Los hombres de la guadaña
- Автор: Коннолли Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los hombres de la guadaña». Краткое содержание книги:
Lo que no le dijo a Ángel fue que parte de él deseaba fervientemente ser consumido así.
También Parker había alterado algo dentro de Louis, porque éste veía combinados en el detective elementos tanto de Ángel como de sí mismo: poseía la compasión de Ángel, su deseo de impedir que los débiles fuesen pisoteados por los fuertes y los crueles; pero también tenía algo de la predisposición de Louis a golpear, juzgar y administrar el castigo, la predisposición e incluso la necesidad. Existía un delicado equilibrio entre Parker y Louis, como éste sabía: Parker mantenía a raya lo peor de Louis, pero Louis ofrecía una válvula de escape a lo peor de Parker. ¿Y Ángel qué pintaba ahí? Bueno, Ángel era el pivote en torno al que giraban los otros dos, el confidente de ambos, y contenía dentro de sí ecos tanto de Louis como de Parker. Pero ¿no podía decirse eso mismo de los tres? Era lo que los unía, eso y una sensación de que Parker avanzaba hacia un enfrentamiento en el que también ellos estaban destinados a participar.
Nunca había imaginado que acabaría atado a un hombre como Ángel. De hecho, durante muchos años había optado por no reconocer su sexualidad. De joven le parecía un aspecto vergonzoso de sí mismo, y lo había reprimido tan bien que, al hacerse mayor, cualquier manifestación le había generado conflicto.
Hasta que un día ese hombre de aspecto extraño entró a robar en su apartamento. Ni siquiera lo hizo especialmente bien: prueba de ello era que acabó ante la pistola de Louis mientras intentaba sacar un televisor por la ventana. ¿Quién, se preguntaba Louis a menudo, entra en un apartamento decorado obviamente con un gusto exquisito, lleno de obras de arte, pequeñas y fáciles de transportar, e intenta robar un pesado televisor? No era extraño que Ángel hubiese ido a parar a la cárcel. Como ladrón era un fracaso estrepitoso, pero cuando se trataba de abrir cerraduras… En fin, ahí residía su verdadero genio. En ese sentido, tenía talento. Era, sospechaba Louis, la pequeña broma de Dios a Ángel; le concedió la habilidad necesaria para acceder a cualquier espacio cerrado, pero luego lo privó de la malicia necesaria para dar uso práctico a esa habilidad, a no ser, claro está, que se convirtiera en cerrajero y se ganara la vida con un trabajo honrado y un sueldo honrado, concepto que a Ángel le repugnaba.
Casi tanto como repugnaba a Louis el peculiar sentido de la moda de su compañero. Al principio, Louis pensó que era una afectación; eso o simple cicatería. Ángel daba batidas entre las pilas de saldos de Filene's, T.J. Maxx, Marshall's, cualquier sitio donde se unieran colores primarios en combinaciones inverosímiles. No le interesaban mucho los centros comerciales de outlets, a menos que dichas tiendas incluyeran, además, una sección con artículos tan rebajados que los establecimientos prácticamente pagaran a los clientes por llevarse el género. No, los outlets eran un recurso demasiado fácil. A Ángel le gustaba la caza, la emoción de la persecución, ese momento de placer derivado de encontrar de manera inesperada una camisa de Armani de color verde lima rebajada a una décima parte de su precio original, y un par de vaqueros de diseño a juego, en el supuesto de que al decir «a juego» uno entendiese «desentonar de manera insoportable». La cuestión era que Ángel se enorgullecía mucho y muy sinceramente de sus adquisiciones, y Louis había tardado años en darse cuenta de que cada vez que él hacía un comentario desfavorable sobre la elección de la indumentaria de su compañero, algo dentro de Ángel se encogía, como le ocurriría a un niño que intentase complacer a su padre o su madre preparando una comida y luego confundiese todos los ingredientes y acabase castigado en lugar de elogiado por sus esfuerzos. No importaba que, por lo que se refería a la ropa, Ángel pareciera daltónico. Aquello era ropa de diseño. No le había costado casi nada, pero era de buena calidad y tenía una etiqueta que la gente reconocía. Probablemente de niño Ángel soñaba con ponerse ropa bonita, con tener cosas caras, pero de adulto no podía justificar el alto coste de tales artículos. Estaban destinados a otros, no a él. No se consideraba digno de ellos. Pero podía engañarse comprándolos por casi nada, ya que si eran baratos, no requerían justificación.
Louis regaló una vez a Ángel una preciosa chaqueta de Brioni, y la prenda había languidecido en el armario durante años. Cuando Louis por fin se lo planteó abiertamente, Ángel explicó que era demasiado cara para ponérsela, y él no era de los que vestían ropa cara. En ese momento Louis no entendió la respuesta, y no estaba muy seguro de entenderla ahora mucho mejor, pero desde entonces había aprendido a morderse la lengua cuando Ángel le mostraba sus últimas adquisiciones para su aprobación, a menos que se tratara de una provocación más allá de los límites de la tolerancia de un mortal. Ángel, por su parte, había empezado a aprender que una ganga no era una ganga si nadie era capaz de mirarla sin gafas de sol o un antiemético. Por lo tanto, habían llegado a una especie de acuerdo.
Ahora, mientras Ángel estaba en su taller, con la mirada perdida, ante los componentes electrónicos esparcidos sobre la mesa, Louis se hallaba en un despacho anónimo a diez manzanas de allí, frente a la pantalla de un ordenador, preguntándose si no sería mejor ocuparse él solo de Leehagen, dejando al margen a Ángel. La idea duró tanto como un insecto en un horno. Ángel no lo aceptaría. Sin embargo, a diferencia de Ángel, Louis tenía un único propósito: cazar, proporcionar la solución final a cualquier problema. Disfrutaba con eso. Desde la aparición de la amenaza de Leehagen se había sentido más vivo que en cualquier otro momento del último año. Viejos músculos volvieron a la vida, viejos instintos se pusieron otra vez en primer plano. Él y las cosas y las personas que le importaban estaban en peligro, pero se sentía capaz de atajar y neutralizar la amenaza. Ángel permanecería a su lado, pero no compartiría el placer de Louis en lo que estaba por venir, y Louis procuraría ocultar el suyo lo mejor posible. No era el placer de matar, se dijo, sino el placer de un artesano en el ejercicio de sus habilidades. Sin esa oportunidad era un simple mortal, y a Louis no le gustaba ser un «simple» nada.
Encendió el ordenador y empezó a seguir el rastro de Arthur Leehagen.
Gabriel estaba sentado en la sala de observación de Wooster. El chico era alto, aunque quizá demasiado delgado, pero eso ya cambiaría. Ya era apuesto, y lo sería aún más. Poseía una serenidad que era buena señal. Pese a las horas de interrogatorio, mantenía la cabeza en alto. Tenía en los ojos una expresión despierta y vigilante. Parpadeaba poco.