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La guerra de la paz [The Peace War - es]

Электронная книга - «La guerra de la paz [The Peace War - es]». Краткое содержание книги:

Paul Hoehler, un brillante científico, descubre el principio del funcionamiento de las “burbujas”, unos campos de fuerza esféricos completamente infranqueables. Gracias a ellos, sus usuarios se harán con el poder e impondrán una “paz” forzada y un estancamiento científico-tecnológico en un mundo diezmado por los conflictos y las plagas.
“La guerra de la paz” es la primera obra de la serie de las “burbujas” en la que un brillante autor de sólida formación científica nos narra un futuro posible y la rebelión contra una autoridad despótica en medio de una intriga política de gran alcance. Una interesante y dinámica exploración de cómo un nuevo y maravilloso artilugio científico todavía incomprendido puede alterar el destino del mundo.
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Della estuvo a punto de echarse a reír ante lo inoportuno de lo que había dicho, pero contestó la verdad.

—Tiene razón, no los tiene. Pero yo apenas si sé los movimientos de las piezas. Lo que usted creyó que era mi ordenador, era un enlace telefónico con Livermore. Allí tenía a nuestros mejores jugadores estudiando el juego, buscando las jugadas más convenientes y transmitiéndomelas.

Ahora Rosas rió. Su mano cayó sobre el hombro de ella. Casi devolvió el golpe, pero se dio cuenta a tiempo de que aquello era una caricia y no un ataque.

—Estaba preocupado por esto. De verdad, estaba preocupado. Señora, odio su comportamiento, y después de hoy odiaré todo lo que usted defienda. Pero me ha robado el alma —la risa se había esfumado de su voz—. ¿Qué quiere usted que haga?

«No, Miguel, no tengo tu alma, y ya veo que nunca podré tenerla.» Della, de pronto, pensó con temor, por razones que no convencerían a Hamilton Avery, que Miguel Rosas no era su instrumento. Evidentemente era ingenuo. Fuera de Aztlán y Nuevo México, muchos norteamericanos lo eran. Pero la debilidad que le obligó a traicionar a los del laboratorio Scripps, se había acabado allí. Y de alguna manera, ella sabía que la decisión que había tomado, fuera cual fuera, no lograría cambiarle por mucho que le obligara a cometer actos cada vez más traicioneros.

En Rosas había algo muy fuerte. Incluso después de haber cometido un acto de traición, los que fueran sus amigos podían estar orgullosos de conocerle.

—¿Lo que quiero que haga? No gran cosa. A la hora que sea, vamos a llegar esta noche a Santa Bárbara. Quiero que me lleve con usted cuando desembarquemos. Cuando lleguemos a California Central, quiero que respalde mi historia. Quiero conocer directamente a los Quincalleros —hizo una pausa—. Hay una cosa más. Entre todos los subversivos hay uno que es el más peligroso para la paz mundial. Se llama Paul Hoehler —Rosas no se inmutó—. Le hemos visto en la granja Flecha Roja. Queremos saber qué está haciendo. Queremos saber dónde está.

Para Hamilton Avery, éste había resultado ser el punto principal de la operación. El director tenía una paranoia permanente centrada en Hoehler. Estaba convencido de que los estallidos de las burbujas no eran a causa de un fenómeno natural, de que alguien de California Central era el responsable. Hasta el día anterior, ella había considerado que todo aquello no era más que una fantasía peligrosa, algo que distorsionaba su estrategia y oscurecía la amenaza a largo plazo de los Quincalleros. Pero ahora ya no estaba tan segura. Durante la noche pasada, Avery le había llamado para hablarle de la nave espacial que la Paz había descubierto en las colinas que estaban al este de Vandenberg. El accidente había ocurrido pocas horas antes y los informes eran sólo parciales, pero era evidente que el enemigo disponía de una estación espacial tripulada. Si podía hacer esto y mantenerlo en secreto, podía hacer casi cualquier cosa. Eran unos momentos que requerían una mano mucho más dura que la que habían necesitado en Mongolia.

Encima y alrededor de ellos, las gaviotas se lanzaban en picado a través del frío resplandor azul y trazaban círculos cada vez más próximos a medida que el pescado se iba amontonando en la popa de la barca. La mirada de Rosas andaba perdida entre las aves carroñeras. Della, a pesar de su larga experiencia, no podía decir si Rosas era su aliado a la fuerza o un traidor doble. Por el bien de los dos, confiaba en que fuera lo primero.

20

Las fiestas y las ferias eran muy usuales entre los Quincalleros de la Costa Oeste. Algunas veces era muy difícil distinguir si se trataba de una cosa o de la otra, tan grandes eran las fiestas y tan familiares eran las ferias. Cuando era niño, los puntos culminantes de la existencia de Rosas habían sido tales acontecimientos: mesas abarrotadas de comida, pequeños y grandes que llegaban desde muchos kilómetros alrededor para disfrutar de la compañía de los demás, en los brillantes exteriores de los días soleados o apiñados en los calientes y ruidosos comedores cuando la lluvia azotaba el exterior.

Los sucesos de La Jolla habían cambiado todo esto. Rosas se esforzaba en aparentar que estaba atento mientras escuchaba a una sobrina de Kaladze que se hacía cruces de su fuga y la posterior odisea del regreso a California Central. Su mente vagaba con tristeza y nerviosismo por la escena de su fiesta de bienvenida a casa. Solamente estaban presentes los miembros de la familia Kaladze. No había nadie de otra granja o de Santa Inés; incluso faltaba Seymour Wentz. Los de la Paz no debían sospechar que algo especial ocurría en la granja Flecha Roja.

Pero Sy no estaba del todo ausente. El y algunos de los vecinos se habían puesto en la línea de televisión desde sus casas de tierra adentro. En algún momento de aquella noche entrarían en contacto para tener un consejo de guerra.

«Me gustaría saber si podré mirar a Sy, sin contarle todo lo que en realidad pasó en La Jolla.»

Wilma Wentz, que era sobrina de Kaladze y cuñada de Sy, una mujer a la que le faltaba poco para cumplir los cincuenta años, estaba luchando por hacerse oír por encima de la música emitida por un altavoz escondido en un árbol cercano.

—Pero todavía no puedo comprender cómo os las arreglasteis al llegar a Sama Bárbara. Tú, con el muchacho negro y con una mujer asiática, viajando juntos. Sabemos que la Autoridad había pedido a Aztlán que os detuvieran. ¿Cómo pudisteis atravesar la frontera?

Rosas hubiera deseado que su cara estuviera en la sombra en vez de estar iluminada por las bombillas que colgaban entre los árboles. Wilma no era más que una mujer, pero era inteligente y más de una vez, cuando él era chico, le había atrapado cuando se apartaba de la verdad. Debía andar con mucho cuidado con aquella mujer. Debía tener tanto cuidado con ella como con cualquier otro. Se rió.

—Fue muy sencillo, Wilma —después de que se le ocurriera a Della—, simplemente, volvimos a meter nuestras cabezas en la boca del león. Encontramos una estación de combustible de la Paz y nos montamos en la parte inferior de uno de sus camiones cuba. Ningún guardia de Aztlán se atreve a hacerles parar. Hicimos un viaje sin paradas desde allí hasta la estación de combustible que está al sur de Santa Inés.

Había ocurrido así, pero no fue un viaje divertido. Habían sido kilómetros y kilómetros de ruido y humo de los motores diesel. Más de una vez, durante las dos horas que duró el trayecto, habían estado a punto de desmayarse y caer, entre los ejes en movimiento, hasta el pavimento de la Old 101. Pero Lu había sido tajante. Su retorno debía ser difícil y real. Nadie, ni siquiera Wili, debía sospechar nada.

Los ojos de Wilma se hicieron ligeramente mayores.

—¡Oh! ¡Esta Della Lu! ¡Es tan maravillosa! ¿No crees?

Rosas miró por encima de Wilma hacia donde estaba Della, haciéndose amiga de las mujeres.

—Sí, es maravillosa.

Les tenía embelesados a todos con sus relatos de cómo era la vida en San Francisco. Aunque lo hubiera querido (y hubiera sido suicida) no habría podido cometer el menor desliz. Era una embustera sobrenaturalmente buena. ¡De qué manera odiaba a aquella pequeña cara asiática y aquel cuerpo tan agradable! Nunca había conocido a nadie, hombre, mujer o animal, que fuese tan atractivo y también tan pérfido. Se esforzó para apartar sus ojos de ella, tratando de olvidar sus esculturales hombros, su risa espontánea, el poder que tenía para destruirle a él y a todo lo bueno que hubiera podido hacer.

—Es maravilloso teneros otra vez aquí —la voz de Wilma de repente se había vuelto muy dulce—. Pero estoy muy apenada por toda aquella pobre gente de La Jolla y del laboratorio secreto.

¡Y por Jeremy, por Jeremy que se quedó atrás, para siempre! Era tan amable al decir esto, tan amable al recordarle que no había regresado uno de aquellos a los que debía haber protegido, ya que se le había contratado para esto. La amabilidad removía, sin saberlo, un profundo sentimiento de culpabilidad. Rosas no pudo ocultar la dureza de su voz cuando dijo:

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