La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Серия: El libro del Sol Nuevo #3
- Год: 1993
- Язык: испанский
- Год: Minotauro
- ISBN: 84-450-7143-2
- Переводчик: Marcelo Cohen
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]». Краткое содержание книги:
Había pensado detenerme en la mano y mirar atrás; no pude: la verdad es que tuve miedo de ir al borde y tirarme. No me detuve hasta que casi hube llegado a la escalera que con tantos cientos de escalones llevaba al ancho regazo de la montaña. Luego me senté y volví a localizar la mancha de color que era el acantilado al pie del cual estaba la casa de Casdoe. Recordé los ladridos del perro marrón cuando yo había salido del bosque. Ese perro había sido cobarde ante la aparición del alzabo, pero había muerto con los colmillos en la carne sucia de un zoántropo, mientras yo, igualmente cobarde, no hacía nada. Recordé la cara cansada y hermosa de Casdoe, al niño espiando por detrás de su falda, al viejo sentado con las piernas cruzadas frente al fuego, hablando de Fechin. Ahora estaban todos muertos, Severa y Becan, a quienes yo no había conocido, el viejo, Casdoe, Severian chico, hasta Fechin, todos muertos, todos perdidos en las brumas que oscurecen nuestros días. El tiempo es en sí algo sólido, me parece, que se levanta como una cerca de barrotes de hierro con su infinita hilera de años; y nosotros pasamos por delante como el Gyoll, de camino a un mar del que sólo volveremos en forma de lluvia.
Entonces supe, en el brazo de esa figura gigantesca, lo que era la ambición de conquistar el tiempo, una ambición al lado de la cual el deseo de soles distantes no es más que la codicia de un pequeño cacique emplumado, decidido a someter a alguna otra tribu.
Allí estuve sentado hasta que el sol quedó casi escondido por las montañas del oeste. Bajar la escalera tendría que haber sido más fácil que subir, pero ahora yo tenía mucha sed y el golpe de cada paso me hacía doler las rodillas. Ya casi no había luz, y el viento era como hielo. Una de las mantas se había quemado con el niño; desdoblé la otra y me envolví el pecho y los hombros por debajo de la capa.
Más o menos a medio camino me detuve a descansar. Lo único que quedaba del día era una delgada media luna de castaño rojizo que menguó y luego se desvaneció; y mientras eso ocurría, cada uno de los grandes catafractos metálicos que había allá abajo saludó alzando la mano. Eran tan serenos y tan firmes que casi los hubiera creído, tal como los veía, esculpidos con los brazos en alto.
Por un momento el asombro me limpió de toda pena, y únicamente pude maravillarme. Permanecí donde estaba, mirándolos; no me atrevía a moverme. Entre las montañas corría la noche; a la última, tenue luz del crepúsculo vi cómo bajaban los brazos. Aturdido aún, volví a entrar en el silencioso conjunto de edificios que se levantaban en el regazo de la figura. Si había visto fracasar un milagro, había presenciado otro; y hasta un milagro en apariencia inconducente es una fuente inagotable de esperanza, pues nos demuestra que no lo entendemos todo, y que nuestras derrotas —tanto más numerosas que nuestros pocos y vacíos triunfos— pueden ser igualmente engañosas.
Por algún error idiota, cuando intentaba volver al edificio circular donde le había dicho al niño que pasaríamos la noche, me las arreglé para perderme, y estaba demasiado fatigado como para buscar el camino. En cambio encontré un lugar resguardado, bien lejos del más cercano de los guardias de metal, donde me froté las piernas doloridas y me cubrí lo mejor que pude contra el frío. Aunque me dormí casi en seguida, pronto me despertó un leve ruido de pasos.
XXV — Tifón y Piatón
Al oír los pasos me levanté y saqué la espada, y aguardé en la sombra por lo que me pareció una guardia, aunque sin duda fue mucho menos. Volví a oírlos dos veces más; rápidos y leves, sugerían no obstante un hombre corpulento: un hombre fuerte que se apresurara, que corriera casi, atlético y ligero de pies.
Allí las estrellas lucían en toda su gloria; brillantes como tienen que verlas los navegantes, para quienes son puertos, cuando suben a desplegar la gasa dorada que envolverá todo un continente. Yo veía a los guardias inmóviles casi como si fuera de día, y a mi alrededor, los edificios bañados por las luces multicolores de diez mil soles. Pensamos con horror en las llanuras heladas de Dis, el compañero más alejado de nuestro sol; pero ¿de cuántos soles somos nosotros el compañero más alejado? Para la gente de Dis (si existe tal gente) todo es una larga noche estrellada.
Varias veces, de pie allí bajo las estrellas, estuve a punto de quedarme dormido; y en las fronteras del sueño me preocupé por el niño, pensando que probablemente lo había despertado al levantarme y preguntándome dónde encontrar comida para él cuando se viera de nuevo el sol. Tras esos pensamientos, el recuerdo de su muerte me llegaba a la mente como la noche había llegado a la montaña, una ola de negrura y desesperación. Entonces supe cómo se había sentido Dorcas al morir Jolenta. Entre el niño y yo no había habido juego sexual, como creo que en algún momento hubo entre Dorcas y Jolenta; pero nunca había sido el amor carnal de ellas lo que me había despertado celos. Mi sentimiento por el niño había sido tan profundo como el de Dorcas por jolenta (y seguramente mucho más profundo que el de Jolenta por Dorcas). De haberlo sabido, Dorcas se habría puesto tan celosa como a veces me había puesto yo, pensé, si es que me había amado tanto como yo a ella.
Al fin, cuando dejé de oír pasos, me escondí lo mejor posible y me eché a dormir. Casi esperaba no despertarme de ese sueño, o despertarme con un cuchillo en la garganta, pero nada de eso ocurrió. Soñando con agua, dormí hasta bien pasado el amanecer y me desperté solo y aterido.
En ese momento me tenían sin cuidado los pasos, los guardianes, el anillo o cualquier cosa de ese lugar maldito. Mi único deseo era irme, y lo más rápido posible; y me encantó —aunque no habría podido explicar por qué— descubrir que en el camino hacia la ladera noroeste de la montaña no tendría que volver a pasar por el edificio circular.
Muchas veces sentí que me había vuelto loco, pues he tenido muchas grandes aventuras, y las más grandes son las que con más fuerza actúan sobre nuestra mente. Así fue en ese momento. Un hombre, más corpulento que yo y mucho más ancho de hombros, se adelantó entre los pies de un catafracto, y fue como si una de las monstruosas constelaciones de la noche hubiese caído a Urth vestida con la carne de la especie humana. Porque el hombre tenía dos cabezas, como el ogro de un cuento olvidado de Las Maravillas de Urth y el Cielo.
Instintivamente me llevé la mano al hombro y empuñé la espada. Una de las cabezas rió; nadie hasta entonces se había atrevido a reír cuando yo desnudaba la gran hoja.
—¿Por qué te alarmas? —dijo—. Veo que estás tan bien equipado como yo. ¿Cómo se llama tu amiga? Por sorprendido que estuviera, no pude dejar de admirar su audacia.
—Se llama Terminus Est —dije, y volví la espada para dejarle ver la escritura en el acero.
—«Ésta es la Línea que Divide.» Muy bien. Realmente muy bien, y sobre todo es bueno que lo leamos aquí y ahora, porque ya se sabe que esta época separará lo nuevo de lo viejo como nunca había ocurrido en el mundo. Mi amigo se llama Piatón, lo que me temo no significa gran cosa. Como sirviente es inferior a la que tienes tú, aunque quizá sea mejor montura.
Al oír el nombre, la otra cabeza abrió del todo los ojos, que habían estado medio cerrados, y los puso en blanco. La boca se le movió como si fuese a hablar, pero no salió ningún sonido. Pensé que era una especie de idiota.
—Pero ahora puedes guardar el arma. Como ves, yo estoy desarmado, aunque ya bicapitado, y en todo caso no tengo malas intenciones.
Mientras hablaba levantó las manos, y se volvió de un lado y de otro, para mostrarme que iba totalmente desnudo, algo que ya había quedado suficientemente claro.
Pregunté: —¿Eres quizás el hijo del hombre muerto que vi en el edificio redondo de allá atrás?