La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
El tratante se despertó bien temprano y salió a inspeccionar su ganado. Ahora le tocaba a él mirar alrededor perplejo. -¿Dónde diablos está esa muchacha? -preguntó a Tom. Tom, que había aprendido la sabiduría de guardar silencio, no se sintió obligado a expresar sus observaciones y sospechas, por lo que dijo no saberlo.
– No es posible que desembarcase en ningún sitio durante la noche, porque yo estaba despierto y ojo avizor cada vez que atracaba el barco. Nunca confió estos menesteres a los demás.
Dirigió este discurso confidencialmente a Tom, como si su contenido fuese de especial importancia para él. Tom no respondió.
El tratante registró el barco de proa a popa, entre cajas, balas y toneles, entre las máquinas, junto a la chimenea, pero en vano.
– Vamos, Tom, sé justo, pues -dijo cuando, tras una búsqueda infructuosa, se acercó a donde se encontraba Tom-. Tú sabes algo, vamos. No me digas que no; yo sé que sí. Yo vi a la muchacha tendida aquí a las diez, y otra vez a las doce, y entre la una y las dos; y luego a las cuatro no estaba, y tú dormías ahí todo el tiempo. Sabes algo, pues, es imposible que no.
– Bien, amo -dijo Tom-, antes del amanecer me rozó algo y medio desperté; después oí una gran zambullida y me desperté del todo y ya no estaba la muchacha. Eso es todo lo que sé.
El tratante no estaba escandalizado ni asombrado porque, como hemos dicho antes, estaba acostumbrado a muchas cosas a las que usted no lo está. Incluso la terrible presencia de la Muerte no le infundía un frío solemne. Había visto la Muerte muchas veces -la conoció por su oficio y llegó a tratarla bastante- y sólo le pareció un cliente muy duro de roer que le estropeaba muy injustamente los negocios; por lo que sólo juró que la muchacha era un fastidio, que él tenía muy mala suerte y que, si las cosas seguían igual, no sacaría ni un centavo del viaje. En resumen, parecía considerarse un hombre decididamente maltratado; pero la cosa no tenía remedio, puesto que la mujer se había escapado a un estado que nunca repatría a ningún fugitivo, aunque toda la gloriosa Unión lo exija. El tratante, por lo tanto, se sentó desconsoladamente con su pequeña libreta de cuentas y apuntó bajo el apartado de pérdidas el cuerpo y alma de la muerta.
– Es un ser repugnante este tratante ¿verdad? ¡Tan insensible! ¡Es realmente terrible!
– Oh, pero nadie tiene buena opinión de estos tratantes. Son despreciados por todo el mundo; no son recibidos por la buena sociedad.
Pero, señor, ¿quién hace al tratante? ¿Quién tiene la mayor parte de culpa? ¿El hombre ilustrado, culto e inteligente que apoya el sistema del que el tratante es el resultado inevitable o el mismo tratante? Usted hace la regulación pública que permite su oficio y a él lo corrompe y pervierte hasta que ya no se avergüenza de ello; ¿en qué es mejor usted que él?
¿Usted es educado y él ignorante, usted enaltecido y él rastrero, usted refinado y él basto, usted tiene talento y él no? En el día de un juicio futuro, estas mismas consideraciones pueden inclinar el balance a favor de él y no de usted. Al concluir estos pequeños incidentes de comercio legítimo, debemos rogar al mundo que no piense que los legisladores estadounidenses carecen totalmente de humanidad como se podría inferir injustamente de los grandes esfuerzos realizados en el senado nacional por proteger y perpetuar este tipo de tráfico.
Porque ¿quién no está enterado de cómo se superan nuestros grandes hombres en arengar contra el tráfico de esclavos en el extranjero? Es edificante ver y oír la verdadera multitud de Clarkson [20] y Wilberforce que han surgido entre nosotros para defender ese tema. ¡Es feísimo traficar con negros de África, querido lector! ¡No se puede tolerar! ¡Pero traficar con negros de Kentucky es una cosa muy diferente!
CAPITULO XIII
Una escena tranquila se alza ante nuestros ojos. Una cocina grande, espaciosa y bien pintada con el suelo liso y reluciente, sin una partícula de polvo, y un fogón limpio y bien ennegrecido; hileras de cacerolas de estaño, sugerentes de multitud de cosas buenas para el apetito; brillantes sillas verdes de madera, viejas y sólidas; una pequeña mecedora de asiento abatible, con un cojín de retazos encima, cuidadosamente realizado con retales de lana de diferentes colores, y una más grande, vieja y maternal, cuyos brazos extendidos invitaban hospitalariamente a sentarse, y unos mullidos almohadones de plumas secundaban la invitación: una mecedora realmente confortable y acogedora que valía más, por la comodidad sencilla y hogareña de la que alardeaba, que una docena de los elegantes sillones de salón de terciopelo o brocado; y en esta mecedora, balanceándose suavemente hacia adelante y hacia atrás, con los ojos fijos en una fina labor de costura, se encontraba nuestra buena amiga Eliza. Sí, ahí está, más pálida y delgada que cuando estaba en su casa de Kentucky, y con un mundo de penas reprimido bajo la sombra de sus largas pestañas y esbozando el contorno de su tierna boca. Se veía claramente que la disciplina del pesado dolor había envejecido y endurecido el corazón juvenil; y cuando al rato levantó los oscuros ojos para seguir los retozos del pequeño Harry, que correteaba de aquí para allá por todo el suelo como una mariposa tropical, se veían una firmeza y una resolución profundas que no estaban allí en los días más felices de antaño.
Junto a ella se encontraba sentada una mujer con una reluciente palangana de hojalata en el regazo, en la que iba clasificando melocotones secos. Podía tener unos cincuenta y cinco o sesenta años, pero tenía uno de aquellos rostros que el tiempo parece tocar sólo para adornarlos y embellecerlos. El níveo gorro de crespón, cortado según el severo patrón cuáquero, el sencillo pañuelo de muselina dispuesto en sobrios pliegues sobre el pecho, el chal y el vestido poco atractivos: todo delataba a qué comunidad pertenecía. Su cara era redonda y rosada, con saludable piel suave que hacía pensar en un melocotón maduro. Su cabello, plateado parcialmente por los años, estaba peinado hacia atrás desde la frente alta y serena donde el tiempo no había impreso otro mensaje que paz sobre la tierra y buena voluntad para con los hombres; debajo brillaban un par de grandes ojos claros, honestos y amables de color castaño; sólo había que mirar en ellos para tener la sensación de ver hasta el fondo de un corazón tan bueno y leal como jamás latiera en un pecho de mujer. Se ha alabado y cantado tanto la hermosura de las muchachas jóvenes, ¿por qué no ensalza alguien la belleza de las mujeres mayores? Si alguien quiere inspiración para este menester, le remitimos a nuestra buena amiga Rachel Halliday, que está ahí sentada en su pequeña mecedora. Tenía tendencia a crujir y chirriar esa mecedora o bien por haber cogido frío en sus años mozos o por padecer asma o, quizás, por alguna dolencia de los nervios; pero al balancearse hacia adelante y hacia atrás con suavidad, la mecedora emitía una especie de sonsonete que hubiera sido insoportable si lo hubiese producido cualquier otra silla. Pero el viejo Simeon Halliday a menudo declaraba que le gustaba tanto como cualquier música y los hijos juraban todos que no quisieran dejar de oír la mecedora de su madre por nada del mundo. ¿Por qué? Durante unos veinte años, no había emanado de esa mecedora nada que no fueran palabras afectuosas, tiernas regañinas y atenciones maternales; se habían curado allí innumerables dolores de cabeza y de corazón; se habían resuelto problemas espirituales y temporales y todo era obra de una buena mujer cariñosa, ¡que Dios la bendiga!
– ¿Aún piensas ir al Canadá, Eliza? -preguntó mientras repasaba los melocotones.
– Sí, señora -dijo Eliza con resolución-. Debo seguir adelante. No me atrevo a detenerme.
[20] Thomas Clarkson (1760-1846). Filántropo y anti-esclavista, compañero de Wilberforce en su lucha por la emancipación de la esclavitud en las colonias del Imperio Británico.