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Hermanos de armas [Brothers in Arms - es]

Электронная книга - «Hermanos de armas [Brothers in Arms - es]». Краткое содержание книги:

El inefable Miles Vorkosigan se encuentra en esta ocasión en la Tierra, sin dinero y con los dolores de cabeza que le da el interpretar a dos personajes a la vez con sus respectivos enemigos. La situación se complica cuando algunos de sus hombres organizan un escándalo en una tienda de licores cuando la máquina no les acepta la tarjeta de crédito. Por culpa de una periodista perspicaz Miles se ve obligado a dar una nueva vuelta de tuerca en su farsa: decide que su otra identidad es en realidad un clon suyo, y engaña a la periodista. Sin embargo, lo que no se podía esperar es que realmente un clon suyo estuviera dispuesto a reemplazarle.
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—Cierto —suspiró el clon— y, hablando de lo que son, ¿cuál es su relación con esa comandante Quinn? ¿Habéis decidido finalmente si se la estaba tirando, o no?

—Sólo somos buenos amigos —canturreó Miles, y se echó a reír histérico. Saltó hacia la comuconsola (los guardias intentaron agarrarlo y fallaron) y, tras subirse a la mesa, se asomó al vid—. ¡Apártate de ella, pequeño mierda! Ella es mía, lo oyes, mía, toda mía… Quinn, Quinn, hermosa Quinn, Quinn de la noche, hermosa Quinn —cantó desafinando mientras los guardias lo arrastraban. Los golpes le hicieron guardar silencio.

—Creía que le habíais administrado pentarrápida —le dijo el clon a Galen.

—Así es.

—¡Pues no lo parece!

—Sí. Pasa algo raro. Sin embargo, se supone que no ha sido condicionado… Empiezo a dudar seriamente de la utilidad de mantenerlo con vida como fuente de información si no podemos confiar en sus respuestas.

—Magnífico —rezongó el clon. Miró por encima del hombro—. Tengo que irme. Informaré de nuevo esta noche. Si todavía estoy vivo.

Se desvaneció con un pitido irritado.

Galen acosó a Miles con una lista de preguntas: sobre el cuartel general imperial de Barrayar; sobre el emperador Gregor; sobre las actividades habituales de Miles cuando estaba destinado en la capital de Barrayar, Vorbarr Sultana; y, con insistencia, sobre los mercenarios dendarii. Miles, rebulléndose, contestó y contestó y contestó, incapaz de detener su rápido parloteo. Pero a la mitad se topó con un verso y acabó recitando todo el soneto. Los bofetones de Galen no pudieron desviarlo; las cadenas de asociación eran demasiado fuertes para romperlas. Después de eso consiguió esquivar el interrogatorio repetidamente. Las obras de metro y rima fuertes funcionaban mejor; los malos versos, las canciones obscenas de farra dendarii, todo lo que pudiera disparar una palabra o frase casual de sus captores. Su memoria parecía fenomenal. El rostro de Galen se ensombreció de frustración.

—A este paso estaremos aquí hasta el próximo invierno —dijo disgustado uno de los guardias.

Los labios ensangrentados de Miles esbozaron una sonrisa maniática.

—«Ahora es el invierno de nuestro descontento —gimió—, vuelto glorioso verano por este sol de York…»

Habían pasado años desde que memorizara la antigua obra, pero los sugestivos pentámetros yámbicos lo llevaron implacables de la mano. Aparte de golpearlo hasta dejarlo inconsciente, no parecía que Galen pudiera hacer nada por desconectarlo. Miles ni siquiera había llegado al final del Acto I cuando los dos guardias lo arrastraron de vuelta al tubo elevador y lo arrojaron a su prisión.

Una vez allí, sus aceleradas neuronas lo impulsaron de pared a pared, caminando y recitando, dando saltos arriba y abajo en el camastro en los momentos adecuados, adoptando todos los papeles femeninos con un agudo falsete. Llegó hasta el último amén antes de desplomarse en el suelo y quedarse allí jadeando.

El capitán Galeni, que llevaba una hora acurrucado en un rincón de su camastro protegiéndose los oídos con las manos, alzó la cabeza con cautela.

—¿Ha terminado ya? —preguntó suavemente.

Miles se tendió de espaldas y miró aturdido la luz del techo.

—Tres hurras por la cultura… estoy mareado.

—No me extraña —el propio Galeni, pálido, parecía enfermo; seguía tembloroso por los efectos del aturdidor—. ¿Qué ha sido eso?

—¿La obra, o la droga?

—Reconozco la obra, gracias. ¿Qué droga ha sido?

—Pentarrápida.

—Está bromeando.

—Para nada. Tengo varias reacciones extrañas a los medicamentos. Hay toda una gama de sedantes que no puedo tocar. Al parecer, la pentarrápida está relacionada.

—¡Qué buena suerte!

«Dudo seriamente de la utilidad de mantenerlo con vida…»

—No lo creo —dijo Miles, distante. Se puso en pie, se abalanzó hacia el cuarto de baño, vomitó y se desmayó.

Despertó con la fija mirada de la luz acuchillando sus ojos, y se pasó un brazo por la cara para anularla. Alguien (¿Galeni?) le había arrastrado de vuelta al camastro. Galeni estaba ahora dormido al otro lado de la habitación, respirando pesadamente. Una comida, fría y olvidada, esperaba en un plato situado en el extremo del camastro de Miles. Debía ser de madrugada. Contempló inquieto la comida, luego la apartó de su vista, bajo la cama. El tiempo se estiró inexorable mientras se agitaba, se volvía, se sentaba, se tumbaba, dolorido y mareado. Imposible escapar ni siquiera en sueños.

A la mañana siguiente, después del desayuno, vinieron y se llevaron no a Miles, sino a Galeni. El capitán salió con una expresión de sombrío disgusto en los ojos. Desde el pasillo llegaron los sonidos de un violento altercado: Galeni intentando que lo aturdieran; una manera draconiana pero sin duda efectiva de evitar el interrogatorio. No tuvo éxito. Sus captores lo devolvieron a la celda, riendo como un loco, después de una sesión maratoniana.

Yació fláccido en la cama durante aproximadamente otra hora antes de sumirse en un sueño inquieto. Miles resistió amablemente la oportunidad de aprovecharse de los efectos residuales de la droga para plantearle unas cuantas preguntas propias. Lástima, los sujetos sometidos a la pentarrápida recordaban sus experiencias. Miles estaba bastante seguro de que una de las motivaciones personales de Galeni se hallaba en la palabra clave traición.

Galeni regresó por fin a una pastosa pero fría consciencia, sintiéndose enfermo. La resaca de la pentarrápida era una experiencia enormemente desagradable. En eso, la respuesta de Miles a la droga era la habitual. Se estremeció cuando Galeni hizo su viaje al cuarto de baño.

Regresó y se sentó pesadamente en el camastro. Sus ojos se posaron en el plato frío de la cena; lo apartó dubitativo con un dedo.

—¿Quiere usted esto? —le preguntó a Miles.

—No, gracias.

—Mm —Galeni quitó el plato de la vista, colocándolo bajo la cama, y se sentó, agotado.

—¿Qué buscaban en su interrogatorio? —Miles volvió la cabeza hacia la puerta.

—Esta vez, historia personal, principalmente.

Galeni se miró los calcetines, que se estaban quedando tiesos de tan sucios. Sin embargo, Miles no estaba seguro de que viera lo que estaba mirando.

—Parece tener dificultades para comprender que yo hablaba en serio. Al parecer estaba verdaderamente convencido de que sólo tenía que aparecer, silbar y tenerme corriendo a sus talones como lo hacía a mis catorce años. Como si el peso de toda mi vida adulta no contara para nada. Como si me hubiera puesto este uniforme de broma, o por desesperación o confusión… todo menos por una decisión razonada y de principios.

No había necesidad de preguntar a quién se refería. Miles sonrió con amargura.

—¿Qué, no fue por las botas de caña?

—Me dejé deslumbrar por los oropeles del neofascismo —le informó Galeni suavemente.

—¿Así es como lo definió? Es feudalismo, por cierto, no fascismo (aparte de algunos experimentos en centralización del difunto emperador Ezar Vorbarra). El deslumbrante oropel del neo-feudalismo, se lo aseguro.

—Conozco perfectamente los principios del Gobierno barrayarés, gracias —observó Galeni.

—Da igual —murmuró Miles—. Todo se ha ido consiguiendo sobre la marcha, ya sabe.

—Sí, lo sé. Me alegra saber que no es un analfabeto histórico como el oficial medio de hoy en día.

—Bueno… —dijo Miles—, si no fue por los galones dorados y las botas brillantes, ¿por qué está usted con nosotros?

—Oh, claro. —Galeni dirigió la mirada hacia la luz—. Siento un sádico placer psicosexual siendo un matón, un hampón y un gallito. Es una búsqueda de poder.

—Hola —le saludó Miles desde el otro lado de la habitación—, hable conmigo, no con él, ¿vale? Ya ha tenido su turno.

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