переводчик: Franca Borsani
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «En el otro viento [The Other Wind - es]». Краткое содержание книги:
Desesperado, Aliso acude al antiguo Archimago Gavilán, quien le indica que parta a Havnor en busca de Tenar, Tehanu y el joven Rey Lebannen. Todos juntos e Irian, el dragón de ojos color ámbar capaz de transformarse en una mujer, viajarán al Bosquecillo Inmanente, en Roke, pues la incursión de los muertos no es el único peligro que amenaza Terramar: los dragones han regresado y, después de siglos de paz, reclaman lo que creen les pertenece…
La célebre saga iniciada con Un Mago de Terramar continúa en esta conmovedora historia de poderosa belleza repleta de magia, amor y fantasía.
Por supuesto que tenían razón. Era probable que las mujeres, como mujeres, tomaran las riendas de la siguiente generación, no de ésta; ellas entretejían los eslabones que los hombres veían como cadenas, los lazos que los hombres veían como algo que los hacía prisioneros. Ella y Seserakh estaban por supuesto aliadas contra él y preparadas para traicionarlo, si verdaderamente él no era nada a menos que fuera independiente. Si era solamente aire y fuego, si no llevaba consigo el peso de la tierra, ni el agua paciente…
Pero ésa era más bien Tehanu y no Lebannen. Ella no era terrenal, su Tehanu, el alma alada que había venido a quedarse un tiempo con ella y que pronto, Tenar lo sabía muy bien, se alejaría de ella. Del fuego al fuego.
E Irian, con quien se iría Tehanu. ¿Qué podría hacer esa criatura fuerte y feroz con una vieja casa que necesitaba ser barrida, y un viejo que necesitaba ser cuidado? ¿Cómo podría Irian entender cosas como ésas? ¿Qué significaba para ella, un dragón, que un hombre debe asumir su deber, casarse, tener hijos, llevar el yugo de la tierra?
Al verse sola e inútil entre seres de tan grande destino, no propio de un humano, Tenar cedió completamente ante la añoranza. Añoranza no solamente por Gont. ¿Por qué no podía estar aliada con Seserakh, que podía ser una princesa de la misma manera que ella había sido una sacerdotisa, pero que no iba a irse volando con alas ardientes, puesto que era profunda y completamente una mujer de la tierra?
¡Y hablaba la misma lengua que Tenar! Tenar la había torturado pacientemente en hárdico, había quedado encantada con su rapidez para aprender, y se daba cuenta justo ahora de que el verdadero placer había sido simplemente hablar kargo con ella, escuchando y diciendo palabras que albergaban toda su infancia perdida.
Cuando llegó al camino que iba hacia los estanques de peces debajo de los sauces, vio a Aliso. Con él había un niño pequeño. Estaban hablando silenciosa, seriamente. Siempre se alegraba de ver a Aliso. Se compadecía de él por todo el dolor y el miedo que sentía y honraba su paciencia para soportarlos. Le gustaba su rostro sincero y apuesto, y su facilidad de palabra. ¿Qué daño podía hacer el hecho de agregar una o dos notas de gracia a la forma de hablar corriente? Ged había confiado en él.
Al detenerse a cierta distancia, para no interrumpir la conversación, vio como él y el niño se arrodillaban en el camino, mirando por entre los arbustos. En ese momento, el gatito de Aliso salió de debajo de un arbusto. No les prestó atención, y comenzó a caminar por la hierba, una pata detrás de la otra, con el vientre bajo y los ojos encendidos, cazando una polilla.
—Puedes dejar que se quede fuera toda la noche, si quieres —le decía Aliso al niño—. Aquí no puede perderse ni hacerse daño. Le gusta mucho estar al aire libre. Pero esto para él es como toda Havnor, ¿sabes?, estos grandes jardines. O puedes dejarlo libre por las mañanas. Y luego, si quieres, puede dormir contigo.
—Eso me gustaría —dijo el niño, tímidamente decidido.
—Entonces necesita tener su caja de arena en tu habitación, ¿sabes? Y un cuenco con agua, para que nunca esté sediento.
—Y comida.
—Sí, por supuesto; una vez al día. No mucha. Es un poco glotón. Tiende a pensar que Segoy creó las islas para que Tirón pudiera llenar su vientre.
—¿Atrapa peces en el estanque? —El gato estaba entonces cerca de uno de los estanques de carpas, sentado sobre la hierba y mirando para todos lados; la polilla se había ido volando.
—Le gusta mirarlos.
—A mí también —dijo el niño. Se pusieron de pie y caminaron juntos hacia los estanques.
Tenar se sintió profundamente conmovida. Había cierta inocencia en Aliso, pero era la inocencia de un hombre, no una inocencia infantil. Tendría que haber tenido hijos propios. Hubiera sido un muy buen padre.
Pensó en sus propios hijos, y en sus pequeños nietos, aunque la mayor de Manzana, Pippin, ¿era posible?, ¿Pippin estaba a punto de cumplir los doce años? ¡Sería nombrada éste o el próximo año! Oh, era hora de ir a casa. Era hora de visitar el Valle Septentrional, llevarle un regalo de nombramiento a su nieta y juguetes para los bebés, asegurarse de que Chispa en su desasosiego no estuviera podando demasiado los perales otra vez, sentarse un rato y hablar con su buena hija Manzana… El nombre verdadero de Manzana era Hayohe, el nombre que le había dado Ogión… El recuerdo de Ogión llegaba como siempre con una punzada de amor y de nostalgia. Vio la chimenea de la casa de Re Albi. Vio a Ged sentado allí junto al fuego. Vio cómo volvía su oscuro rostro para hacerle una pregunta. Ella le contestó, en voz alta, en los jardines del Nuevo Palacio de Havnor a cientos de millas de distancia de esa chimenea:
—¡Tan pronto como pueda!
Por la mañana, una clara y despejada mañana estival, todos bajaron hasta el puerto para abordar el Delfín. La gente de la Ciudad de Havnor convirtió aquél en un día festivo, avanzando en tropel descalzos por las calles y los muelles, atascando los canales con las pequeñas balsas de troncos a las que llamaban barcos, salpicando la gran bahía con barcos de velas y botes, todos ondeando banderas brillantes; y había banderas y banderines también en las torres de las grandes casas y en los palos de pancartas en los puentes altos y en los bajos. Al pasar entre aquellas alegres multitudes, Tenar pensó en aquel lejano día en que ella y Ged llegaron navegando a Havnor, trayendo de regreso a casa la Runa de la Paz, el Anillo de Elfarran. Había portado ese anillo en su mano, y lo había llevado en alto de manera que la plata brillara con la luz del sol y de ese modo la gente pudiera verlo, y ellos habían gritado con entusiasmo y le habían extendido sus brazos como si todos quisieran abrazarla. Pensar en eso la hizo sonreír. Estaba sonriendo cuando subía por la pasarela y se inclinaba ante Lebannen.
El la saludó con la formalidad tradicional digna de un capitán de barco:
—Señora Tenar, bienvenida a bordo.
Y ella respondió, movida por un impulso que no supo reconocer bien: —Te lo agradezco, hijo de Elfarran.
El la miró por un instante, asustado al oír ese nombre. Pero Tehanu venía detrás de ella, y él repitió aquel saludo formaclass="underline" —Dama Tehanu, bienvenida a bordo.
Tenar siguió avanzando hacia la proa del barco, recordando que había allí un rincón cerca de un cabestrante en donde un pasajero podía estar cerca de los marineros sin estar en medio y molestarlos y no obstante contemplar todo lo que sucedía en la atestada cubierta y fuera del barco.
Había un alboroto en la calle principal que desembocaba en el puerto: estaba llegando la Suprema Princesa. Tenar vio con satisfacción que Lebannen, o tal vez su mayordomo, se había ocupado de que la llegada de la princesa fuera convenientemente grandiosa. Unos escoltas a caballo le abrían paso a través de la multitud; los animales resoplaban y chacoloteaban con elegancia y estilo. Unos altos penachos rojos, como los que llevaban los guerreros kargos en sus cascos, se agitaban en lo alto del carruaje cerrado y adornado con dorados que había llevado a la princesa a través de la ciudad, así como también sobre las cabezas de los cuatro caballos grises que tiraban de él. Un grupo de músicos que había estado esperando en la orilla empezó a tocar la trompeta, el tambor y la pandereta. Y los curiosos, al descubrir que tenían ante ellos a una princesa a la que vitorear y mirar con atención, gritaron con entusiasmo, y se acercaron tanto como los jinetes y los guardias a pie se lo permitieron, boquiabiertos y llenos de elogios, alabanzas, y algunos saludos para Seserakh. «¡Viva la Reina de los kargos!», vociferaban algunos, y otros: «No es ella». Y otros: «Miradlas, van todas de rojo, espléndidas como rubíes, ¿cuál es ella?». Y otros: «¡Viva la Princesa!».