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El hombre de la reina

Электронная книга - «El hombre de la reina». Краткое содержание книги:

En 1193, el joven Justin de Quincy descubre casualmente una pista que puede desvelar el paradero de Ricardo Corazón de León, a quien se da por muerto. Leonor de Aquitania, la reina que escandalizó al mundo al divorciarse del que sería rey de Francia (Luis VII) para casarse con Enrique II, le encomienda una investigación que le obligará a adentrarse en el complejo y peligroso mundo de las intrigas que rodean la corte de Leonor.
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A todo esto se juntaba también la algarabía de la cárcel porque tenía ésta una reja de hierro que para los prisioneros era como una estrecha ventana al mundo exterior. Manos esposadas querían abrirse paso entre los hierros herrumbrosos y las voces resonaban en los oídos de Justino pidiendo limosna por el amor de Dios. Había ya depositado un puñado de monedas en las palmas extendidas, porque Lucas le había contado algo sorprendente sobre la situación de los prisioneros.

Según el auxiliar del justicia, el rey Enrique suministraba fondos a su justicia para alimentar a los prisioneros, pero esta norma se convirtió en esporádica en el reinado del rey Ricardo y se dejaba cada vez más a los prisioneros que se las arreglaran como pudieran. Aquellos que no podían pagarse la comida, la cama, la leña para el fuego, las velas o la ropa, tenían que pasarse sin todas estas cosas, a no ser que pudieran beneficiarse de la caridad de los que pasaban por allí, como Justino.

Ahora, mientras miraba, arrastraban a un hombre al patio interior. Otros dos prisioneros habían sido ya castigados de la misma manera. Sin embargo, no saludaron al recién llegado con simpatía y comprensión, sino con burlas e insultos. Hasta que no inmovilizaron sus muñecas y sus tobillos en el potro del tormento, el hombre continuó forcejeando, con gran regocijo de los guardias y de sus propios compañeros de prisión. Su actitud de desafío no iba a durar mucho porque su jubón estaba raído y andrajoso y el día era frío y borrascoso, como correspondía a un crudo mes de febrero. Justino ya había visto bastante. Saltando a la silla del caballo, salió al trote del patio, sin mirar atrás.

Había decidido volver a la Torre, porque estaba seguro de que el justicia aparecería allí antes o después. Pero había pasado la hora de la comida, y aunque había visto a menudo en las calles de la ciudad a vendedores ambulantes de empanadas de cordero o de anguila, no se dignó comprar pensando que era más probable encontrar algo mejor entre el bullicio de los muelles. Cabalgó hacia el sur con la intención de seguir el curso del Fleet hasta llegar al muelle del Támesis.

El sol había empezado a burlarse de los londinenses, cansados ya del invierno, y les ofrecía tentadoras pero breves visiones de su luz rompiendo el espesor de las nubes. Justino pasaba por el puente del Fleet cuando el acongojado gemido de un niño interrumpió sus cavilaciones sobre el paradero de Gilbert el Flamenco. Era un niño pequeño, de no más de cinco años, que haciendo gestos de pánico señalaba hacia el río y suplicaba a su madre diciendo: «¡Sálvalo, mamá!».

Justino paró el caballo y escudriñó el río en vano, en busca de algo que indicara un accidente.

– ¿Qué pasa? -le preguntó a la persona que tenía a su lado y que más parecía un marinero que otra cosa, porque tenía la piel curtida y oscura como el cuero de una silla de montar-, ¿Se ha caído alguien al río?

El marinero hizo un gesto negativo con la cabeza.

– Dos truhanes han tirado a un perro desde el puente y el chiquillo los ha visto. -Parecía lamentar lo ocurrido, aunque no quedaba nada claro si se compadecía del niño o del perro. Cuando la vida es tan dura para las personas, no abunda la gente que se preocupe por la crueldad con los animales. Pero había personas que sentían un afecto especial por los perros y el marinero podía ser una de ellas. Confirmó ser así cuando un momento después dijo con indignación-: El cachorro no ha podido defenderse porque le ataron al cuerpo un saco de piedras.

Justino sintió la misma indignación. Recordaba aún lo mucho que deseó tener un perro en aquellos solitarios días de su infancia. En el puente, los dos jóvenes estaban riéndose y bromeando, mientras debajo de ellos un pobre niño sollozaba como si se le fuera a romper el corazón. Al tener lugar este suceso inmediatamente después de su inquietante visita a la cárcel, la posibilidad de que el perro se ahogara provocó en Justino una ira incontrolada. Si a los truhanes que se estaban riendo en el puente se les ocurriera bajar, no habría podido resistir la tentación de darles él mismo una muestra inolvidable de la dureza de su justicia. Pero estaban lejos, no podía alcanzarlos. Acababa de empezar a espolear a su caballo cuando el niño gritó con estridencia: «¡Mira, mamá! ¡Ahí está!».

Una cabeza de pelo oscuro sobresalía de la superficie del agua. Luchando desesperadamente contra el peso que lo arrastraba hacia abajo, el perro trató de salir fuera aspirando desesperadamente aire antes de volver a sumergirse. Era un esfuerzo valiente, pero destinado a fracasar. Al tener que luchar con dos enemigos, la corriente del río y ese saco de piedras, pronto estaría el perro demasiado cansado para seguir luchando. Los que lo estaban observando sabían que el animal se ahogaría sin remedio.

Sólo el niño y el cachorro tenían esperanza. La madre intentó por todos los medios llevarse al niño de allí, pero éste se resistía con todas sus fuerzas, lloraba y suplicaba y hasta los adultos se movían inquietos y tal vez avergonzados ante la mirada suplicante del niño. Muy pocas personas sabían nadar y sólo un loco se tiraría al río helado para salvar a un perro, por muy buen nadador que fuera. Se oían los murmullos de la muchedumbre e incluso algunas exclamaciones de cólera. ¿Por qué prolongar al desdichado animal su agonía y el malestar de la gente?

Justino, sin pensárselo dos veces, se bajó del caballo y le entregó las riendas al mirón que le infundió más Confianza, un monje de la orden de Cluny.

– Hermano, os agradecería que os ocuparais de mi caballo.

Dirigiéndose a grandes zancadas al embarcadero, buscó en vano una barca amarrada a un proís; suponía que eso era esperar demasiado. Pero sí encontró un garfio oxidado. Un poco apurado, se arrodilló al final del espigón e incitó al aterrado animal a que nadara hacia donde él estaba. Sólo se le veían ahora el hocico y los ojos, pero aquellos ojos iban a obsesionarle, estaba seguro. No obstante, por mucho que lo intentara, no podía llegar lo suficientemente cerca del animal para salvarlo.

– No se puede hacer nada -murmuró, sin saber si estaba hablando consigo mismo o con el animal-, nada…

– Yo te sujetaré, muchacho -dijo una voz detrás de él y, al mirar hacia arriba, vio que lo habían seguido el marinero y la mayoría de los curiosos. Esperando no caer de cabeza al río, se aflojó la espada y dejó que el marinero lo bajara por el borde del muelle.

El perro seguía todavía fuera del alcance de su mano y Justino sabía que el tiempo apremiaba. «María, Señora Nuestra, ayúdanos», susurró. Metiendo el rezón en el agua, le alentó: «¡Vamos, perrito, ven aquí!». El perro se acercó nadando, pasó por el garfio y le dio la vuelta. Entonces Justino movió la cadena y logró engancharle.

«¡Cristo, lo enganché!». Justino no esperaba realmente conseguirlo, pero súbitamente la cabeza y las patas delanteras del perro salieron del agua, prueba de que había logrado engancharse a la cuerda. La multitud lanzó gritos de alegría y el marinero felicitó, entusiasmado, a Justino, pero su euforia empezó a decaer. ¿Y ahora qué?

– Si te paso a ti el garfio -le dijo al marinero-, intentaré yo cortar la soga con la espada. Pero ¿cómo lo sacaremos del río? No podrá llegar a la orilla él solo; la ribera es demasiado empinada para que él la pueda remontar.

– ¿Creéis que podréis alzar la cuerda a la altura suficiente para que yo la agarre?

– Puedo intentarlo -replicó Justino, dudoso, y empezó a manipular lentamente el garfio hacia la superficie. Pesaba mucho y pronto se dio cuenta de que lo que había cogido no era la cuerda, sino el saco de las piedras. ¡Caramba, qué suerte! La Bienaventurada Virgen María les había ayudado. Un poco después, apareció el saco, convenientemente atravesado por uno de los dientes del garfio-. ¡Súbeme! -dijo Justino, y le tocó al marinero asomarse al espacio, suspendido en el borde de la orilla. Al enrollar Justino el garfio, el marinero lo agarró y sonrió cuando su puño apretó con fuerza la soga.

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