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Hermanos de armas [Brothers in Arms - es]

Электронная книга - «Hermanos de armas [Brothers in Arms - es]». Краткое содержание книги:

El inefable Miles Vorkosigan se encuentra en esta ocasión en la Tierra, sin dinero y con los dolores de cabeza que le da el interpretar a dos personajes a la vez con sus respectivos enemigos. La situación se complica cuando algunos de sus hombres organizan un escándalo en una tienda de licores cuando la máquina no les acepta la tarjeta de crédito. Por culpa de una periodista perspicaz Miles se ve obligado a dar una nueva vuelta de tuerca en su farsa: decide que su otra identidad es en realidad un clon suyo, y engaña a la periodista. Sin embargo, lo que no se podía esperar es que realmente un clon suyo estuviera dispuesto a reemplazarle.
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—Mm —Galeni se cruzó de brazos, sombrío—. En cierto modo, supongo que es verdad. Busco el poder. O lo buscaba.

—Por si sirve de algo, eso no es ningún secreto para el Alto Mando de Barrayar.

—Ni para ningún barrayarés, aunque por lo visto la gente de fuera de su sociedad lo pasa siempre por alto. ¿Cómo imaginan que una sociedad de castas aparentemente tan rígida ha soportado sin desintegrarse las increíbles tensiones de este siglo desde el final de la Era del Aislamiento? En cierto modo, el servicio imperial ha sido algo que tiene la misma función social que la Iglesia medieval aquí en la Tierra: una válvula de seguridad. A través del servicio, todo aquel que tenga talento puede superar sus orígenes de casta. Veinte años de servicio imperial, y salen siendo a todos los efectos Vor honorarios. Los nombres puede que no hayan cambiado desde la época de Dorca Vorbarra, cuando los Vor eran una casta cerrada de matones a caballo…

Miles sonrió al oír la descripción de la generación de su abuelo.

—… pero la sustancia se ha alterado hasta lo irreconocible. Y sin embargo, durante todo este tiempo los Vor han conseguido, de forma desesperada, aferrarse a ciertos principios vitales de servicio y sacrificio. Al conocimiento de que es posible, para un hombre que no quiere detenerse y agacharse, correr calle abajo con la oportunidad de dar… —Se detuvo en seco y se aclaró la garganta, ruborizado—. Mi tesis doctoral, ¿sabe? El servicio imperial barrayarés, un siglo de cambio.

—Ya veo.

—Quería servir a Komarr…

—Como su padre antes que usted —terminó Miles.

Galeni alzó bruscamente la mirada, sospechando sarcasmo, pero sólo encontró en sus ojos, confió Miles, ironía compasiva.

Galeni abrió la mano en un breve gesto de acuerdo y de comprensión.

—Sí. Y no. Ninguno de los cadetes que entraron en el servicio cuando lo hice yo han visto todavía una guerra. Yo la vi desde la calle…

—Sospechaba que estaba usted más íntimamente relacionado con la Revuelta komarresa de lo que revelan los informes de seguridad —observó Miles.

—Como aprendiz reclutado por mi padre —confirmó Galeni—. Algunas incursiones nocturnas, misiones de sabotaje… era bajo para mi edad. Hay lugares en los que un niño puede meterse como si jugara, mientras que un adulto es detenido. Antes de cumplir catorce años había ayudado a matar hombres… No abrigo ninguna ilusión sobre las gloriosas tropas imperiales durante la Revuelta de Komarr. Vi a hombres que llevaban este uniforme —se pasó un dedo por los pantalones verdes— hacer cosas vergonzosas. Por furia o miedo, por frustración o desesperación, a veces sólo por mala fe. Pero no vi que hubiera ninguna diferencia palpable para los cadáveres, para la gente corriente pillada en el fuego cruzado, ya resultaran quemados con el fuego de plasma de los malvados invasores o volados en pedazos por las implosiones gravitatorias de los buenos patriotas. ¿Libertad? Difícilmente podemos pretender que Komarr fuera una democracia antes de que llegaran los barrayareses. Mi padre decía que Barrayar había destruido Komarr, pero cuando yo miraba alrededor, Komarr seguía allí.

—No se pueden cobrar impuestos a una tierra yerma —murmuró Miles.

—Una vez vi a una niña pequeña… —se detuvo, se mordió los labios, continuó—: Lo que sí constituye una diferencia palpable es que no haya guerra. Yo pretendo, pretendía, crear esa diferencia palpable. Una carrera en el servicio, un retiro honorable, subir hasta ocupar un cargo ministerial… luego pasar a las filas del lado civil, luego…

—¿El virreinato de Komarr? —sugirió Miles.

—Esa pretensión sería un poco megalomaníaca —dijo Galeni—. Un nombramiento en el personal, desde luego —su mirada se apagó de manera visible mientras contemplaba la celda y arrugó los labios en una risa silenciosa, autodespectiva—. Mi padre, por otro lado, quiere venganza. La dominación extranjera de Komarr no es sólo un abuso, sino intrínsecamente maligna por principio. Tratar de convertirla en no extranjera por integración no es un compromiso, es colaboración, capitulación. Los revolucionarios komarreses murieron por mis pecados. Y así una y otra vez. Una y otra vez.

—Entonces, sigue intentando persuadirle para que se pase a su bando.

—Oh, sí. Creo que seguirá hablando hasta que apriete el gatillo.

—No es que le esté pidiendo, um, que sacrifique sus principios ni nada por el estilo, pero la verdad es que no creo que cometiera ningún pecado extra si usted, digamos, suplica por su vida. «El que lucha y huye vive para luchar otro día», y todo eso.

Galeni sacudió la cabeza.

—Precisamente por esa lógica no puedo rendirme. No voy a hacerlo porque no puedo. Si diera marcha atrás, él lo haría también, y se vería obligado a razonar que habría que matarme igual que ahora finge razonar lo contrario. Ya ha sacrificado a mi hermano. En cierto sentido, la muerte de mi madre fue consecuencia de esa pérdida, y de otras que le infligió en nombre de la causa. Supongo que eso hace que todo parezca muy edípico —añadió, en un destello de reflexión—, pero… la angustia de tomar las decisiones difíciles siempre ha atraído su alma romántica.

Miles sacudió la cabeza.

—Admito que conoce usted al hombre mejor que yo. Y sin embargo… bueno, la gente siente fascinación por las elecciones difíciles, y deja de buscar alternativas. La voluntad de ser estúpido es una fuerza muy poderosa…

Esto provocó una risita de Galeni, y una mirada pensativa.

—… pero siempre hay alternativas. Sin duda es más importante ser leal a una persona que a un principio.

Galeni alzó las cejas.

—Supongo que eso no debería sorprenderme, viniendo de un barrayarés. De una sociedad que tradicionalmente se organiza por juramentos internos de lealtad en vez de un marco externo de ley abstracta… ¿es debido a la política de su padre?

Miles se aclaró la garganta.

—A la teología de mi madre, en realidad. Desde dos puntos de partida completamente distintos llegan a esta extraña intersección en sus puntos de vista. La teoría de ella es que los principios vienen y van, pero que las almas humanas son inmortales, y que por tanto hay que decantarse hacia lo importante. Mi madre tiende a ser enormemente lógica. Es betana, ya sabe.

Galeni se adelantó con interés, las manos relajadas sobre las rodillas.

—Me sorprende que su madre haya tenido algo que ver con su educación. La sociedad barrayaresa tiende a ser tan, er, radicalmente patriarcal… Y la condesa Vorkosigan tiene fama de ser la más invisible de las esposas políticas.

—Sí, invisible —reconoció Miles alegremente—, como el aire. Si desapareciera uno apenas se daría cuenta. Hasta la próxima vez en que hubiera que respirar.

Reprimió un arrebato de añoranza de casa y un temor atroz… «si no regreso esta vez…».

Galeni sonrió, amablemente incrédulo.

—Es difícil imaginarse al gran almirante claudicando ante, ah, presiones matrimoniales.

Miles se encogió de hombros.

—Cede ante la lógica. Mi madre es una de las pocas personas que conozco que casi ha conquistado por completo la voluntad de ser estúpido —frunció el ceño, introspectivo—. Su padre es un hombre bastante inteligente, ¿no? Quiero decir, dadas sus premisas. Ha eludido a Seguridad, ha podido preparar al menos unos cuantos planes de acción temporalmente efectivos, tiene seguidores, es sin duda persistente…

—Sí, supongo que sí.

—Mm.

—¿Qué?

—Bueno… hay algo en todo este asunto que me molesta.

—¡Yo diría que mucho!

—No personalmente. Lógicamente. En abstracto. Como plan, hay algo que no encaja desde mi punto de vista. Claro que es un lío: hay que correr riesgos, siempre pasa cuando tienes que convertir un plan en acción. Pero por encima de todo están los problemas prácticos. Algo intrínsecamente retorcido.

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