El hombre de la reina
- Автор: Penman Sharon Kay
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El hombre de la reina». Краткое содержание книги:
– Ahora, voy a subirlo hasta arriba -dijo-. Más vale herirlo que dejarle que se ahogue.
Justino asintió y a continuación blandió su espada y cortó la soga por encima del nudo. El saco cayó al río con un sonoro ¡plaf! y él se inclinó para ayudar al marinero a tirar del perro y ponerlo en el muelle. Un fuerte tirón, un gemido y se acabó… Pero el perro estaba demasiado débil para sacudirse el agua del cuerpo y se tumbó, inmóvil, sobre los tablones de madera, con sus flancos subiendo y bajando con el esfuerzo de la respiración. Justino se inclinó y le quitó la soga del cuello. Durante unos momentos llenos de inquietud, el animal permaneció allí en el suelo, mustio y empapado. De repente, se puso a dar arcadas.
El momento de tensión había pasado y la gente empezó a hablar y reír. Justino y el marinero se encontraron rodeados de un círculo de hombres y mujeres que mostraban su aprobación. Hasta aquellos que normalmente habrían permanecido indiferentes a la muerte de un perro se habían visto implicados en la escena del salvamento y estaban encantados con el resultado, con excepción de los dos truhanes asomados al pretil del puente.
Habían estado silbando y mofándose, pero Justino estaba demasiado preocupado para hacer caso de ellos. Ahora renació su cólera y cuando uno de ellos despotricaba furioso con juramentos por haberse metido «con nuestro perro» en lo que no le importaba, Justino gritó:
– ¡Bajad y reclamadlo, si os atrevéis!
A la muchedumbre le gustó aquello y unos cuantos hombres empezaron a hablar en voz muy alta de azotes y castigos aún peores. Los individuos continuaron despotricando pero permanecieron prudentemente donde estaban. Alguien le prestó a Justino un saco de cáñamo para que secara lo mejor posible al perro, que seguía tiritando. Para entonces, el primer defensor del perro se había abierto paso entre la multitud de curiosos. Arrodillándose al lado del animal, el chiquillo puso la mojada cabeza del perro en su regazo y levantó los ojos para mirar a Justino y al marinero con una sonrisa de puro agradecimiento.
Un vendedor ambulante atraído por el gentío empezaba a recitar los méritos de sus «empanadas calientes y sabrosas». No eran ni una cosa ni otra, pues habían salido del fuego hacía horas y rezumaban grasientas, pero pronto empezó a venderlas. Justino compró dos y le ofreció una al perro, cuyas costillas, que se le podían contar a través de la piel, eran prueba evidente de un perpetuo estado de hambre. Como lo fue también la rapidez con que engulló la empanada, tanto es así que Justino terminó por darle la segunda. Pasada la excitación, la gente empezó a dispersarse. Cuando la madre del niño lo levantó del suelo, Justino sugirió:
– Este perrito será el animal doméstico ideal para vuestro hijo.
El rostro del niño se iluminó, pero la madre dirigió a Justino una mirada airada, diciéndole bruscamente:
– ¡De ninguna manera! Vamos, Ned. -Fulminando todavía a Justino con la mirada, se llevó a tirones a su hijo del muelle.
Justino y el marinero se miraron el uno al otro. Su asociación había tenido un gran éxito pero había concluido. Recuperando su caballo de manos del monje, que esperaba pacientemente, Justino se subió a él y empezó a espolearlo hacia el camino, seguido de una oleada de risas. Al mirar perplejo hacia atrás, pronto comprendió la causa de la algarabía de la multitud. El perro se había levantado y lo iba siguiendo.
Justino tenía el plan de seguir por la parte este de Thames Street en dirección a la Torre. El tráfico era denso, la calle estaba abarrotada de jinetes, de carros pesados, de peatones y de animales extraviados. Pero al acercarse al nuevo puente, la calle estaba tan congestionada que no podía uno moverse. Miró impaciente hacia adelante para tratar de averiguar la causa del atasco. Tan pronto como vio a un hombre cabalgando hacia atrás, forzado a mirar la grupa de su caballo, con las manos y los pies atados, y empapado de vino, comprendió lo que ocurría. Era costumbre entonces que el panadero que hiciera trampa con su balanza, el tabernero que añadiera agua al vino, el comerciante que engañara a sus parroquianos, fuera sometido al mismo castigo: ser exhibido por toda la ciudad, a fin de que todos fueran testigos de su deshonra. A Justino le parecía bien el castigo, pero hoy no tenía tiempo de observarlo y se metió por Bridge Street, con la intención de dar esquinazo al desfile.
No había forma de deshacerse aún de su sombra canina. Al principio trató de desalentar sin muchas ganas al perro. Pero después decidió que sería mejor para la pobre criatura alejarse lo antes posible de sus verdugos. ¿Quién podía decir que no lo fueran a intentar de nuevo una vez que los protectores del cachorro hubieran desaparecido?
Al toparse con otro vendedor ambulante, Justino se acordó de que no había comido todavía y llamó al hombre. Un débil y esperanzador ladrido le ganó al perro un pastel de carne de cerdo. Tirándole una moneda al vendedor, Justino se puso otra vez en marcha. Pero no había cabalgado mucho cuando notó que cambiaba el paso de su caballo. Arrugando el entrecejo, saltó al suelo. Un examen minucioso de la pata izquierda del caballo reveló el problema, se le había metido un guijarro entre la ranilla y la herradura. Pero por mucho que intentó sacar el guijarro no pudo. Enderezándose, se quedó de pie junto al cojo semental, en mitad del tránsito de la calle, y maldijo su mala suerte. De nada le sirvió.
Justino se movía, inquieto, esperando ansiosamente el veredicto. Pero el herrero no parecía tener prisa. Era un hombre de unos cuarenta y tantos años, delgado, con el pelo canoso, y de pocas palabras. Llevaba a cabo su oficio tranquila y metódicamente, ganándose primero la confianza del caballo, examinando el casco y extrayendo el guijarro con unas pinzas.
– El casco está muy magullado -dijo al fin-, Pero no creo que la herida sea de gran importancia. Puedo ponerle ahora un emplasto si queréis. Pero no cabalguéis sobre él en unos cuantos días, porque necesitará tiempo para que cicatrice.
Cuando Justino aceptó de buen grado el consejo del herrero, diciendo que no arriesgaría de ninguna manera la salud de su caballo, el hombre manifestó su aprobación porque no todos sus clientes eran tan solícitos con sus monturas. Llegaron pronto a un acuerdo respecto al precio, mutuamente aceptable, por alojar y tratar a Copper, y cuando Justino le preguntó si sabía de algún alojamiento por allí cerca, el hombre le sugirió que lo intentara en la taberna que había en Gracechurch Street.
– El dueño ya no vive en el piso de arriba y alquila las habitaciones. Preguntad por Nell. Decidle que os manda Gunter el herrero.
La taberna estaba muy cerca de la herrería y era un edificio de madera de dos pisos, que había conocido mejores tiempos; el encalado había cobrado ya un color gris sucio, sus contraventanas se veían muy alabeadas y el poste con el nombre de la taberna se inclinaba sobre la calle en un ángulo que parecía, por su posición, estar en estado de embriaguez. El interior era tétrico y exhalaba un fuerte olor a cerveza derramada. Un parroquiano borracho estaba desplomado, roncando, sobre una mesa en un rincón. Otros dos hombres jugaban a las damas y flirteaban con una criada con aspecto de aburrimiento. Fijó su mirada en Justino sin mostrar ningún especial interés.
– ¿En qué os puedo servir, amigo?
– Quisiera hablar con Nell.
– Lo estáis haciendo ya -le contestó ella, y Justino la volvió a mirar sorprendido. Estar a cargo de una taberna era una tarea que exigía mucha atención, especialmente para una mujer, y él se había imaginado a Nell como a una marimandona, práctica, entrada en años y sobrada de carnes. En su lugar se encontró frente a frente con una especie de figurilla de madera. Era joven, no mucho mayor que el propio Justino y medía apenas cinco pies de estatura. Tenía un cabello abundante y rizado, que se le escapaba de sus horquillas como una cascada de agua de verano, unas cuantas pecas aquí y allá y unos ojos azules protegidos por doradas pestañas. A primera vista, parecía un conejo entre zorros. Justino no podía concebir una atmósfera menos adecuada para esta criatura que la sucia taberna. Pero esos ojos azules no eran ni inocentes ni confiados y cuando él le preguntó si podía alquilar una habitación, la muchacha lo examinó detenidamente con una escéptica sonrisa.