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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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—No, desde luego no debí hacer eso. Bueno, déjeme que le muestre el rancho. Desde aquí puede verse casi todo.

Más tarde Harvey no pudo recordar de qué habían hablado. No era nada importante, pero habían pasado una hora agradable. El no podía recordar un momento mejor.

—Deberíamos empezar a bajar —dijo Maureen.

—Sí. ¿Hay un camino más fácil que el de subida?

—No lo sé. Podemos mirarlo.

Ella fue delante, rodeando el lado contrario de la superficie rocosa, a la izquierda. Se abrieron paso a través de arbustos espinosos, y cruzaron estrechos senderos de cabras.

Había montones de excrementos de cabra y oveja. A Harvey le pareció reconocer también excrementos de ciervo, aunque no podía estar seguro. El suelo era demasiado duro para que hubiera huellas.

—Es como si nadie hubiera estado jamás ahí antes de nosotros —dijo Harvey entre dientes, y Maureen no le oyó. Se encontraban en una estrecha hondonada, una especie de corte al lado de la empinada colina, y la vista del rancho había desaparecido.

Se oyó un ruido detrás de ellos. Harvey se volvió, sobresaltado. Un caballo se aproximaba a ellos.

El caballo no iba solo. Lo montaba una muchachita rubia, una chiquilla que no tendría más de doce años. Montaba sin silla, y parecía formar parte del enorme animal, encajada tan bien con él que podría haber sido un centauro poco desarrollado.

—Hola —exclamó.

—Hola —respondió Maureen—. Harvey, esta es Alice Cox. Los Cox trabajan el rancho. ¿Qué haces aquí, Alice?

—Os vi subir —dijo la niña. Su voz era aguda, pero bien modulada, no chillona.

Maureen se acercó a Harvey y le guiñó un ojo. El asintió, complacido.

—Y nosotros creíamos que éramos exploradores intrépidos —dijo Maureen.

—Sí. Ya ha sido bastante difícil subir a pie, sin llevar un caballo con nosotros.

Harvey miró al frente. El camino era empinado, y parecía imposible que un caballo pasara por allí. Cuando se volvió para decirlo, Alice había desmontado y conducía tranquilamente al caballo por el camino. El animal parecía comprenderla perfectamente. Se deslizaba, se arrastraba y seguía los lugares que la muchacha le indicaba para subir.

—¿Vendrá pronto el senador? —preguntó la niña.

—Sí, mañana por la mañana —dijo Maureen.

—Me gusta hablar con él. Todos los chicos de la escuela quieren conocerle. Sale mucho por la tele.

—Harvey... El señor Randall hace programas de televisión —explicó Maureen.

Alice miró a Harvey con renovado respeto. Por un momento no dijo nada. Luego le preguntó:

—¿Le gusta Star Trek?

—Sí, pero yo no tuve nada que ver con ese programa. —Harvey bajó con cuidado otro tramo empinado. Seguro que el caballo no pasaba por allí.

—Es mi programa favorito —dijo Alice—. Vamos, Tommy, vamos. Ya falta poco... Yo escribí un guión para la tele. Trata de un platillo volante y cómo todos huimos de él y nos escondemos en una cueva. Es muy bueno.

—Apuesto a que sí. —Harvey miró a Maureen y vio que sonreía de nuevo—. Apuesto a que no hay nada que no pueda hacer —añadió en voz baja.

Maureen asintió. Cuando el arroyo seco por el que avanzaban empezó a internarse entre matorrales espinosos, se encaramaron a los costados. El rancho volvía a ser visible, pero aún estaba bastante abajo y la pendiente de la colina era tan pronunciada que si uno caía probablemente saldría mal librado. Harvey miró atrás y observó un momento a Alice, pero en seguida dejó de preocuparse por ella y el caballo para concentrarse en su propio descenso.

—¿Subes aquí a menudo, Alice? —preguntó Maureen—. ¿Con el caballo?

—Sí.

—Pero tus padres estarán preocupados —intervino Harvey.

—Oh, conozco muy bien el camino. Me perdí un par de veces, pero Tommy sabe volver a casa.

—Es un caballo muy bonito —dijo Maureen.

—Claro, es mío.

Harvey miró el animal. Era un semental, no un caballo castrado. Esperó a que Maureen llegara junto a él. Su orgullo masculino le había hecho ir delante, aunque estaba claro que quien debería llevar la delantera era Alice.

—Debe ser muy agradable vivir en un sitio donde lo único que puede preocuparte es perderse... Y el caballo se encarga de que no ocurra —dijo Harvey a Maureen—. Ella ni siquiera sabe de qué estoy hablando. La semana pasada una niña de unos once años fue violada en las colinas de Hollywood, a menos de un kilómetro de mi casa.

—Una de las secretarias de mi padre fue violada el año pasado en el Capitolio —dijo Maureen—. ¿No es maravillosa la civilización?

—Ojalá mi hijo pudiera criarse aquí. Pero, ¿qué haría yo? ¿Tareas agrícolas? —La idea le hizo reír, pero no siguió hablando. La pendiente era demasiado pronunciada para ello.

Al pie de la abrupta ladera había un camino polvoriento. El rancho todavía estaba lejos, pero ahora el recorrido era mucho más fácil. Alice se las arregló para montar el caballo sin que Harvey descubriera cómo, aunque la había estado mirando. Estaba de pie junto al animal, con la cabeza más baja que la grupa de éste, y al instante siguiente lo había montado. Chascó la lengua y partió al galope. La ilusión de que la niña formaba de alguna manera parte del animal fue todavía más intensa. Muchacha y caballo se movían con un ritmo perfecto, y sus largos cabellos rubios flotaban al viento.

—Cuando crezca será una auténtica belleza —dijo Harvey—. ¿Será el aire de aquí? Todo este valle es mágico.

—A mí a veces también me lo parece —convino Maureen.

El sol ya estaba bajo cuando llegaron a la casa de piedra del rancho.

—Es un poco tarde, pero ¿quiere darse un baño? —preguntó Maureen.

—¿Por qué no? Pero no tengo traje de baño.

—Oh, debe haber alguno por ahí. —Maureen entró en la casa y poco después apareció con un bañador que entregó a Harvey—. Venga, le mostraré el baño para que se cambie.

Cuando Harvey se cambió y salió, Maureen ya le esperaba, luciendo un bañador de una pieza y color blanco satinado, con una bata doblada al brazo. Le hizo un guiño, indicándole que la siguiera, y se internó en un sendero que discurría entre granados hasta una pequeña playa de arena junto a un arroyo de aguas burbujeantes. La muchacha sonrió y se metió en el agua sin vacilación. Harvey la siguió.

—¡Por todos los diablos! —gritó—. ¡Está helada!

Maureen chapoteó en el agua, salpicándole el pecho y el cabello.

—Vamos, no le hará daño.

Harvey avanzó penosamente hasta la mitad del arroyo. A aquella distancia de las orillas la corriente era rápida, y el fondo rocoso. Le costaba mantenerse de pie, pero siguió a Maureen corriente arriba, hasta un estrecho hueco entre dos grandes piedras. El agua discurría por allí velozmente, y amenazaba con cubrirlos a los dos. A Harvey ya le llegaba hasta el pecho.

—Esto te hace entrar en calor rápidamente —comentó.

Chapotearon de un lado a otro, y contemplaron el paso raudo de pequeñas truchas cerca de la superficie. Harvey trató de descubrir peces mayores, pero éstos se mantenían alejados. El arroyo, con sus rebalsas bajo breves y rápidas cascadas, parecía perfecto para las truchas. Las orillas rebosaban de árboles, excepto en dos lugares donde habían sido talados, sin duda por algún aficionado a la pesca que necesitaba espacio para lanzar el sedal.

—Creo que me estoy volviendo azul —dijo por fin Maureen—. ¿Tiene suficiente?

—La verdad es que hace diez minutos que estoy listo para salir del agua.

Treparon a una enorme piedra blanca, con las aristas suavizadas por el agua. Aunque el sol estaba bajo, el cuerpo helado de Harvey agradecía su calor, y la piedra aún estaba caliente por haber recibido los rayos solares durante todo el día.

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