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En el otro viento [The Other Wind - es]

Электронная книга - «En el otro viento [The Other Wind - es]». Краткое содержание книги:

Al hechicero Aliso le aterra conciliar el sueño, pues hacerlo significa trasladarse a la tierra de los muertos para encontrarse con su esposa. Ella falleció muy joven y desea tanto regresar a él que lo besó a través del bajo muro de piedra que separa nuestro mundo de la Tierra Seca, donde la hierba está marchita, las estrellas, siempre quedas, y los amantes se cruzan sin reconocerse. Cada noche, los muertos atraen a Aliso hacia ellos para, a través de él, liberarse e invador Terramar.
Desesperado, Aliso acude al antiguo Archimago Gavilán, quien le indica que parta a Havnor en busca de Tenar, Tehanu y el joven Rey Lebannen. Todos juntos e Irian, el dragón de ojos color ámbar capaz de transformarse en una mujer, viajarán al Bosquecillo Inmanente, en Roke, pues la incursión de los muertos no es el único peligro que amenaza Terramar: los dragones han regresado y, después de siglos de paz, reclaman lo que creen les pertenece…
La célebre saga iniciada con Un Mago de Terramar continúa en esta conmovedora historia de poderosa belleza repleta de magia, amor y fantasía.
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Aliso, como casi todos los demás en la corte y en el Consejo del Rey, había evitado educadamente al mago Seppel.

—Le he pedido al Rey que deje que venga con nosotros a Roke —dijo Ónix.

Aliso parpadeó.

—Ellos saben más que nosotros acerca de estos asuntos —dijo Ónix—. Gran parte de nuestro arte de la Invocación viene del Saber Popular de Paln. Thorion era un maestro de este arte… El actual Maestro de Invocaciones de Roke, Marca de Venway, no quiere utilizar ninguna parte de su arte que venga de ese saber. Utilizado indebidamente, sólo ha causado daños. Pero puede que tal vez fuera simplemente nuestra ignorancia lo que nos llevó a hacer un uso indebido de ese conocimiento. Todo se remonta a tiempos muy lejanos; puede que haya partes de ese saber que hayamos perdido. Seppel es un hombre sabio y un mago. Creo que debería venir con nosotros. Creo que podría ayudarte a ti, si tú puedes confiar en él.

—Si él tiene tu confianza —dijo Aliso—, tiene también la mía.

Cuando Aliso hablaba con la facilidad de palabra propia de la gente de Taon, Ónix solía sonreír un poco secamente. —Tu juicio es tan bueno como el mío, Aliso, en este oficio —dijo—. O mejor. Espero que lo utilices. Pero te llevaré con él.

Y así fue que bajaron juntos a la ciudad. El lugar en el que Seppel se alojaba estaba en una parte antigua, cerca de los astilleros, justo cuando terminaba la Calle Constructor Naval; había allí una pequeña colonia de gente de Paln, que había sido traída para trabajar en los astilleros del Rey, puesto que eran muy buenos constructores de barcos. Las casas eran muy antiguas, pegadas una a la otra, con puentes entre tejado y tejado que daban al Gran Puerto de Havnor una segunda red aérea de calles muy por encima de las pavimentadas.

Las habitaciones de Seppel, subiendo tres pisos de escalera, eran oscuras y cerradas en el calor de ese ya final de verano. Los llevó un empinado tramo más arriba, sobre el tejado. Estaba unido a otros tejados por un puente en cada lado, de manera que había un cruce regular y una calle principal que lo atravesaban. Había toldos montados junto a los bajos parapetos, y la brisa del puerto refrescaba el aire en sombras. Allí se sentaron, sobre unas alfombrillas de lona a rayas, en la esquina que era el trozo de tejado de Seppel, y les dio un té frío y un poco amargo.

Era un hombre de baja estatura y de unos cincuenta años, su cuerpo era redondo, tenía los pies y las manos pequeños, los cabellos, un poco rizados y rebeldes, y llevaba, lo cual era raro entre hombres del Archipiélago, una barba, recortada muy corta, sobre sus oscuras mejillas y mandíbula. Sus modales eran agradables. Hablaba con un acento entrecortado y cantarín, suavemente.

El y Ónix hablaron, y Aliso los escuchó durante un buen rato. Su mente iba a la deriva cada vez que hablaban acerca de gente o de asuntos de los que él no sabía nada. Miró sobre los tejados y los toldos, vio jardines en los tejados lejanos y unos puentes arqueados y tallados, miró hacia el Norte, en donde estaba el Monte Onn, una gran cúpula de un gris claro sobre las neblinosas colinas del verano. Volvió a aquel tejado cuando oyó que el mago de Paln decía: —Puede ser que ni siquiera el Archimago haya podido curar por completo la herida del mundo.

La herida del mundo, pensó Aliso: sí. Miró a Seppel más atentamente, y Seppel le lanzó una mirada. Teniendo en cuenta la apariencia tranquila de aquel hombre, su mirada era penetrante.

—Tal vez no sea solamente nuestro deseo de vivir para siempre lo que ha mantenido abierta la herida —dijo Seppel—, sino el deseo de morir de los muertos.

Una vez más, Aliso escuchó las extrañas palabras y sintió que las reconocía sin comprenderlas. Una vez más, Seppel le lanzó una mirada como buscando una respuesta.

Aliso no dijo nada, y tampoco Ónix habló. Seppel dijo finalmente: —Cuando estás en la frontera, Maestro Aliso, ¿qué es lo que te piden ellos?

—Ser libres —respondió Aliso; su voz era sólo un susurro.

—Libres —murmuró Ónix.

Otra vez silencio. Dos niñas y un niño pasaron corriendo por el tejado, riendo y gritando: «¡Derribar al siguiente!». Jugaban uno de los interminables juegos de persecución a los que se dedicaban los niños en el laberinto de calles y canales y escaleras y puentes de su ciudad.

—Tal vez fuera un mal trato desde el comienzo —dijo Seppel, y cuando Ónix lo miró como preguntándole algo, agregó—: Verw nadan.

Aliso sabía que las palabras eran del Habla Antigua, pero no conocía su significado.

Miró a Ónix, cuyo rostro estaba muy serio. Ónix solamente dijo: —Bueno, espero que podamos llegar a la verdad de todo esto, y pronto.

—En la colina en la que yace la verdad —dijo Seppel.

—Me alegro de que vayas a estar allí con nosotros. Mientras tanto, aquí está Aliso, que es invocado a la frontera noche tras noche y busca algo de tregua. Le dije que tal vez tú supieras alguna manera de ayudarlo.

—¿Y tú aceptarías ser tocado por la hechicería de Paln? —le preguntó Seppel a Aliso. El tono de su voz era apenas irónico. Sus ojos eran brillantes e intensos como el azabache.

Los labios de Aliso estaban secos. —Maestro —dijo—, en mi isla decimos que el hombre que se ahoga no pregunta cuánto cuesta la soga. Si puedes mantenerme alejado de ese lugar, aunque sólo sea por una noche, tendrás las gracias de mi corazón, por pequeño que sea eso en comparación con semejante obsequio.

Ónix lo miró con una leve y graciosa sonrisa.

Seppel no sonrió en absoluto. —Las gracias son algo poco común, en mi oficio —dijo—. Haría bastante por recibirlas. Creo que puedo ayudarte, Maestro Aliso. Pero tengo que advertirte que la soga es bastante cara.

Aliso inclinó la cabeza.

—Llegas a la frontera en sueños, no por voluntad propia, ¿no es cierto?

—Eso es lo que creo.

—Sabia respuesta. —La profunda mirada de Seppel lo aprobaba—. ¿Quién conoce claramente su propia voluntad? Pero si es en sueños como llegas hasta allí, yo puedo alejarte de ese sueño por un tiempo. Y por un precio, como dije antes.

Aliso lo miró desconcertado.

—Tu poder.

Aliso no le entendió al principio. Luego dijo: —Mi don, ¿quieres decir? ¿Mi arte?

Seppel asintió con la cabeza.

—Soy simplemente un enmendador —dijo Aliso después de un rato—. No es un gran poder al que renunciar.

Ónix hizo un gesto como para protestar, pero miró el rostro de Aliso y no dijo nada.

—Es tu forma de ganarte la vida.

—Una vez fue mi vida. Pero eso ha terminado.

—Tal vez tu don regrese a ti cuando lo que tenga que ocurrir haya ocurrido. No puedo prometértelo. Intentaré restaurar lo que pueda de lo que saque de ti. Pero ahora todos estamos caminando en la noche, sobre un terreno que no conocemos. Cuando llegue el día, puede que sepamos dónde nos encontramos, o puede que no. Ahora bien, si te salvo de tu sueño a ese precio, ¿me lo agradecerás?

—Lo haré —dijo Aliso—. ¿Qué es el pequeño bien que puedo hacer con mi don comparado con el gran mal que puede causar mi ignorancia? Si me salvas del miedo en el que vivo ahora, el miedo de poder causar ese mal, te lo agradeceré por el resto de mi vida.

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