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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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– ¡Gracias, George! -le dijo la señora Beasley llena de benevolencia cuando él cerró el portalón tras las mujeres.

Gwyneira se asombró.

– ¿Se llama George? -preguntó desconcertada-. Había pensado que…, pero tal vez sus empleados estén bautizados y tengan nombres ingleses, ¿no es así?

La señora Beasley se encogió de hombros.

– Francamente, lo ignoro -confesó-. No vamos a misa de forma regular. Significaría un día de viaje a Christchurch. Por eso los domingos hacemos sólo una pequeña oración nosotros y el personal de la casa. Pero no tengo la menor idea de si asisten porque son cristianos o porque yo se lo exijo…

– Pero si se llama George… -insistió Gwyn.

– Ay, hijita, soy yo quien le ha puesto ese nombre. Nunca aprenderé la lengua de esta gente. Sólo sus nombres ya resultan impronunciables. Y al él no le importa, ¿verdad, George?

El hombre asintió y sonrió.

– Nombre auténtico Tonganui -dijo él, señalándose a sí mismo ya que Gwyneira seguía estando perpleja-. Significa «hijo del dios del mar».

No sonaba muy cristiano, pero a Gwyneira tampoco le pareció un nombre impronunciable. Decidió que en ningún caso cambiaría los nombres del personal a su servicio.

– ¿Dónde han aprendido los maoríes inglés, en realidad? -le preguntó Gwyneira a Gerald cuando prosiguieron su viaje al día siguiente. Los Beasley los despidieron con pesar, pero comprendieron que Gerald quisiera ver cómo andaban las cosas en Kiward Station tras el largo viaje. De Lucas no habían podido contar gran cosa, excepto durante las acostumbradas alabanzas. Durante la ausencia de Gerald no parecía que hubiera desatendido la granja. Al menos no había honrado a los Beasley con su visita.

Esa mañana, Gerald estaba de mal humor. Los dos hombres habían bebido whisky en abundancia, mientras que Gwyneira, consciente del largo viaje que les quedaba y que tenían a sus espaldas, se fue a dormir pronto. El monólogo de la señora Beasley sobre las rosas la había aburrido y ya había tomado nota en Christchurch de que Lucas era un hombre cultivado y un compositor dotado, y que, a mayor abundamiento, prestaba sin pausa atención a las últimas obras de Edward Bulwer-Lytton y similares genios de la literatura.

– Ah, los maoríes… -contestó Gerald de mala gana a su pregunta-. Nunca se sabe lo que entienden y lo que no entienden. Siempre pescan algo de sus señores y las mujeres se lo enseñan a sus hijos. Quieren ser como nosotros. Es muy útil.

– ¿No van a la escuela? -preguntó Gwyneira.

Gerald rio.

– ¿Y quién iba a dar clases a los maoríes? La mayoría de las mujeres de los colonos se alegran cuando consiguen inculcar un poco de civilización a sus propios hijos. De todos modos hay un par de misiones y la Biblia también está traducida al maorí. Si te urge enseñar a un par de diablillos negros el inglés de Oxford, no seré yo quien te ponga trabas.

En verdad, eso no le urgía a Gwyneira, pero tal vez se abriera ahí para Helen un nuevo campo laboral. Sonrió al pensar en su amiga, que todavía estaba instalada en la casa de los Baldwin en Christchurch. Howard O’Keefe aún no se había movido; pero el vicario Chester le aseguraba cada día que no había motivo de preocupación. No era nada seguro que le hubiera llegado ya la noticia de la llegada de Helen, y luego también tenía que estar disponible.

– ¿Qué significa «disponible»? -había preguntado Helen-. ¿No tiene ningún personal de servicio en la granja?

El vicario no había contado nada al respecto. Gwyn deseaba que a su amiga no la esperase ninguna sorpresa desagradable.

Gwyneira, por su parte, estuvo al principio muy contenta con su nuevo hogar. Ahora, como las montañas estaban más cerca, el paisaje se hacía más escarpado y variado, si bien seguía siendo un lugar ideal y agradable para las ovejas. Hacia mediodía, Gerald le comunicó, radiante de alegría, que acababan de cruzar la frontera de Kiward Station y que a partir de ese momento se desplazaban por un terreno de su propiedad. Para Gwyneira ese lugar era el jardín del Edén: hierba en abundancia, agua potable, buena y limpia para los animales, un par de árboles de vez en cuando e incluso un bosquecillo que daba sombra.

– Lo dicho, todavía no está todo desmontado -explicó Gerald, mientras paseaba la mirada por el paisaje-. Pero podemos dejar una porción del bosque. Es de madera noble en parte, sería una pena quemarlo. Incluso puede que llegue a tener valor. Es posible que el río permita el transporte en balsa. Pero primero dejemos los árboles. Mira, ¡ahí tenemos las primeras ovejas! Me pregunto, de todos modos, qué estará haciendo aquí el ganado. Ya hace tiempo que tendrían que haberlo llevado a la montaña…

Gerald frunció el entrecejo. Con el tiempo Gwyneira había llegado a conocerlo lo suficiente para saber que estaba tramando un terrible castigo para el culpable. En general no tenía complejos a la hora de comunicar tales reflexiones entre sus oyentes, pero ese día se contuvo. ¿Se debía a que Lucas era el responsable? ¿Evitaba hablar mal de su hijo delante de su prometida, justo antes de su primer encuentro?

Gwyneira apenas si podía controlar su impaciencia. Quería ver la casa y, sobre todo, a su futuro esposo. En los últimos kilómetros se imaginó cómo salía sonriente a su encuentro desde el edificio principal de una vistosa granja como la de los Beasley. Entretanto pasaron junto a los edificios anejos de Kiward Station. Gerald había mandado construir refugios para las ovejas y cobertizos por todo su territorio. Gwyneira lo encontraba muy prudente y ya se maravillaba por la dimensión de las instalaciones. En Gales el número de ovejas de que era propietario su padre, unas cuatrocientas, se consideraba importante. ¡Pero ahí los animales se contaban por miles!

– Y bien, Gwyneira, estoy impaciente por saber qué opinas.

Era entrada la tarde y Gerald mostraba un rostro resplandeciente cuando acercó su caballo a Igraine. La yegua acababa de sacar los cascos de los habituales caminos enlodados y los había colocado en un acceso pavimentado que partía de un pequeño lago y rodeaba una colina. Dos pasos más y se reveló la visión del edificio principal de la granja.

– ¡Ya hemos llegado, Lady Gwyneira! -dijo Gerald con orgullo-. ¡Bienvenida a Kiward Station!

Si bien ya debería de haber estado preparada, Gwyneira casi se cayó del caballo. Ante ella, a la luz del sol, en medio de una pradera infinita y con esos Alpes como telón de fondo, divisó una casa señorial inglesa. No era tan grande como Silkham Manor y tenía menos torrecillas y edificios anexos, pero era comparable a ella desde cualquier punto de vista. Kiward Station era en el fondo incluso más bonita porque había sido planificada a la perfección por un arquitecto, en vez de sufrir las modificaciones y ampliaciones habituales en la mayoría de las residencias inglesas. Como Gerald había dicho, la casa estaba construida con arenisca gris. Disponía de miradores y grandes ventanales, algunos dotados de pequeños balcones, delante se desplegaba un extenso camino de acceso con parterres que, sin embargo, todavía carecían de flores. Gwyneira decidió plantar arbustos de rata. Amenizarían la fachada y además no precisaban de grandes cuidados.

Pero por lo demás, todo se le antojaba como un sueño. Seguro que iba a despertarse y confirmar que ese inaudito blackjack nunca se había jugado. En lugar de eso su padre la habría casado con uno de esos nobles galeses gracias a la dote obtenida con la venta de ovejas y ahora tomaba posesión de una casa señorial en Cardiff.

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