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Hermanos de armas [Brothers in Arms - es]

Электронная книга - «Hermanos de armas [Brothers in Arms - es]». Краткое содержание книги:

El inefable Miles Vorkosigan se encuentra en esta ocasión en la Tierra, sin dinero y con los dolores de cabeza que le da el interpretar a dos personajes a la vez con sus respectivos enemigos. La situación se complica cuando algunos de sus hombres organizan un escándalo en una tienda de licores cuando la máquina no les acepta la tarjeta de crédito. Por culpa de una periodista perspicaz Miles se ve obligado a dar una nueva vuelta de tuerca en su farsa: decide que su otra identidad es en realidad un clon suyo, y engaña a la periodista. Sin embargo, lo que no se podía esperar es que realmente un clon suyo estuviera dispuesto a reemplazarle.
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—Esperad fuera —dijo el clon a los guardias.

Éstos se miraron, se encogieron de hombros y obedecieron llevándose un par de sillas acolchadas para estar cómodos.

El silencio que se hizo al cerrarse la puerta fue profundo. El duplicado caminó lentamente alrededor de Miles a la distancia segura de un metro, como si Miles fuera una serpiente que pudiera golpear de pronto. Se retiró para encararse a él desde un metro y medio de distancia, apoyado en la comuconsola, agitando un pie. Miles reconoció la postura como propia. Nunca volvería a utilizarla sin ser dolorosamente consciente de ello: un pequeño trocito de sí mismo que el clon le había robado. Uno de muchos trocitos diminutos. Se sintió súbitamente perforado, desgastado, harapiento. Y temeroso.

—¿Cómo, ah…? —empezó a decir Miles, y tuvo que detenerse para aclararse la garganta reseca—. ¿Cómo conseguiste escapar de la embajada?

—Acabo de pasar la mañana atendiendo los deberes del almirante Naismith —le dijo el clon. A regañadientes, Miles hizo un gesto con la cabeza—. Tu guardaespaldas creyó que me entregaba a la seguridad de la embajada barrayaresa. Los barrayareses creerán que mi guardia komarrés es un dendarii. Y yo gano un poco de tiempo sin tener que dar explicaciones. Bonito, ¿no?

—Arriesgado —observó Miles—. ¿Qué esperas conseguir que merezca la pena? La pentarrápida no funciona demasiado bien conmigo, ya sabes.

De hecho, Miles advirtió que el hipospray no estaba a la vista. Desaparecido, como Ser Galen. Curioso.

—No importa —el clon hizo un brusco gesto de desdén, otro trocito arrancado de Miles, twang—. No me importa si dices la verdad o mientes. Sólo quería oírte hablar. Verte, sólo una vez. Tú, tú, tú… —la voz del clon se redujo a un susurro, twang—, cómo he llegado a odiarte.

Miles se aclaró de nuevo la garganta.

—Quisiera señalar que, de hecho, nos conocimos por primera vez hace tres noches. Lo que te hayan hecho, no lo he hecho yo.

—Tú —dijo el clon—, me jodiste sólo con existir. Me duele que respires —se cruzó las manos sobre el pecho—. Sin embargo, eso se curará muy pronto. Pero Galen me prometió una entrevista primero. —Se levantó de la mesa y empezó a caminar; Miles se agitó—. Me lo prometió.

—¿Y dónde está Ser Galen esta mañana, por cierto?

—Fuera —el clon le dirigió una sonrisa agria—. Durante un ratito.

Miles alzó las cejas.

—¿Esta conversación no está autorizada?

—Me lo prometió. Pero luego se echó atrás. No quiso decir por qué.

—Ah… mm. ¿Desde ayer?

—Sí —el clon dejó de caminar para mirar a Miles con los ojos entornados—. ¿Por qué?

—Creo que tal vez por algo que yo haya dicho. Pensando en voz alta. Me temo que descubrí demasiadas cosas sobre su plan. Algo que ni siquiera tú puedes saber. Tenía miedo de que lo escupiera bajo los efectos de la pentarrápida. Eso me venía bien. Cuanto menos consiguieras sacar de mí, más probable era que cometieras un error.

Miles esperó, sin apenas respirar, para ver cómo mordía el anzuelo. Un eco de la jubilosa hiperconsciencia del combate resonó en sus nervios.

—Picaré —accedió el clon. Sus ojos brillaron, sardónicos—. Escúpelo, entonces.

Cuando tenía diecisiete años, la edad de este clon, había inventado a los mercenarios dendarii, recordó Miles. Quizá fuese mejor no subestimarlo. ¿Cómo sería ser un clon? ¿Hasta qué punto bajo la piel terminaba su similitud?

—Eres un sacrificio —dijo Miles bruscamente—. No pretende que llegues vivo al Imperio de Barrayar.

—¿Crees que no lo he pensado? —se burló el clon—. Sé que no me cree capaz de conseguirlo. Nadie me considera capaz…

Miles contuvo la respiración, como si le hubieran dado un golpe. Este twang caló hasta el hueso.

—Pero les daré una lección —los ojos del clon chispearon—. Ser Galen se llevará una gran sorpresa cuando vea lo que pasa cuando yo llegue al poder.

—Y tú también —predijo Miles morosamente.

—¿Crees que soy estúpido? —preguntó el clon.

Miles sacudió la cabeza.

—Me temo que sé exactamente lo estúpido que eres.

El clon sonrió, tenso.

—Galen y sus amigos pasaron un mes recorriendo Londres, persiguiéndote, intentando hacer el cambio. Fui yo quien les dijo que tenías que secuestrarte a ti mismo. Te he estudiado más tiempo, más intensamente que todos ellos. Sabía que no podrías resistirlo. Te supero.

Demostrablemente cierto, ay, al menos en ese momento. Miles combatió una oleada de desesperación. El chico era bueno, demasiado bueno… lo tenía todo, hasta la tensión que irradiaba a gritos de cada músculo de su cuerpo. Twang. ¿O era inducido? ¿Producían tensiones distintas los mismos gestos? ¿Cómo sería, tras aquellos ojos…?

Miles observó el uniforme dendarii. Su propia insignia le hizo un guiño malévolo mientras el clon caminaba.

—¿Pero superas al almirante Naismith?

El clon sonrió, orgulloso.

—He sacado a tus soldados de la cárcel esta mañana. Algo que tú no habías logrado hacer, evidentemente.

—¿Danio? —croó Miles, fascinado. «No, no, di que no es así…»

—Ha vuelto al servicio —asintió incisivamente el clon.

Miles reprimió un gemido.

El clon se detuvo, miró a Miles con intensidad, perdida parte de su determinación.

—Hablando del almirante Naismith… ¿te acuestas con esa mujer?

«¿Qué clase de vida había llevado aquel chico? —se preguntó de nuevo Miles—. Secreta, siempre vigilado, constantemente educado a la fuerza, contacto permitido sólo con unas cuantas personas seleccionadas… casi enclaustrado. ¿Habían pensado los komarreses en incluir eso en su entrenamiento, o era un muchacho virgen de diecisiete años? En ese caso, debía de estar obsesionado por el sexo…»

—Quinn —dijo Miles— es seis años mayor que yo. Enormemente experimentada. Y exigente. Acostumbrada a un alto grado de exquisitez en los compañeros que elige. ¿Estás iniciado en las prácticas de los cultos amorosos Deeva Tau tal como se practican en la Estación Kline? —era una apuesta segura, pensó Miles, ya que se lo acababa de inventar—. ¿Estás familiarizado con los Siete Caminos Secretos del Placer Femenino? Después de haber llegado al clímax cuatro o cinco veces, ella suele dejarte tranquilo…

El clon dio una vuelta a su alrededor, con aspecto claramente inquieto.

—Estás mintiendo. Creo.

—Tal vez —Miles sonrió mostrándole los dientes, deseando que su improvisada fantasía fuera real—. Piensa a qué te arriesgarías para averiguarlo.

El clon lo miró con mala cara. Él le devolvió la mirada.

—¿Se parten tus huesos como los míos? —preguntó Miles de pronto. Horrible idea. Supongamos que, por cada golpe que hubiera sufrido, le hubieran roto los huesos a ese muchacho. Supongamos que por cada error de cálculo de Miles, el clon lo hubiera pagado con creces… razones de sobra para odiar…

—No.

Miles ocultó su suspiro de alivio. Así que las lecturas de los sensores médicos no encajarían exactamente.

—Debe ser un plan a corto plazo, ¿no?

—Tengo que estar en la cima dentro de seis meses.

—Eso había entendido. ¿Y qué flota espacial sembrará el caos en Barrayar, tras su salida del agujero de gusano, cuando Komarr vuelva a levantarse? —Miles habló con ligereza, tratando de parecer sólo casualmente interesado en este fragmento vital de información.

—Íbamos a llamar a los cetagandanos. Eso se ha anulado.

Sus peores temores…

—¿Anulado? Me encanta, ¿pero por qué, en un plan singularmente insensato, habéis recobrado el sentido en esa parte?

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