La Garra del Conciliador [The Claw of the Conciliator - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Год: 1991
- Язык: испанский
- Год: Minotauro
- ISBN: 84-450-7142-4
- Переводчик: Luis Domenech
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Garra del Conciliador [The Claw of the Conciliator - es]». Краткое содержание книги:
Más allá de los árboles había un jardín tan antiguo que se me ocurrió que estaba olvidado por todos menos por los servidores que lo cuidaban. El asiento de piedra tenía allí cabezas talladas, que se habían desgastado hasta perder casi todas las facciones. Quedaban unos cuantos macizos de flores comunes, y con ellas, hileras fragantes de hierbas de cocina: romero, angélica, menta, albahaca y ruda, que crecían en un suelo negro como el chocolate por el trabajo de incontables años.
También había una pequeña corriente, de donde sin duda Dorcas había sacado el agua. Tal vez el manantial había sido una fuente en otro tiempo, pero ahora no era más que una especie de brote de agua que se elevaba en un cuenco poco profundo, salpicaba sobre el borde y se iba serpenteando por pequeños canales de tosca mampostería para regar los árboles frutales. Nos sentamos en el asiento de piedra, apoyé mi espada contra el brazo tallado, y Dorcas tomó mis manos en las suyas.
—Tengo miedo. Severian —dijo—. Tengo sueños terribles.
—¿Desde que me fui?
—Desde siempre.
—Cuando dormimos juntos en el campo me dijiste que habías despertado de un buen sueño. Dijiste que era muy minucioso y que parecía real.
—Si fue bueno, ya lo he olvidado.
Yo ya había advertido que ella procuraba apartar los ojos del agua que brotaba de las ruinas de la fuente.
—Todas las noches sueño que paseo por calles de tiendas. Soy feliz, o al menos estoy contenta. Tengo dinero, y hay una larga lista de cosas que quiero comprar. Una y otra vez me recito esa lista, y trato de decidir en qué lugares del barrio puedo adquirir lo mejor por el precio más bajo.
»Pero poco a poco, conforme voy de tienda en tienda, me doy cuenta cada vez más de que todo el mundo me desprecia y me odia, pues suponen que tengo un espíritu poco limpio que se ha envuelto en el cuerpo de mujer que ellos ven. Por último entro en una pequeña tienda atendida por un anciano y una anciana. Ella está sentada haciendo encaje, mientras que él me muestra lo que tiene extendiéndolo sobre el mostrador. Oigo detrás de mí el sonido que ella hace con el hilo cuando da una nueva puntada.
Le pregunté: —¿Qué es lo que entraste a comprar?
—Pequeñas prendas de vestir. —Y Dorcas mantuvo apartadas un palmo las manos pequeñas y blancas.— Tal vez ropa para muñecas. Recuerdo en particular unas camisitas defino algodón. Por fin elijo una y le doy el dinero al anciano. Pero no se trata en absoluto de dinero, sólo un puñado de porquería.
Le temblaban los hombros, y le pasé el brazo por encima para confortarla.
—Entonces tengo ganas de gritar que están equivocados, que no soy el sucio espectro por el que me toman. Pero sé que si lo hago, cualquier cosa que diga será interpretada como la prueba definitiva de que tienen razón, y las palabras me ahogan. Lo peor de todo es que el siseo de la hebra de hilo se interrumpe justo entonces. —Ella había vuelto a cogerme la mano libre, y ahora la apretaba como para meter en mí lo que quería decir.— Sé que nadie que no haya tenido ese mismo sueño podría comprenderme, pero es terrible. Terrible.
—Tal vez ahora que estoy de nuevo contigo, terminarán esos sueños.
—Y después me quedo dormida, o por lo menos me hundo en la oscuridad. Si entonces no despierto, tengo un segundo sueño. Me encuentro en un bote que se mueve en un lago espectral empujado por una pértiga…
—Al menos en eso no hay misterio —dije—. Una vez fuiste en un bote así con Agia y conmigo. Pertenecía a un hombre llamado Hildegrin. Seguramente te acuerdas de ese viaje.
Dorcas —meneé la cabeza. —No es ese bote, sino uno más pequeño. Un hombre lo empuja con una pértiga, y yo me he tendido a sus pies. Estoy despierta, pero no puedo moverme. Mi brazo se arrastra en las aguas negras. Justo cuando vamos a llegar a la orilla, caigo del bote y el viejo no me ve, y mientras me hundo en el agua sé que él nunca ha sabido que yo estaba allí. Pronto desaparece la luz y siento un gran frío. Muy por encima de mí, oigo una voz que grita mi nombre, pero no me acuerdo de quien es esa voz.
—Es mi voz, que te llama para despertarte.
—Tal vez. —La marca del látigo que Dorcas traía desde la Puerta de la Piedad le ardía como una llama en la mejilla.
Durante un rato estuvimos sentados sin hablar. Los ruiseñores callaban ahora, pero los pardillos cantaban en todos los árboles, y vi un loro, vestido de escarlata y verde, como un pequeño mensajero con librea, que se precipitaba entre las ramas.
—Qué cosa tan terrible es el agua. No te debería haber traído aquí, pero no se me ocurrió otro lugar por aquí cerca. Ojalá nos hubiéramos sentado en la hierba debajo de aquellos árboles.
—¿Por qué la odias? A mí me parece hermosa.
—Porque está aquí a la luz del sol, pero por su propia naturaleza siempre desciende, más y más, alejándose de la luz.
—Pero vuelve a subir —dije—. La lluvia que vemos en primavera es la misma agua que vimos correr por las alcantarillas un año antes, o al menos así nos lo enseñó el maestro Malrubius.
La sonrisa de Dorcas destelló como un sol.
—Es bonito creerlo, sea o no verdad. Severian, sería tonto decirte que eres la mejor persona que conozco, porque eres la única persona buena que conozco. Pero creo que si conociera miles de otros, todavía seguirías siendo el mejor. Eso es lo que quería hablar contigo.
—Si necesitaras mi protección, ya sabes que la tienes.
—No es nada de eso —dijo Dorcas—. De algún modo, yo quiero darte la mía. Eso sí que suena tonto, ¿verdad? No tengo familia, no tengo a nadie más que a ti, y sin embargo pienso que puedo protegerte.
—Conoces a Jolenta, al doctor Talos y a Calveros.
—No son nadie. ¿Es que no lo sientes, Severian? Incluso yo no soy nadie, pero ellos menos que yo. La pasada noche estuvimos los cinco en la tienda, y sin embargo tú estuviste solo. Una vez me dijiste que no tenías mucha imaginación, pero seguro que te diste cuenta.
—¿De eso quieres protegerme, de la soledad? Me agradaría contar con esa protección.
—Entonces te daré toda la que pueda, durante el tiempo que pueda. Pero sobre todo, quiero protegerte de la opinión del mundo. Severian, ¿recuerdas lo que te dije de mi sueño? ¿De cómo toda la gente en las tiendas y en la calle creía que yo no era más que un espectro horroroso? Tal vez tengan razón.
Estaba temblando, y la apreté contra mí.
—Por eso hay tanto dolor en el sueño. Pero hay dolor también porque en muchos sentidos sé que ellos están equivocados. El espectro sucio está en mí. Soy yo. Pero también hay en mí otras cosas, y soy esas cosas, tanto como eso otro.
—Nunca podrías ser un espectro sucio, ni nada sucio.
—Oh, sí —dijo con gravedad, y alzó la mirada hacia mí. Aquella carita levantada nunca fue más hermosa que entonces a la luz del sol, ni más pura—. Oh, sí, podría serlo, Severian. Igual que tú podrías ser lo que ellos te llaman, lo que a veces eres. ¿Recuerdas cómo vimos saltar la catedral hacia los cielos y arder en un instante? ¿Y cómo nos pusimos a andar por un camino entre árboles hasta que vimos una luz enfrente, y eran el doctor Talos y Calveros preparados para una representación junto con Jolenta?
—Me tenías de la mano —dije—. Y hablábamos de filosofía. ¿Cómo podría olvidarlo?
—Cuando salimos a la luz y el doctor Talos nos vio ¿recuerdas lo que dijo?
Pensé de nuevo en aquella tarde, al final del día en que ejecuté a Agilus. Volví a oír los rugidos del público, el grito de Agia, y después el redoble de tambor de Calveros.
—Dijo que ya habían venido todos, y que tú eras la Inocencia y yo la Muerte.