Espía de Dios
- Автор: Gomez-Jurado Juan
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Espía de Dios». Краткое содержание книги:
—Buenas tardes a todos.
—Buenas tardes, director Boi —respondió Paola.
Había llegado la hora de enfrentarse al nuevo escenario de Karoski.
Academia del FBI
Quantico, Virginia
22 de agosto de 1999
— Pase, pase. Supongo que sabe quién soy, ¿verdad?
Para Paola, conocer a Robert Weber era el equivalente a lo que sentiría un egiptólogo si Ramses II le invitara a tomar café. Entró en la sala de reuniones, donde el famoso criminólogo estaba repartiendo las calificaciones a los cuatro estudiantes que habían seguido el curso. Llevaba diez años retirado, pero sus pasos firmes aún imponían un respeto reverencial en los pasillos del FBI. Aquel hombre había revolucionado la ciencia forense al crear un nuevo método para localizar a los criminales: el perfil psicológico. En el elitista curso que el FBI impartía para formar nuevos talentos a lo largo del globo, él era siempre el encargado de dar las notas. A los chicos les encantaba, porque podían ver cara a cara a alguien a quien admiraban mucho.
— Claro que le conozco, señor. Debo decirle...
— Si, ya lo se, es un honor conocerme y bla bla bla. Si me dieran un dólar cada vez que me dicen esa frase ahora sería un hombre rico.
El criminalista tenía la nariz hundida en una gruesa carpeta. Paola metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó un papel arrugado, que le tendió a Weber.
— Es un honor conocerle, señor.
Weber miró el papel y se echó a reír. Era un billete de un dólar. Extendió la mano y lo recogió. Lo alisó y se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta.
— No arrugue los billetes, Dicanti. Son propiedad del Tesoro de los Estados Unidos de América —pero sonrió, complacido ante la oportuna respuesta de la joven.
— Lo tendré en cuenta, señor.
Weber endureció la cara. Era el momento de la verdad, y cada palabra de las que siguió fue como un mazazo para la joven.
— Usted es débil, Dicanti. Roza los mínimos en las pruebas físicas y en las de puntería. Y no tiene carácter. Se derrumba enseguida. Se bloquea ante la adversidad con excesiva facilidad.
Paola estaba apesadumbrada. Que una leyenda viva te saque los colores en un momento es un trago muy difícil de pasar. Es aún peor cuando su voz carraspeante no deja el más mínimo resquicio de simpatía en su voz.
— Usted no razona. Es buena, pero tiene que sacar lo que lleva dentro. Y para eso tiene que inventar. Invente, Dicanti. No siga los manuales al pie de la letra. Improvise y verá. Y sea más diplomática. Aquí tiene sus notas finales. Ábralas cuando salga del despacho.
Paola recogió el sobre de Weber con manos temblorosas y abrió la puerta, agradecida de poder escapar de allí.
— Una cosa más, Dicanti. ¿Cuál es el verdadero motivo de un asesino en serie?
— Su hambre de matar. Que no puede contenerla.
El viejo profiler negó con disgusto.
— Se encuentra cerca de donde debería, pero aún no está ahí. Vuelve a pensar como los libros, señorita. ¿Usted puede comprender el ansia de matar?
— No, señor.
— A veces hay que olvidar los tratados de psiquiatría. El verdadero motivo es el cuerpo. Analice su obra y conocerá al artista. Que sea lo primero que piense su cabeza cuando entre a una escena del crimen.
Dicanti corrió a su habitación y se encerró en el baño. Cuando consiguió la serenidad suficiente, abrió el sobre. Tardó un buen rato en comprender lo que veía.
Había obtenido las máximas calificaciones en todas las materias, y una valiosa lección. Nada es lo que parece.
Domus Sancta Marthae
Piazza Santa Marta, 1
Jueves, 7 de abril de 2005. 17:10
Apenas había pasado una hora desde que el asesino había escapado de aquella habitación. Paola pudo sentir aún su presencia en la estancia como el que respira un humo acerado e invisible. De viva voz se mostraba siempre racional sobre los asesinos en serie. Era fácil hacerlo cuando emitía (las más de las veces) sus opiniones desde un cómodo despacho enmoquetado.
Era muy distinto entrar de esa manera en la habitación, con cuidado para no pisar la sangre. No sólo para no contaminar la escena del crimen. El motivo principal de no pisar era porque la maldita sangre estropeaba para siempre unos buenos zapatos.
Y también el alma.
Hacía casi tres años que el director Boi no procesaba personalmente una escena del crimen. Paola sospechaba que Boi estaba llegando a aquel nivel de compromiso por ganar puntos ante las autoridades del Vaticano. Desde luego no podría ser para progresar políticamente con sus superiores italianos porque todo aquel maldito asunto se tenía que guardar en secreto.
Él había entrado primero, con Paola detrás. Los demás esperaron en el pasillo, mirando al frente y sintiéndose incómodos. La criminalista escuchó cómo Dante y Fowler intercambiaban unas palabras —incluso juraría que algunas dichas en un tono de voz muy poco educado— pero hizo un esfuerzo por poner toda su atención sobre lo que había dentro de la habitación y no en lo que había dejado fuera.
Paola se quedó junto a la puerta, dejando a Boi seguir su rutina. Primero las fotografías forenses, una desde cada esquina de la habitación, otra en vertical al cadáver, otra desde cada uno de los posibles lados, y una de cada uno de los elementos que el investigador pudiera considerar relevantes. En definitiva, más de sesenta destellos de flash iluminando la escena con tonos irreales, blanquecinos e intermitentes. También sobre el ruido y el exceso de luz se impuso Paola.
Respiró hondo, procurando ignorar el olor a sangre y el regusto metálico que dejaba en la garganta. Cerró los ojos y contó mentalmente de cien a cero, muy despacio, intentando acompasar los latidos de su corazón con el ritmo de la cuenta decreciente. El descarriado galopar del cien era tan solo un trote suave en el cincuenta y un tambor contundente y preciso en el cero.
Abrió los ojos.
Sobre la cama estaba tendido el cardenal Geraldo Cardoso, de 71 años. Cardoso estaba atado al cabecero ornamentado de la cama por dos toallas anudadas fuertemente. Llevaba puesto el capelo cardenalicio, totalmente ladeado, con un aire perversamente cómico.
Paola recitó, despacio, el mantra de Weber. “Si quieres conocer a un artista, contempla su obra”. Lo repitió una y otra vez, moviendo los labios en silencio hasta borrarle el significado a las palabras en su boca, pero imprimiéndoselo a su cerebro, como el que moja un sello en tinta y lo deja seco tras estamparlo en el papel.
—Comencemos —dijo Paola en voz alta, y sacó una grabadora del bolsillo.
Boi ni siquiera la miró. Estaba enfrascado en ese momento en la recogida de rastros y en estudiar la forma de las salpicaduras de sangre.
La criminalista empezó a dictarle a su grabadora tal y como le habían enseñado en Quantico. Haciendo una observación y una deducción inmediata. El resultado de aquellas conclusiones se parecería bastante a una reconstrucción de cómo había sucedido todo.
Observación: El cadáver está atado por las manos en su propia habitación, sin ningún signo de violencia en el mobiliario.