Espía de Dios
- Автор: Gomez-Jurado Juan
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Espía de Dios». Краткое содержание книги:
—Es un objeto cortante de borde liso, probablemente un cuchillo de cocina no muy grande pero sí muy afilado. En los anteriores casos me guardé mi opinión, pero después de haber visto los moldes de las incisiones creo que usó el mismo instrumento en las tres ocasiones.
Paola tomó buena nota de ello.
— Dottora —dijo Fowler—. ¿Cree que hay alguna posibilidad de que Karoski intente algo durante el funeral de Wojtyla?
—Demonios, no lo se. La seguridad alrededor de la Domus Sancta Marthae se habrá sin duda reforzado...
—Por supuesto —se jactó Dante—. Están tan encerrados que ni siquiera sabrán si es de día sin mirar la hora.
—...aunque la seguridad también era elevada antes y sirvió de poco. Karoski ha demostrado unos recursos y una sangre fría increíbles. Sinceramente, no tengo ni idea. No se si intentará algo, aunque lo dudo. En ésta ocasión no ha podido completar su ritual ni dejarnos un mensaje sangriento como en los otros dos casos.
—Lo cual significa que hemos perdido una pista —se quejó Fowler.
—Si, pero al mismo tiempo esa circunstancia debería ponerle nervioso y hacerle vulnerable. Pero con éste cabrón nunca se sabe.
—Tendremos que estar muy atentos para proteger a los cardenales —dijo Dante.
—No solo para protegerles, sino para buscarle. Aunque no intente nada, estará allí, mirándonos y riéndose. Podría jugarme el cuello.
Plaza de San Pedro
Viernes, 8 de abril de 2005. 10:15
El funeral de Juan Pablo II transcurrió con tediosa normalidad. Todo lo normal que pueda ser el funeral del líder religioso de más de mil millones de personas al que asistan algunos de los jefes de estado y de las testas coronadas más importantes de la Tierra. Pero no solo ellos estaban allí. Cientos de miles de personas abarrotaban la Plaza de San Pedro, y detrás de cada uno de aquellos rostros había una historia que bullía tras los ojos de su dueño como un fuego tras las rejas de la chimenea. Algunos de esos rostros tendrían, no obstante una importancia radical en ésta historia.
Uno de ellos era el de Andrea Otero. No vio a Robayra por ninguna parte. La periodista descubrió tres cosas en la azotea a la que se encaramó, junto con otros compañeros de un equipo de televisión alemán. Una, que mirando fijamente con prismáticos te entra un terrible dolor de cabeza a la media hora. Dos, que las nucas de todos los cardenales parecen iguales. Y tres, que sólo había ciento doce purpurados sentados en aquellas sillas. Lo comprobó varias veces. Y la lista de electores que tenía impresa sobre sus rodillas proclamaba que debían ser ciento quince.
Camilo Cirin no se habría sentido nada cómodo si hubiera conocido los pensamientos que ocupaban a Andrea Otero, pero tenía sus propios (y graves) problemas. Viktor Karoski, el asesino en serie de cardenales, era uno de ellos. Pero mientras que Karoski no causó ningún problema a Cirin durante el funeral, sí lo hizo un avión sin identificar que invadió el espacio aéreo del Vaticano en plena celebración. La angustia que dominó a Cirin durante unos momentos recordando los atentados del 11 de septiembre no era menor que la de los pilotos de los tres cazas que fueron en su persecución. Por suerte el alivio llegó minutos después, cuando se descubrió que el piloto del avión sin identificar era un macedonio que había cometido un error. El episodio llevó los nervios de Cirin al límite. Un subordinado cercano comentaría después que escuchó a Cirin levantar la voz por primera vez tras quince años a sus órdenes.
Otro subordinado de Cirin, Fabio Dante, estaba entre el público. Maldecía su suerte porque la gente se apiñaba al paso del féretro con el papa Wojtyla sobre él, y muchos gritaron “Santo subito![33]” en sus orejas. Desesperadamente intentaba ver por encima de los carteles y las cabezas, buscando a un fraile carmelita con barba abundante. No fue el que más se alegró de que terminara el funeral, pero casi.
El padre Fowler fue uno de los muchos sacerdotes que repartieron la comunión entre el público, y en más de una ocasión creyó ver la cara de Karoski en la persona que iba a recibir el cuerpo de Cristo de sus manos. Mientras cientos de personas desfilaban delante de él para recibir a Dios, Fowler rezaba por dos motivos: uno era la causa que le había llevado a Roma y el otro era pedir iluminación y fortaleza al Todopoderoso ante lo que había hallado en la Ciudad Eterna.
Ignorante de que Fowler pedía ayuda al Creador en buena parte por causa de ella, Paola escrutaba los rostros de la multitud desde la escalinata de San Pedro. Se había colocado en una esquina, pero no rezó. Nunca lo hacía. Tampoco miraba a la gente con mucha atención, pues al cabo de un rato todas las caras le parecían iguales. Lo que hacía era pensar en los motivos de un monstruo.
El doctor Boi se situó delante de varios monitores de televisión con Angelo, el escultor forense de la UACV. Recibían la imagen directa de las cámaras de la RAI que había sobre la Plaza, antes de que pasaran por realización. Allí montaron su propia caza, de la que obtuvieron un dolor de cabeza parecido al de Andrea Otero. Del “ingeniero”, como lo seguía llamando Angelo en su afortunada ignorancia, ni rastro.
En la explanada, agentes del Servicio Secreto de George Bush llegaron a las manos con agentes de la Vigilanza cuando éstos no le permitieron el paso a aquellos en la Plaza. Para aquellos que conozcan, aunque sólo sea de oídas, la labor del Servicio Secreto, resultará insólito que, durante aquel día se quedaran fuera. Nadie, nunca, en ningún lugar, les había negado el paso tan rotundamente. Desde la Vigilanza se les negó el permiso. Y, por mucho que insistieron, fuera se quedaron.
Viktor Karoski asistió al funeral de Juan Pablo II con suma devoción, rezando en voz alta. Cantó con una voz hermosa y profunda en los momentos apropiados. Vertió una lágrima muy sincera. Hizo planes para el futuro.
Nadie se fijó en él.
Sala de Prensa del Vaticano
Viernes, 8 de abril de 2005. 18:25
Andrea Otero llegó a la rueda de Prensa con la lengua fuera. No solo por el calor, sino porque se había dejado el carné de Prensa en el hotel y había tenido que pedirle al asombrado taxista que diera media vuelta para recogerlo. El descuido no fue crítico porque había salido con una hora de antelación. Quería llegar antes de tiempo para poder hablar con el portavoz del Vaticano, Joaquín Balcells, sobre la “evaporación” del cardenal Robayra. Todos los intentos de localizarle que había hecho habían sido infructuosos.
La sala de Prensa estaba en un anexo al gran auditorio construido durante el gobierno de Juan Pablo II. Un edificio modernísimo, con más de seis mil asientos de capacidad, que siempre estaba lleno a rebosar los miércoles, el día de la audiencia del Santo Padre. La puerta de entrada daba directamente a la calle, y quedaba justo al lado del palacio del Sant’Uffizio.
La sala en sí era una estancia con asientos para ciento ochenta y cinco personas. Andrea creyó que llegando quince minutos antes de la hora tendría un buen sitio para sentarse, pero era evidente que más de trescientos periodistas habían tenido la misma idea. Tampoco era tan sorprendente que la sala se quedara pequeña. Había 3042 medios de comunicación de noventa países acreditados para cubrir el funeral que se había celebrado aquella mañana y el Cónclave. Más de dos mil millones de seres humanos, la mitad de ellos católicos, se habían despedido en la comodidad de sus salas de estar del difunto Papa aquella misma mañana. Y yo estoy aquí. Yo, Andrea Otero. Ja, si pudieran verla ahora sus compañeras de la facultad de Periodismo.
[33] “Santo pronto”. Con ese grito, muchos pedían la canonización inmediata de Juan Pablo II.