Espía de Dios
- Автор: Gomez-Jurado Juan
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Espía de Dios». Краткое содержание книги:
Bueno, estaba en la rueda de Prensa en la que les iban a explicar cómo transcurriría el Cónclave, pero sin sitio para sentarse. Se apoyó como pudo cerca de la puerta. Era la única entrada, así que cuando llegara Balcells podría abordarle.
Repasó con calma sus notas acerca del portavoz. Era un médico reconvertido a periodista. Numerario del Opus Dei, nacido en Cartagena y, según todos los datos, un tipo serio y muy frío. Estaba a punto de cumplir setenta años, y las fuentes extraoficiales (de las que Andrea se solía fiar a pies juntillas) le señalaban como una de las personas más poderosas del Vaticano. Llevaba años recibiendo de los mismos labios del Papa las informaciones y dándoles forma ante el gran público. Si decidía que una cosa era secreta, secreta sería. Con Balcells no cabían filtraciones. Su curriculum era impresionante. Andrea leyó los premios y medallas que le habían otorgado. Comendador de esto, Encomienda de lo otro, Gran Cruz de aquello... Las distinciones ocupaban dos folios, a premio por línea. No parecía que fuera a ser un hueso fácil de roer.
Pero yo tengo los dientes duros, maldita sea.
Estaba ocupada intentando escuchar sus pensamientos por encima del creciente murmullo de las voces, cuando la sala explotó en una cacofonía atroz.
Primero fue uno solo, como la gota solitaria que anuncia la llovizna. Luego tres o cuatro. Después llegó la gran zarabanda de pitidos y tonos diferentes.
Parecía que decenas de móviles estaban sonando a la vez. El estrépito duró en total cuarenta segundos. Todos los periodistas echaron mano de sus terminales y menearon la cabeza. Se oyeron algunas quejas en voz alta.
—Chicos, un cuarto de hora de retraso. A éste tiempo no nos va a dar tiempo a editar.
Andrea escuchó una voz en castellano a unos metros. Se abrió paso a codazos y comprobó que era una compañera de piel tostada y delicadas facciones. Por su acento dedujo que era mexicana.
—Hola, ¿qué tal? Soy Andrea Otero, de El Globo. ¿Oye, podrías decirme por qué han sonado todos los móviles a la vez?
La mexicana sonrió y le enseñó su teléfono.
—Mira el mensaje de la oficina de Prensa del Vaticano. Nos envían un SMS a todos cada vez que hay una noticia importante. Es una práctica de lo más moderna, así nos tienen informados. La única pena es que resulta molesto cuando estamos todos juntos. Este último avisa de que el señor Balcells va a verse demorado.
Andrea se admiró de la inteligencia de la medida. Administrar la información a miles de periodistas no podía ser sencillo.
—No me digas que no te has dado de alta en el servicio de celulares —se extrañó la mexicana.
—Pues... aún no. Nadie me ha advertido de nada.
—Bueno, no te preocupes. ¿Ves a esa chica de ahí?
—¿La rubia?
—No, la de chaqueta gris, que lleva una carpeta en la mano. Acércate a ella y dile que te apunte en el servicio de celulares. En menos de media hora te tendrán en su base de datos.
Andrea así lo hizo. Alcanzó a la chica y le chapurreo todos sus datos. La chica le pidió su tarjeta de acreditación e introdujo el número de su móvil en una agenda electrónica.
—Está conectada con la central —dijo presumiendo de tecnología con cansada sonrisa—. ¿En que idioma prefiere recibir las comunicaciones del Vaticano?
—En español.
—¿Español tradicional o variantes de algún país de habla hispana?
—El de toda la vida —dijo en castellano.
— Scusi? —se extrañó la otra, en perfecto (y desdeñoso) italiano.
—Perdone. En español tradicional, por favor.
—En unos cincuenta minutos estará dada de alta en el servicio. Sólo necesito que me firme éste impreso, si es tan amable, autorizándonos a enviarle la información.
La periodista garabateó su nombre al final de la hoja que la chica había extraído de su carpeta sin apenas mirarla y se despidió de ella, dándole las gracias.
Volvió a su sitio e intentó leer algo más sobre Balcells, pero un rumor anunció la llegada del portavoz. Andrea volvió su atención hacia la puerta principal, pero el español había entrado por una puerta pequeña, disimulada tras la tarima a la que ahora estaba subido. Con gesto calmo fingía ordenar sus notas, dando tiempo a que los operadores de cámara le encuadraran y los periodistas se sentaran.
Andrea maldijo su mala suerte y se abrió paso a codazos hasta la tarima, donde el portavoz aguardaba tras un atril. A duras penas consiguió alcanzarla. Mientras el resto de sus compañeros se sentaban, Andrea se acercó a Balcells.
—Señor Balcells, soy Andrea Otero, del diario El Globo. He estado intentando localizarle toda la semana sin éxito...
—Después.
El portavoz ni siquiera la miró.
—Pero señor Balcells, usted no entiende, necesito contrastar una información...
—Le he dicho que después, señorita. Vamos a empezar.
Andrea estaba atónita. En ningún momento le había dirigido la mirada, y aquello la enfurecía. Estaba demasiado acostumbrada a subyugar a los hombres con el brillo de sus dos faros azules.
—Pero señor Balcells, le recuerdo que pertenezco a un importante diario español... —la periodista intentaba ganar puntos sacando a colación que representaba a un medio español, pero no le sirvió de nada. El otro la miró por primera vez, y en sus ojos había hielo.
—¿Cómo me había dicho que se llamaba?
—Andrea Otero.
—¿De qué medio?
—De El Globo.
—¿Y dónde está Paloma?
Paloma, la corresponsal oficial para los asuntos Vaticanos. La que casualmente había ido un par de días a España y había tenido el detallazo de tener un accidente no mortal de coche para cederle su sitio a Andrea. Mala cosa que Balcells preguntara por ella, mala cosa.
—Pues... no ha venido, ha tenido un problema...
Balcells frunció el ceño como solo un anciano numerario del Opus Dei es físicamente capaz de fruncir el ceño. Andrea retrocedió un poco, sorprendida.
—Jovencita, observe a esas personas que están detrás de usted, por favor —dijo Balcells, señalando las abarrotadas filas de butacas—. Son sus compañeros de la CNN, la BBC, Reuters y otros cien medios de comunicación más. Algunos de ellos ya eran periodistas acreditados en el Vaticano antes de que usted naciera. Y todos ellos aguardan que comience la rueda de Prensa. Haga el favor de ocupar su sitio ahora mismo.
Andrea se dio la vuelta, avergonzada y con las mejillas encarnadas. Los reporteros de la primera fila, sonreían irónicamente. Algunos de ellos parecían tan viejos como puñetera columnata de Bernini. Mientras intentaba regresar al final de la sala, donde había dejado el maletín que contenía su ordenador, escuchó como Balcells bromeaba en italiano con alguno de los de la primera fila. Unas carcajadas huecas, casi inhumanas, sonaron a sus espaldas. No tuvo la menor duda de que la broma era acerca de ella. Más rostros se volvieron a mirarla y Andrea enrojeció hasta las orejas. Con la cabeza gacha y los brazos extendidos para abrirse paso por el estrecho pasillo hasta la puerta, parecía que estuviera nadando en un mar de cuerpos. Cuando finalmente llegó a su sitio no se limitó a recoger su portátil y darse la vuelta sino que se escurrió por la puerta. La chica que le había tomado los datos la retuvo un instante por el brazo y le advirtió
—Recuerde que si sale no puede volver a entrar hasta que finalice la rueda de Prensa. La puerta se cierra. Ya sabe, las normas.
Como en el teatro, pensó Andrea. Exactamente como en el teatro.
Se deshizo del agarrón de la chica y salió sin decir palabra. La puerta se cerró a sus espaldas con un sonido que no sirvió para desterrar la vergüenza del alma de Andrea pero que al menos la alivió en parte. Tenía una necesidad desesperada de un cigarrillo y lo buscó como loca en los bolsillos de su elegante cazadora, hasta que sus dedos toparon con la cajita de pastillas de menta que le servían de consuelo en ausencia de su amiga nicotina. Recordó que lo había dejado la semana anterior.