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Электронная книга - «Al Amparo De La Noche». Краткое содержание книги:

El comienzo de una tragedia… Cate Nightingale vive con sus gemelos de 4 años en el pueblo de Trail Stop. A pesar de que ha enviudado siendo muy joven, saca adelante a sus niños gracias a su trabajo en un hostal en el que recibe pocos visitantes. La ayuda de Calvin Harris, muy hábil para la carpintería o la fontanería, es fundamental para que su negocio subsista. Pero Cate ni siquiera se imagina qué tan importante será este hombre en su vida, hasta que la desaparición de uno de sus huéspedes desencadena la tragedia. Y cuando Calvin la rescata de una situación muy peligrosa, Cate comienza a mirar con otros ojos a este ex marine que sólo desea entrar en su corazón
…Los llevará a una arriesgada aventura. Calvin Harris es un hombre solitario que realiza tareas de mantenimiento en el hostal de Cate Nightingale. Secretamente enamorado de la protagonista, la ayuda en todo lo que puede para que ella y sus hijos puedan vivir sin apuros económicos. Sin embargo, el destino lo obligará a demostrar su callada valentía para salvar a sus vecinos de un horrible fin. Escapa con Cate bajo el amparo de la noche, para obtener la ayuda que necesitan y así deshacerse de los invasores. Y quizá a través de esta verdadera odisea para contactar con el pueblo más cercano, la mujer a la que ama descubra el verdadero héroe que hay en él.
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– ¡Shhh! -Cate emitió uno de esos sonidos de advertencia que eran la especialidad de las madres, Cal se quedó inmóvil y luego, lentamente, volvió a mirar hacia delante.

En silencio, Cate limpió las heridas y aplicó gasas secas sobre los cortes más profundos. Por desgracia, la sangre las empapaba e impedía que se movieran, pero Cate aprovechó para aplicar pomada antiséptica a las heridas más pequeñas y vendarlas con tiritas. Cal tenía la piel fría y húmeda, lo que recordó a Cate que, con ese frío, apenas llevaba una camiseta y unos pantalones y que había estado sudando… y ahora ella le había limpiado las heridas con toallitas mojadas. El pobre debía de estar congelado, pero no se movía.

– Necesita algo de ropa -le susurro a Sherry.

– No pasa nada -dijo él por encima del hombro.

Cate notó cómo algo estallaba en su interior, una enorme burbuja de tensión que casi acaba con ella.

– Sí, Calvin Harris, ¡sí que pasa! -respondió, enfurecida-. Sí que pasa. No está bien que vayas por ahí medio desnudo y herido en una noche tan fría. Encontraremos algo de ropa para ti y no se hable más -esa noche habían sucedido cosas mucho peores que aquella, pero esas no podía arreglarlas. Sin embargo, si Cal quería dar otro paso sin un abrigo o, al menos, una camisa, sería por encima de su cadáver.

Él se calló y Cate se preguntó si habría perdido la cabeza. Estaba empezando a perder la perspectiva otra vez, y las cosas pequeñas parecían de vital importancia y las grandes se perdían en el olvido. Se fijó en la fuerte espalda de Cal, el largo surco de la columna vertebral y las capas de músculos y le vinieron ganas de gritar. Sin embargo, en lugar de eso respiró hondo y se concentró en limpiarle los dos cortes más profundos. Todavía salía una especie de sangre acuosa, pero nada más. Las impregnó con antibiótico y luego, mientras con una mano sujetaba los dos extremos del corte, con la otra los iba uniendo con pequeñas tiritas. Cuando terminó, los cortes ya no parecían abiertos. Era posible que, después de todo, no necesitara sutura porque ninguno de los dos cortes era grave, pero Cate no había querido arriesgarse.

– Lo he hecho lo mejor que he podido -dijo, al final, devolviendo todos los utensilios al botiquín, al mismo sitio donde los había encontrado y recogiendo los papeles que había tirado al suelo. Se quedó dudando unos segundos, porque no sabía dónde lanzarlos, así que volvió a tirarlos al suelo. Ya se encargaría de la limpieza más adelante.

Cal hizo ademán de levantarse, pero ella le colocó la mano en el hombro derecho y lo obligó a sentarse.

– Cal necesita algo de ropa -dijo, en voz alta, dirigiéndose a los vecinos reunidos en su jardín-. Una camisa, una chaqueta, lo que sea. ¿Alguien lleva algo para prestarle? -y luego añadió-. Ahora entraré en casa a buscar mantas para abrigarnos.

– ¿Por qué no vamos dentro? -preguntó Milly, con la voz temblorosa por el frío.

– La casa de Cate quizá está un poco cerca de la acción -respondió Cal-. Hay otras casas más lejos y fuera de la línea de fuego. Creo que aquí estamos a salvo, pero no estoy seguro. Una bala de gran calibre puede atravesar varias casas, a menos que choque con algo que la detenga, como una nevera. Comprobaré las distancias cuando se haga de día. Hasta entonces, tenemos que ir todavía un poco más atrás, colocar más edificios entre los tiradores y nosotros. Gracias -añadió, cuando le pasaron una camisa de franela. Cate no vio quién había sido el donante. Cal se la puso muy deprisa; estaba temblando.

– El armario de los abrigos está detrás de la puerta principal, a la derecha -le dijo Cate-. Hay varios, y el armario de las sábanas, donde habrá mantas, está a este lado del lavadero. Entraré, cogeré todo lo que pueda, y volveré enseguida.

– Yo lo haré -respondió él, volviéndose hacia el porche.

Cate lo agarró por el brazo y lo detuvo.

– No puedes hacerlo todo. Ve a buscar a Creed y a Neenah y los demás. Yo me encargaré de los abrigos y las mantas. ¿Dónde vamos después, para que puedas encontrarnos?

Por un segundo, Cate creyó que Cal discutiría su plan, pero dijo:

– Id a casa de los Richardson -era la casa que estaba más lejos del puente-. El fuego procedía de, al menos, tres posiciones distintas, de modo que tendrán distintos ángulos de tiro. Manteneos agachados, intentad que siempre haya algún edificio entre vosotros y las montañas, desde el puente hasta la grieta de la roca. ¿Entendido? -lo había dicho en voz alta para todos, no sólo para Cate.

– Sí -tenía el aliento helado.

– Si tenéis que cruzar un espacio abierto, hacedlo deprisa. No vayáis en fila recta porque, si no, los últimos tienen muchos números de caer. Variad el trazado, la velocidad, todo lo que podáis. Si es posible no encendáis las linternas; si estáis en un espacio abierto, estaréis delatando vuestra posición.

En la oscuridad, todas las cabezas asintieron.

– ¿Cuánto tardarás? -preguntó Cate, intentando disimular los nervios de su voz. No quería que se marchara sólo, aunque entendía perfectamente que tenían que saber qué estaba pasando. Además, iba armado; no estaba indefenso.

– No lo sé. No sé con qué voy a encontrarme -giró la cabeza la miró fijamente en la oscuridad, una larga y calmada mirada que era tan potente como una caricia-. Pero volveré. Cuenta con ello -y se marchó, perdiéndose en la noche con unos cuantos pasos.

Capítulo 18

Neenah se estremeció y empezó a agitar los brazos convulsivamente contra el cuerpo de Creed, que la aplastaba contra la alfombra. La onda expansiva de la explosión había sacudido toda la casa y los había envuelto en una nube de polvo. Creed le cubrió la cabeza con los brazos, intentando protegerle el cuerpo entero por si caía algún trozo de madera o algún objeto de la casa.

Y luego nada, un silencio muy extraño que les hacía silbar las orejas.

– ¿Te-Terremoto? -gritó ella.

– No. Una explosión -Creed levantó la cabeza y sólo vio oscuridad. No había luz, ¡menuda sorpresa! Seguro que la explosión había destrozado la línea eléctrica que cruzaba el río por el puente.

Y entonces oyeron un «¡crack!» seco y fuerte que le congeló la sangre y, al mismo tiempo, la ventana de delante de la casa se rompió en mil pedazos. Creed notó que varias cosas le caían encima del cuerpo, pero las ignoró cuando les empezaron a llover tiros. Empezó a moverse y puso en práctica los veinte años de entrenamiento con los marines, a pesar de que ya hacía ocho años que lo había dejado; arrastró a Neenah debajo de su cuerpo mientras él gateaba y se deslizaba hacia el pequeño pasillo que había visto al entrar, más protegido que el salón. No se veía absolutamente nada, pero tenía un sentido de la orientación excelente.

Neenah estaba completamente callada, sólo se la oía respirar de forma entrecortada. Estaba colgada de él como un mono e intentaba ayudarle empujándose con los pies. Ella también había reconocido ruido de los rifles; al fin y al cabo, había crecido entre personas que todavía cazaban para conseguir parte de la comida diaria.

Sin embargo, Creed no sabía de dónde provenían los disparos, si el objetivo era Neenah o era él, o si no lo eran ninguno de los dos y se trataba más de estar en el sitio equivocado en el momento equivocado. Ahora mismo, el por qué no importaba, sólo el dónde, la dirección desde donde venían los disparos. No podía salir corriendo hacia cualquier parte, tenía que mantener a Neenah a salvo.

– ¿Dónde está la cocina? -preguntó, mientras oía cómo impactaban todas las ráfagas de balas. Parecía la guerra. La cocina los protegería mejor, con tantos aparatos metálicos. Una bala de alto calibre disparada por un rifle podía atravesar varias paredes, a menos que la detuviera algo como una nevera. Y, aunque Neenah tuviera una pared llena de neveras, no tenía ninguna intención de levantarse.

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