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Espí­a de Dios

Электронная книга - «Espí­a de Dios». Краткое содержание книги:

Roma, 2 de abril de 2005. El Papa Juan Pablo II acaba de morir y la plaza de San Pedro se llena de fieles dispuestos a darle el último adiós. Al mismo tiempo, se inician los preparativos para el cónclave del que ha de salir el nombre del nuevo Sumo Pontifice. Pero justo entonces los dos cardenales mejor situados del ala liberal de la Iglesia, Enrico Portini y Emilio Robayra, aparecen asesinados siguiendo un mismo y macabro ritual que incluye la mutilación de miembros y mensajes escritos con simbología religiosa. Un asesino en serie anda suelto por las calles de Roma, y la encargada de perseguirlo será la inspectora y psiquiatra criminalista Paola Dicanti. Durante la investigación, la joven detective se adentrará en los más oscuros secretos del Vaticano, aquellos que hablan de conspiraciones nada decorosas y de la existencia de un centro donde se rehabilita a sacerdotes católicos con historial de abusos sexuales. A la cruel astucia del psicópata se unen las trabas que los servicios de seguridad del Vaticano ponen a la investigación: oficialmente las muertes de los cardenales no están ocurriendo y el cónclave debe celebrarse con normalidad. La aparición del padre Fowler, un ex militar norteamericano, supondrá un nuevo desafío para Dicanti, reacia a confiar en el misterioso sacerdote. Pero Fowler conoce el nombre del asesino y guarda un secreto aún más temible: su propio pasado.
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Estaban en el pasillo de la tercera planta, donde todo había ocurrido. La habitación 55 estaba ya vacía. Su ocupante, el hombre que les había indicado que buscaran en la habitación 56, era el cardenal belga Petfried Haneels, de 73 años. Estaba muy alterado por lo ocurrido. El médico de la residencia estaba reconociéndole en la planta superior, dónde se le alojaría por un tiempo.

—Por suerte la mayoría de los cardenales estaban en la capilla, asistiendo a la meditación de la tarde. Solo cinco han oído los gritos, y ya se les ha dicho que entró un perturbado que se dedicó a aullar por los pasillos —dijo Dante.

—¿Y ya está? ¿Ese es el control de daños? —se enfureció Paola—. ¿Conseguir que ni los propios cardenales se enteren de que han matado a uno de los suyos?

—Es fácil. Diremos que se encontraba indispuesto y que lo han trasladado al Gemelli con una gastroenteritis.

—Y con eso ya está todo resuelto —replicó, irónica.

—Bueno, hay algo más. No puede usted hablar con ninguno de los cardenales sin mi autorización y el escenario del crimen ha de verse limitado a la habitación.

—No puede estar hablando en serio. Tenemos que buscar huellas en las puertas, en los puntos de acceso, en los pasillos... No puede estar hablando en serio.

—¿Qué es lo que quiere, bambina? ¿Una colección de coches patrulla en la puerta? ¿Miles de flashes de los fotógrafos? Seguro que gritarlo a los cuatro vientos es el medio más útil para coger a su degenerado —dijo Dante, con actitud prepotente—. ¿O tan solo busca agitar ante las cámaras su título de licenciada en Quantico? Si tan buena es usted será mejor que lo demuestre.

Paola no se dejó provocar. Dante apoyaba totalmente la tesis de darle prioridad a la ocultación. Tenía que elegir: o perdía tiempo estrellándose contra aquella pared granítica y milenaria o cedía e intentaba darse prisa para aprovechar al máximo los poquísimos medios de los que disponían.

—Llame a Cirin. Dígale que Boi envíe a su mejor técnico. Y que sus hombres estén alerta por si aparece un carmelita por el Vaticano.

Fowler tosió para llamar la atención de Paola. La llevó aparte y le habló en voz baja, la boca muy cerca de su oído. Paola no pudo evitar que el roce de su aliento le pusiera la piel de gallina, y se alegró de llevar un traje de chaqueta para que nadie lo notara. Recordaba aún su contacto fuerte y sólido de días atrás, cuando ella se había lanzado como loca hacia la multitud y el la había sujetado, la había anclado a la cordura. Anhelaba conseguir de nuevo un abrazo de él, pero en aquella situación su anhelo quedaba totalmente fuera de lugar. Bastante complicadas estaban las cosas.

—Seguramente esas órdenes ya estén dictadas y ejecutándose ahora mismo, dottora. Y olvídese de un operativo policial estándar, porque en el Vaticano no va a conseguirlo jamás. Tendremos que resignarnos a jugar con las cartas que el destino ha repartido, por pobres que éstas sean. En ésta situación viene muy al caso el viejo refrán de mi tierra: En el país de los ciegos, el tuerto es el rey[27].

Paola comprendió de inmediato a lo que se refería.

—Ese refrán también lo decimos en Roma. Tiene usted razón, padre... por primera vez en éste caso tenemos un testigo. Eso ya es algo.

Fowler bajó aún más el tono.

—Hable con Dante. Sea diplomática, por una vez. Que nos deje vía libre hasta Shaw. Quizás consigamos una descripción viable.

—Pero sin un artista forense...

—Eso vendrá luego, dottora. Si el cardenal Shaw le vio, conseguiremos un retrato robot. Pero lo más importante es acceder a su testimonio.

—Me suena su apellido. ¿Ese Shaw es el que aparece en los informes de Karoski?

—El mismo. Es un hombre duro e inteligente. Esperemos que pueda ayudarnos con la descripción. No mencione el nombre de nuestro sospechoso: veremos si le ha reconocido.

Paola asintió y regresó junto a Dante.

—¿Qué, ya han terminado de secretos ustedes dos, tortolitos?

La criminalista decidió hacer caso omiso del comentario.

—El padre Fowler me ha recomendado calma y creo que voy a seguir su consejo.

Dante le miró con recelo, sorprendido de su actitud. Decididamente aquella mujer era muy extraña a sus ojos.

—Eso es muy sabio por su parte, ispettora.

— Noi abbiamo dato nella croce[28], ¿verdad, Dante?

—Es una forma de verlo. Otra muy distinta es darse cuenta de que es usted una invitada en un país que no es el suyo. Esta mañana era a su modo, ispettora. Ahora es a la nuestra. No es nada personal.

Paola respiró hondo.

—Está bien, Dante. Necesito hablar con el cardenal Shaw.

—Está en su habitación, reponiéndose de la impresión sufrida. Denegado.

—Superintendente. Por una sola vez, haga lo correcto. Quizá así le cojamos.

El policía giró su cuello de toro con un crujido. Primero a la izquierda, luego a la derecha. Estaba claro que se lo estaba pensando.

—De acuerdo, ispettora. Con una condición.

—¿Cuál es?

—Que utilice las palabras mágicas.

—Váyase a la mierda.

Paola se dio la vuelta, sólo para encontrarse con la mirada reprobadora de Fowler, que atendía a la conversación a cierta distancia. Se giró de nuevo hacia Dante.

—Por favor.

—¿Por favor qué, ispettora?

El muy cerdo estaba disfrutando con su humillación. Pues nada, ahí la tenía.

—Por favor, superintendente Dante, solicito su permiso para hablar con el cardenal Shaw.

Dante sonrió abiertamente. Se lo había pasado en grande. Pero de repente se puso muy serio.

—Cinco minutos, cinco preguntas. Nada más. Yo también me la juego en esto, Dicanti.

Dos miembros de la Vigilanza, ambos con traje y corbata negros, salieron del ascensor y se situaron a ambos lados de la puerta 56, en cuyo interior yacía el cadáver de la última víctima de Karoski. Custodiarían la entrada hasta la llegada del técnico de la UACV. Dicanti decidió aprovechar el tiempo de la espera entrevistando al testigo.

—¿Cuál es la habitación de Shaw?

Estaba en aquella misma planta. Dante les condujo hasta la 42, la última habitación antes de la puerta que daba a las escaleras de servicio. El superintendente llamó con delicadeza, usando solo dos dedos.

Les abrió la hermana Helena, que había perdido la sonrisa. Al verles el alivio se pintó en su rostro.

—Ay, menos mal que están ustedes bien. Sé que han perseguido al lunático por las escaleras. ¿Han podido atraparle?

—Por desgracia no, hermana —le respondió Paola. Creemos que se escapó por la cocina.

—Ay Dios mío, ¿por la entrada de mercancías? Santa Virgen del Olivo, qué desastre.

—¿Hermana, no nos dijo que sólo había un acceso?

—Sólo hay uno, la puerta principal. Eso no es un acceso, es una cochera. Es gruesa y tiene una llave especial.

Paola comenzaba a darse cuenta de que la hermana Helena y ellos no hablaban el mismo italiano. Se tomaba muy a pecho los sustantivos.

—¿El ase... digo el asaltante pudo entrar por ahí, hermana?

La monja negaba con la cabeza.

—La llave sólo la tenemos la hermana ecónoma y yo. Y ella sólo habla polaco, como muchas de las hermanas que trabajan aquí.

La criminalista dedujo que la hermana ecónoma debía ser la que había abierto la puerta a Dante. Sólo dos copias de las llaves. El misterio se complicaba.

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[27] El padre Fowler se refiere al dicho “One-eyed Pete is the marshall of Blindville”, en castellano “Pete el tuerto es el sheriff de Villaciego”. Se emplea el simil español para su mejor comprensión.

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[28] Dicanti cita el Quijote en su versión italiana. La frase original, muy conocida en España, es “Con la iglesia hemos dado”. Lo de “topado”, dicho sea de paso, es un añadido popular.

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