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Noticias de la noche

Электронная книга - «Noticias de la noche». Краткое содержание книги:

Atenas, años noventa, la presión de los emigrantes, clandestinos o no, de los antiguos países del Este, el dinero fácil, los empresarios del pelotazo, la corrupción policial, el todo vale de algunos medios de comunicación, también la conciencia de una democracia reconquistada después de una dictadura, son el telón de fondo de una historia que se inicia con la muerte a cuchilladas de una pareja de albaneses y continúa con el asesinato de dos reporteras de una popular cadena de televisión.
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Llego a la conclusión de que deberé investigar mucho antes de encontrar algún sentido a todo esto. Fuera cual fuese el secreto, Karayorgui se lo llevó a la tumba. Dé una cosa no cabe duda: si los crímenes guardan relación con el contenido de la carpeta, el asesino mató a Karayorgui para que dejara de investigar y quitó de enmedio a Kostaraku para arrebatarle la carpeta. Pero si tanto deseaba encontrarla, ¿por qué no registró también la casa de Karayorgui? A lo mejor no le dio tiempo. O tal vez sólo descubrió a posteriori que la carpeta contenía datos incriminatorios y decidió apoderarse de ella.

Tengo unas ganas terribles de ordenar a Sotiris que empiece a investigar, pero me contengo. Será mejor entregar la carpeta a Guikas. Que decida él. Debería alegrarme, porque los acontecimientos siguen ahora un cauce distinto y me parece que acabaré por salir bien librado de este asunto.

Cuando casi he llegado al final me topo con un separador, delgado y de color azul claro, como los que usan los abogados. En cuanto lo abro, mi mano queda en suspenso con la punta de cartón entre los dedos y me quedo de piedra al ver el contenido. Son fotocopias de informes policiales, algunos nuestros y otros de distintas comisarías, que de alguna forma han llegado hasta aquí. El primero alude ala desaparición, en 1990, de dos bebés de la sección de maternidad de un hospital. Una de las enfermeras fue acusada, pero no se pudo probar nada contra ella y el caso se archivó. El segundo trata del caso de unos búlgaros que intentaron cruzar la frontera clandestinamente en marzo de 1991, ocultos en un camión procedente de Salónica; pero fueron descubiertos y los mandaron de vuelta a Bulgaria. Entre ellos había cuatro mujeres con sus bebés. Este punto del informe había sido subrayado en rojo, probablemente por la propia Karayorgui. La carpeta contiene seis informes más, todos relacionados con desapariciones o tráfico de niños, y todos archivados. El más reciente es el mío, el que escribí sobre los albaneses asesinados y las quinientas mil dracmas halladas en su cisterna del váter. También esto aparece subrayado en rojo.

Ahora entiendo por qué Karayorgui no dejaba de preguntarme si los albaneses tenían hijos. Creía que su muerte guardaba relación con el tráfico o con el secuestro de bebés y pretendía encaminarme en esa dirección. Me apoyo en el respaldo, cierro los ojos y trato de evocar su imagen. Una mujer misteriosa. Tenía a Petratos como amante y lo despreciaba. En cambio confiaba en mí, aun sabiendo que me resultaba antipática, y en Kostaraku, a quien le sobraban razones para odiarla.

La «N» no corresponde a Petratos. Estoy casi seguro de que la muestra de escritura no encajará. El «N» desconocido es el que andaba buscando la carpeta y la amenazaba. La revelación tenía que ver sin duda con todo esto. ¿Quién le proporcionaba la información de nuestros archivos? ¿A quién sobornaba? Conozco muy bien todas las consecuencias y no quiero cargar con más responsabilidades. Mis points están al mismo nivel que mi cuenta corriente. Levanto el auricular y pido a Kula que me ponga con Guikas.

En vez de los buenos días, me saluda con un seco «sí».

– Tengo que verlo enseguida.

– Estoy ocupado. Si se trata de tu informe, házmelo llegar.

– No se trata de mi informe. Es algo mucho más grave.

– ¿Guarda relación con el caso?

– Sí, pero también con nosotros. Alguien facilitaba a Karayorgui información de nuestros archivos.

Se lo piensa un momento.

– Sube -me dice, y cuelga el teléfono.

Recojo la carpeta de Karayorgui, la meto en la bolsa de plástico de Antonakaki y salgo del despacho.

Capítulo 26

La carpeta está abierta delante de Guikas, dividida en dos. A la derecha, el contenido propiamente dicho, con las fotos y las listas de Karayorgui; a la izquierda, el separador azul con las fotocopias de nuestros archivos. La atención de Guikas está puesta en la primera. Yo permanezco de pie frente a él y lo observo. He colocado el sobre de Kodak debajo del resto, para que primero vea el recorte.

– ¡Pilarinós! -exclama y aparta rápidamente las manos, como si se hubiese quemado.

– Hay más.

Me mira sin saber si debe extrañarse o asustarse. Echa un vistazo al volumen de la carpeta y se espanta. Empieza a hojearla. Descubre el resto de los recortes, el mapa, las listas de Karayorgui. Le duele el alma.

– ¿Qué piensas hacer con todo esto? -pregunta-. Por si no teníamos suficiente con Petratos, ahora aparece Pilarinós. Es sospechoso, desde luego, pero eso no significa que haya matado a las dos mujeres ni que haya contratado a nadie para que se encargara de ello. Tal vez los dos casos no guarden relación. ¿Qué piensas hacer?

Sé lo que voy a hacer pero me lo reservo.

– Lo que usted me diga. Usted está al frente de la investigación.

Me mira.

– Siéntate -dice.

Acaba de entender por qué me muestro frío y formal con él. Se inclina hacia delante y adopta una actitud muy íntima, muy personal, como si fuéramos amigos de la infancia.

– Escucha, Kostas. Eres un buen oficial, inteligente y bien dispuesto. Sólo tienes un defecto. Eres inflexible, no sabes maniobrar, deslizarte. Te lanzas de cabeza, chocas contra la pared y te partes la crisma. Con gente como Delópulos y Pilarinós, tienes que escurrirte como una anguila, para que no te envuelvan en un trozo de papel y te tiren a la basura.

No abro el pico porque reconozco que tiene razón. Soy realmente inflexible y, cuando se me mete una idea en la mollera, no hay quien me la quite.

– Dije que me encargo personalmente de la investigación para aliviar la presión que tienes que soportar y protegerte. Anoche, cuando se fue Delópulos, dije al ministro que te considero el único capaz de resolver este caso. Basta con que seas un poco más discreto y me informes a menudo, para que pueda respaldarte.

Me pregunto por qué me cuenta todo esto. ¿Porque lo cree o porque quiere demostrarme cómo se escurre una anguila? Estaba a punto de cesarme, y de pronto se convierte en mi ángel de la guarda. Al ver que se puede meter en líos con Pilarinós, da la vuelta a la tortilla y se queda al margen.

– Dime, ¿qué piensas hacer?

– Pedir a aduanas que me detallen el contenido de los camiones frigoríficos que figuran en las listas de Karayorgui. Y al aeropuerto, la lista de pasajeros de los vuelos chárter y los viajes organizados.

– ¿Y si no obtienes resultado?

– De momento, no haré nada. Prefiero no pedir laslistas de la empresa de Pilarinós: despertaría sospechas y no nos conviene. Haré pasar los negativos a papel, a ver qué sale. E interrogaré a los que viajaron a Praga, Varsovia y Budapest. Quiero saber por qué lo hicieron.

– La cuestión es cómo abordar a Pilarinós sin armar revuelo.

– Conozco a alguien que tal vez nos facilite información. No es de los nuestros; se trata de un conocido mío y no puedo revelar su identidad. Pero es una fuente fidedigna.

Me mira y sonríe.

– De acuerdo. ¿Qué pasa con Petratos?

– Esperaré hasta tener los informes del grafólogo y del laboratorio sobre el alambre. Sinceramente, no soy muy optimista. Se trata de un alambre corriente, de los que se encuentran en cualquier ferretería. En cuanto a las cartas, ya no creo que las escribiera Petratos. El autor fue seguramente el que quería la carpeta de Karayorgui. Tampoco podemos descartar la posibilidad de que los dos casos no estén relacionados, como usted ha dicho, y que Petratos sea el asesino. Pero hay que investigar más.

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