La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Серия: El libro del Sol Nuevo #3
- Год: 1993
- Язык: испанский
- Год: Minotauro
- ISBN: 84-450-7143-2
- Переводчик: Marcelo Cohen
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]». Краткое содержание книги:
—Entiendo —dije, aunque en realidad no entendía nada.
—Era además un período muy confuso. Mis astrónomos me habían dicho que la actividad de este sol decaería lentamente. Demasiado lentamente, en verdad, como para que el cambio pudiera advertirse en el curso de una vida humana. Se equivocaron. A lo largo de pocos años el calor del mundo descendió en casi dos milésimas, y luego se estabilizó. Fracasaron las cosechas, y hubo hambrunas y disturbios. Tendría que haberme marchado entonces.
—¿Por qué no lo hiciste?
—Me pareció que hacía falta una mano firme. Sólo puede haber una mano firme, sea la del gobernante o la de otro…
»Luego había aparecido un hacedor de milagros. No era realmente un alborotador, por más que algunos de mis ministros dijeran que sí. Yo me había retirado aquí hasta que se completara el tratamiento, y como parecía que ese hombre ahuyentaba los males y las deformidades, ordené que me lo trajeran.
—El Conciliador —dije, y un momento después me habría cortado las venas por haber abierto la boca. —Sí, ése era uno de sus nombres. ¿Sabes dónde está ahora?
—Hace muchas quilíadas que murió. —Ysin embargo sigue aquí, ¿no es cierto?
Ese comentario me sobresaltó tanto que miré la bolsita que me colgaba del cuello para ver si emitía luz celeste.
En ese momento, la nave en que íbamos levantó la proa y empezó a subir. Alrededor, el quejido del aire se transformó en el bramido de un torbellino.
XXVI — Los ojos del mundo
Quizá la luz gobernaba el bote; bastó que alrededor hubiera un fogonazo para que se detuviese. Si en la falda de la montaña yo había sufrido el frío, eso no era nada comparado con lo que sentía ahora. No soplaba viento, pero hacía más frío que en el más crudo de los inviernos que yo recordara, y el esfuerzo de sentarme me mareó.
Tifón bajó de un salto: —Hacía muchísimo tiempo que no venía aquí. Bien, da gusto volver a casa. Estábamos en una cámara vacía excavada en la roca viva, un lugar grande como una sala de baile. En el extremo opuesto dos ventanas circulares dejaban entrar la luz; Tifón fue rápidamente hacia ellas. Estaban separadas por unos cien pasos, y cada una tenía alrededor de diez codos de ancho. Lo seguí hasta que noté que sus pies descalzos dejaban visibles huellas oscuras. Por las ventanas había entrado nieve y se había acumulado en el suelo de piedra. Caí de rodillas, ahuequé las manos y me llené la boca.
Nunca he probado nada más delicioso. En el acto, el calor de la lengua pareció fundirla en néctar; sentí realmente que podía quedarme toda la vida allí, de rodillas, devorando nieve. Tifón se volvió, y al verme se echó a reír.
—Me había olvidado de lo sediento que estabas. Adelante. Tenemos tiempo de sobra. Lo que quería enseñarte puede esperar.
Como antes, la boca de Piatón también se movió, y me pareció captar una expresión de simpatía en esa cara idiota. Eso me hizo volver en mí, posiblemente sólo porque ya había tragado varios bocados de nieve derretida. Después de tragar una vez más me quedé donde estaba, juntando un nuevo puñado, pero dije: —Me has mencionado a Piatón. ¿Por qué no puede hablar?
—El pobre individuo no sabe cómo respirar —dijo Tifón. Vi que en ese momento tenía una erección, que atendía con una mano—. Ya te he dicho que yo controlo todas las funciones voluntarias; y pronto controlaré también las involuntarias. Así que aunque el pobre Piatón pueda mover aún la lengua y moldear los labios, es como un músico que aprieta las llaves del instrumento pero no puede soplar. Cuando te hayas saciado de nieve dímelo, y te enseñaré dónde conseguir algo de comida.
Volví a llenarme la boca y tragué. —Suficiente. Sí, tengo mucha hambre.
—Bien —dijo él, y se apartó de las ventanas para ir a una pared lateral de la cámara. Al acercarme descubrí que por lo menos no era (como yo había pensado) una pared de piedra. Parecía en cambio una especie de cristal, o de grueso vidrio ahumado; a través de él se veían panes y muchos platos extraños, tan quietos y perfectos como en una pintura.
—Llevas un talismán de poder —me dijo Tifón—. Tendrás que dármelo para que yo pueda abrir la despensa.
—Me temo que no te comprendo. ¿Quieres mi espada?
—Quiero eso que llevas en el cuello —dijo él, y tendió la mano.
Di un paso atrás. —No tiene ningún poder. —Entonces no pierdes nada. Dámelo. — Mientras Tifón hablaba, la cabeza de Piatón se movía casi imperceptiblemente de un lado a otro.
—Es sólo una curiosidad —dije yo—. En una época pensé que tenía mucho poder, pero cuando intenté revivir a una mujer hermosa que agonizaba no tuvo efecto, y ayer no pudo recuperar al niño que viajaba conmigo. ¿Cómo supiste que lo tenía?
—Os estuve observando, claro. Subí lo bastante alto como para veros bien. Cuando mi anillo mató al niño y tú fuiste hacia él, vi el fuego sagrado. Si no quieres, en realidad no tienes que ponérmela en la mano… Simplemente haz lo que te diga.
—Entonces podrías habernos prevenido —dije yo. —¿Y por qué? En ese momento vosotros no erais nada para mí. ¿Quieres comer o no?
Saqué la gema. Después de todo Dorcas y Jonas la habían visto, y yo había oído que en grandes ocasiones las Peregrinas la exhibían en un ostensorio. En la palma de mi mano parecía un trozo de cristal azul, sin nada de fuego.
Tifón se inclinó a mirarla con curiosidad. —Poco impresionante. Ahora arrodíllate. Me arrodillé.
—Repite conmigo: por todo lo que este talismán representa, juro que a cambio de la comida que reciba seré criatura de aquel que llaman Tifón, rindiéndole…
Se estaba cerrando una trampa al lado de la cual la red de Decumano parecía un intento precoz y primitivo. Ésta era tan sutil que yo apenas la notaba, y sin embargo sentía que los hilos eran todos de acero tensado.
—… todo cuanto tenga y todo cuanto yo sea, lo que poseo ahora y lo que poseeré en días por venir, viviendo y muriendo según se le antoje.
—He roto juramentos otras veces —dije—. Si hiciera éste, lo rompería.
—Entonces hazlo —dijo él—. No es más que una fórmula que debemos seguir. Hazlo, y yo puedo librarte en cuanto acabes de comer.
En vez de obedecerle, me levanté. —Dijiste que amabas la verdad. Ahora ya comprendo por qué… Es la verdad lo que ata a los hombres. —Guardé la Garra.
De no haberlo hecho, un momento después se habría perdido para siempre. Tifón me agarró, sujetándome los brazos a los lados para que no pudiera sacar Terminus Est, y corrió conmigo hasta una de las ventanas. Yo luchaba, pero como lucha un cachorro en las manos de un hombre fuerte.
El tamaño de la ventana era tal que cuando nos acercamos no parecía en absoluto una ventana; era como si una parte del mundo exterior se hubiera introducido en el recinto, una parte que no consistía en los campos y árboles de la base de la montaña, que era lo que yo había esperado, sino en una mera extensión, un fragmento del cielo. La pared de roca de la cámara, de menos de un codo de espesor, retrocedió flotando en el ángulo de mi visión como la borrosa línea que vemos al nadar con los ojos abiertos, y que es la divisoria entre el agua y el aire.
Luego estuve afuera. Ahora Tifón me sostenía por los tobillos pero, fuese por el grosor de mis botas o por el pánico, durante un momento sentí que nada me sostenía. Estaba de espaldas a la masa de la montaña. La Garra, en su blanda bolsa, me colgaba bajo la cabeza, retenida por la barbilla. Recuerdo haber sentido un miedo repentino, absurdo, de que TerminusEst resbalara y saliera de la vaina.