Espía de Dios
- Автор: Gomez-Jurado Juan
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Espía de Dios». Краткое содержание книги:
Sobre la cama había un cardenal. Estaba muy pálido y muerto de miedo, pero intacto. Les miró asustado, levantando las manos.
—No me hagan daño, por favor.
Dante miró a todas partes y bajó la pistola.
—¿Dónde ha sido?
—Creo que en la habitación de al lado —dijo apuntando con un dedo, pero sin bajar las manos.
Salieron al pasillo de nuevo. Paola se colocó a un lado de la puerta 57 y Dante y Fowler repitieron el numerito del ariete humano. La primera vez los hombros de ambos se llevaron un buen golpe, pero la cerradura no cedió. A la segunda embestida saltó con un tremendo crujido.
Sobre la cama había un cardenal. Estaba muy pálido y muy muerto, pero la habitación estaba vacía. Dante la cruzó en dos pasos y miró en el cuarto de baño. Meneó la cabeza. En ese momento sonó otro grito.
—¡Socorro! ¡Ayuda!
Los tres salieron atropelladamente del cuarto. Al fondo del pasillo, del lado del ascensor, un cardenal estaba tirado en el suelo, con la ropa hecha un ovillo. Fueron hasta él a toda velocidad. Paola llegó primero y se arrodilló a su lado, pero el cardenal ya se levantaba.
—¡Cardenal Shaw! —dijo Fowler, reconociendo a su compatriota.
—Estoy bien, estoy bien. Sólo me ha empujado. Se ha ido por ahí —dijo señalando una puerta metálica, diferente a las de las habitaciones.
—Quédese con él, padre.
—Tranquilos, estoy bien. Cojan a ese fraile impostor —dijo el cardenal Shaw.
—¡Vuelva a su habitación y cierre la puerta! —le gritó Fowler.
Los tres cruzaron la puerta del fondo del pasillo y salieron a una escalera de servicio. Olía a humedad y a podrido por debajo de la pintura de las paredes. El hueco de la escalera estaba mal iluminado.
Perfecto para una emboscada, pensó Paola. Karoski aún tiene el arma de Pontiero. Podría estar esperándonos en cualquiera de los recodos y volarnos la cabeza al menos a dos de nosotros antes de que nos diéramos cuenta.
Y a pesar de eso, bajaron atropelladamente los escalones, no sin tropezar más de una vez. Siguieron las escaleras hasta el sótano, un nivel por debajo de la calle, pero la puerta allí estaba cerrada con un grueso candado.
—Por aquí no ha salido.
Volvieron sobre sus pasos. En el piso anterior oyeron ruidos. Atravesaron la puerta y salieron directamente a las cocinas. Dante se adelantó a la criminalista y entró el primero, el dedo en el gatillo y el cañón apuntando hacia delante. Tres monjas dejaron de trastear entre las sartenes y les contemplaron con los ojos como platos.
—¿Ha pasado alguien por aquí? —les gritó Paola.
No respondieron. Siguieron mirando hacia delante con ojos bovinos. Una de ellas incluso siguió partiendo judías sobre un puchero, ignorándola.
—¡Que si ha pasado alguien por aquí! ¡Un fraile! —repitió la criminalista.
Las monjas se encogieron de hombros. Fowler le puso una mano en el brazo.
—Déjelas. No hablan italiano.
Dante siguió la cocina hasta el final y se encontró con una puerta metálica de unos dos metros de ancho. Tenía un aspecto muy sólido. Intentó abrirla sin éxito. Le señaló la puerta a una de las monjas, mostrando a la vez su identificación del Vaticano. La religiosa se acercó hasta el superintendente e introdujo una llave en un cajetín disimulado en la pared. La puerta se abrió con un zumbido. Daba a la calle lateral de la plaza de Santa Marta. Frente a ellos estaba el Palacio de San Carlos.
—¡Mierda! ¿No dijo la monja que la Domus sólo tenía un acceso?
—Pues ya ve, ispettora. Son dos —dijo Dante.
—Volvamos sobre nuestros pasos.
Corrieron escaleras arriba, partiendo desde el vestíbulo y llegaron hasta el último piso. Allí encontraron unos escalones que llevaban a la azotea. Pero al alcanzar la puerta descubrieron que estaba cerrada a cal y canto.
—Por aquí tampoco ha podido salir nadie.
Rendidos, se sentaron allí mismo, en la mugrienta y estrecha escalera que daba a la azotea. Respiraban como fuelles.
—¿Se habrá escondido en una de las habitaciones? —dijo Fowler.
—No lo creo. Seguramente se haya escabullido —dijo Dante.
—Pero ¿por dónde?
—Seguramente por la cocina, en un descuido de las monjas. No hay otra explicación. Las demás puertas tienen candados o están protegidas, como la entrada principal. Por las ventanas es imposible, sería demasiado riesgo. Los agentes de la Vigilanza patrullan la zona cada pocos minutos ¡y estamos a plena luz del día, por Dios Santo!
Paola estaba furiosa. Si no estuviera tan cansada después de la carrera escaleras arriba y abajo la hubiera emprendido a patadas con las paredes.
—Dante, pida ayuda. Que acordonen la plaza.
El superintendente negó con la cabeza, desesperado. Tenía la frente empapada de sudor, que le caía en gotas turbias sobre su sempiterna cazadora de cuero. El pelo, siempre bien peinado, estaba sucio y encrespado.
—¿Cómo quiere que llame, preciosa? En éste puto edificio no funciona nada. No hay cámaras en los pasillos, no funcionan los teléfonos ni los móviles ni los walkie talkies. Nada más complicado que una puta bombilla, nada que requiera de ondas o de unos y ceros para funcionar. Como no mande una paloma mensajera...
—Para cuando baje ya estará lejos. En el Vaticano un fraile no llama la atención, Dicanti —dijo Fowler.
—¿Me puede explicar alguien cómo coño ha escapado de esa habitación? Es un tercer piso, las ventanas estaban cerradas y hemos tenido que reventar la puta puerta. Todos los accesos al edificio estaban custodiados o cerrados —dijo golpeando repetidas veces con la palma abierta en la puerta de la azotea, que desprendió un ruido sordo y una nubecilla de polvo.
—Estábamos tan cerca —dijo Dante.
—Joder. Joder, joder y joder. ¡Le teníamos!
Fue Fowler quien constató la terrible verdad, y sus palabras resonaron en los oídos de Paola como una pala rascando una lápida.
—Ahora lo que tenemos es otro muerto, dottora.
Domus Sancta Marthae
Piazza Santa Marta, 1
Jueves, 7 de abril de 2005. 16:31
—Hay que hacer las cosas con discreción —dijo Dante.
Paola estaba lívida de furia. Si hubiera tenido a Cirin delante en aquel momento no hubiera podido contenerse. Pensó que era la tercera vez que deseaba saltarle los dientes a puñetazos al muy cabrón, para comprobar si aún seguía manteniendo esa actitud calmosa y su voz monocorde.
Después de topar con el obstáculo de la azotea, habían descendido las escaleras, cabizbajos. Dante tuvo que ir hasta el otro lado de la plaza para conseguir que le funcionara el móvil, y habló con Cirin para solicitar refuerzos y pedir que analizasen la escena del crimen. La respuesta del Inspector General de la Vigilanza era que sólo podría acceder un técnico de la UACV, y que debería hacerlo con ropa de civil. Los instrumentos que necesitase debería llevarlos en una maleta de viaje ordinaria.
—No podemos permitir que todo esto trascienda más aún. Entiéndalo, Dicanti.
—No entiendo una mierda. ¡Tenemos que capturar a un asesino! Hay que vaciar el edificio, averiguar cómo ha entrado, recopilar pruebas...
Dante la miraba como si estuviera loca. Fowler meneaba la cabeza, sin querer inmiscuirse. Paola sabía que estaba dejando que aquel caso se le colase por los resquicios del alma, envenenando su tranquilidad. Procuraba siempre ser excesivamente racional porque conocía la sensibilidad de su carácter. Cuando algo entraba dentro de ella, su dedicación se convertía en obsesión. En aquel momento notaba que la furia le corroía el espíritu como una gota de ácido cayendo a intervalos sobre un pedazo de carne cruda.