El Desierto De Hielo
- Автор: Carranza Maite
- Серия: La Guerra de las Brujas #2
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:
Y de pronto la vi. Estaba trepando al mástil. Mi pequeñina era una superviviente, aunque si el barco daba un bandazo brusco, caería sin remedio al mar. Así que trepé en pos de ella. Una voz intentó darme el alto, pero en vistas de que no obedecía unas manos fuertes me agarraron por la camisa y me echaron al suelo. Caí torpemente y me froté los ojos para protegerme de la cortina de lluvia que me impedía ver nada.
Una sombra borrosa trepaba por el mástil en busca de la pequeña Lola, una silueta delgada y extraordinariamente ágil que extendía sus manos como garfios para agarrarla. Ahogué un grito. Era Kristian Mo. ¿Pretendía salvarla o acabar con ella?
Nunca lo supe.
El resplandor fue repentino y el ruido ensordecedor. Mis tímpanos estuvieron a punto de reventar y tardé un buen rato en asimilar el fenómeno al que había asistido. La tripulación y yo habíamos sobrevivido al rayo que cayó sobre el mástil y acabó con la vida del viejo Kristian Mo.
Kristian Mo estaba muerto.
El fuerte temporal fue remitiendo. Gunnar, conmovido, cerró sus ojos chamuscados y el bueno del patrón lo vistió con su mejor ropa y lo amortajó con su propia manta. Los bersekers del mar colocaron su petate al hombro y le ofrecieron una botella de aguardiente, vertieron unas gotas en sus labios entreabiertos y luego la pusieron bajo sus manos yertas.
Yo le besé en la mejilla y lloré. Nadie entendió mi pena, y era normal, casi no lo conocía. Pero fuese cual fuese su intención, me había salvado la vida. Unos minutos antes era yo quien trepaba por el mástil.
Al poco rato, la tormenta amainó; unas horas más tarde el mar se calmó completamente. En una sencilla ceremonia que ofició el capitán, echamos el cuerpo del viejo Kristian Mo por la borda y luego me invitaron a comer y a beber en su nombre. Ésa era la manera de despedirse de los lobos de mar.
Gunnar me abrazó sin saber por qué lloraba y me consoló a su manera.
– Ahora es feliz, por fin ha podido reunirse con su Camilla.
Me sorprendió.
– ¿Cómo lo sabes?
– ¿El qué?
– El nombre de su novia.
– ¿Camilla? Mi abuelo me habló de ella. Fue su gran amor.
– Sí. Murió muy joven, asesinada.
– Eso decía Kristian.
No podía hacer partícipe a Gunnar de mis sospechas. Por un momento había pensado en la posibilidad de que su Camilla hubiese sido una Omar y hubiese muerto a manos de alguna Odish. Había coincidencias: Camilla oía a las ballenas, guardaba secretos y murió desangrada. ¿Me estaba volviendo fantasiosa?
Y me di cuenta de que en los últimos meses me habían rodeado muchas historias fantasiosas, de amores trágicos e imposibles: Helga, Bridget y Camilla me perseguían. Las brujas no creemos en las casualidades, así pues ¿querían decirme algo? Tres muertas me susurraban al oído palabras de aviso. ¿De qué me avisaban?
Pero su aviso era inútil, yo no quería escucharlas. Como tampoco quise entender a Lola, que apareció empapada y chamuscada bajo unos tablones de la cubierta. Temblaba como una hoja y buscaba mi calor y mi compañía. Había sobrevivido a la tormenta y al rayo. Como yo.
El viaje en barco duró todavía una larga semana más de lluvia, viento y marejada. Fue un tiempo desesperante, pero no por culpa de la climatología. Las sospechas de Kristian Mo no eran infundadas. Descubrí definitivamente que mis heridas no eran picaduras de mosquito. Tenía la intuición de que las marcas en brazos y piernas, algunas infectadas, habían ido multiplicándose durante el viaje por mar, y puesto que los mosquitos no sobreviven sin tierra, decidí comprobarlo. Para cerciorarme, marqué con un bolígrafo todos los pinchazos. A la mañana siguiente dos nuevas heridas decoraban mi brazo izquierdo. Ésa fue la primera corroboración. Cada día debía añadir una o dos cruces nuevas a las muchas acumuladas.
¿Quién me atacaba? ¿Cómo? ¿Cuándo? De las tres preguntas tenía una respuesta clara para una de ellas: cuándo. Los pinchazos aparecían al despertarme, por lo tanto me atacaban mientras dormía. Y sobre QUIÉN, tenía casi una certeza: era Baalat. Cuanto más pensaba en ello, más claramente veía las coincidencias. Baalat había atacado a Meritxell durante dos largos meses desangrándola lentamente y provocándole debilidad y vómitos. Aunque, ¿por qué no acababa conmigo de una vez como hizo con tantas Omar? ¿Esperaba morbosamente el momento para carbonizarme como intentó con el rayo que acabó con Kristian Mo? Estaba segura, cada vez más segura, de que ese rayo iba destinado a mí y que lo había provocado Baalat.
Una idea empezó a visitarme con más frecuencia. ¿Y si Baalat fue quien hundió mi atame en el pecho de Meritxell? ¿Y si Baalat pretendía hacer lo mismo conmigo?
Me asusté. No tenía a nadie con quien compartir mis miedos y no quería que Gunnar se enterase de mi secreto. Ni lo comprendería ni lo aceptaría. Las Omar sabíamos por experiencia que los hombres no aceptan a sus mujeres brujas. Sienten miedo y las abandonan o las traicionan. Eso me habían dicho desde siempre y yo seguía la tradición de mis antecesoras llevando mi condición de bruja en el mayor secreto. Aunque ese secreto pudiera costarme la vida como a ellas.
En alta mar, sin mi vara, sin ninguna Omar a quien recurrir, sin nadie a quien poder confiar mi miedo, me sentía terriblemente sola. Me juraba a mí misma que la noche siguiente no me dormiría, pero a pesar de que intentaba mantenerme despierta no podía dejar de cabecear unos instantes, a intervalos. Aunque fueran segundos, bastaban para que Baalat actuara. Un día no despertaría, el día que Baalat quisiera acabar conmigo. Y eso podía pasar en cualquier momento.
Me estiraba a descansar a ratos con el atame de la vieja Paltoö bajo la almohada y mi mano derecha aferrada a su empuñadura, dispuesta a rebanar un cuello, pero ¿de quién?
Necesitaba desesperadamente ayuda y, finalmente, tras darle muchas vueltas, decidí dar marcha atrás de mis juramentos y conjurar un escudo para protegerme. Sin embargo, ante mi asombro, no lo conseguí. La angustia o la debilidad impedían que mi hechizo surgiera efecto. Sin mi vara y sin la ayuda de otras Omar, no tenía fuerzas. Intenté lanzar una llamada telepática a mi madre que tampoco tuvo éxito. Algo lo impedía. No me había sucedido nunca antes. Me desesperaba por mi impotencia y contaba los días para llegar a Rejkiavik.
Afortunadamente tenía un atame Omar. Una vez tocase tierra, acudiría a un bosque, tallaría inmediatamente una nueva vara y pediría ayuda a un coven de Omar. El ataque de Baalat me exculpaba. Yo era una víctima, como Meritxell, y eso daba nueva luz sobre su caso.
Me convencí de que las Omar no me juzgarían duramente. Carla retiraría su acusación y Deméter me defendería… Necesitaba a las brujas Omar. No me importaba mi castigo. Si moría, nada tendría sentido.
Intenté recordar qué clan habitaba en la isla. ¡Las yeguas! Vino a mi memoria la imagen de una altísima yegua islandesa que una vez visitó a mi madre. Era de piel tan blanca que parecía muerta y tenía las pupilas de un color verde luminoso y amarillento, como los gatos, aunque lo más característico de ella era la cadencia de su voz, pura música; oírla hablar era escuchar una partitura de Schumann. Se llamaba Hólmfrídur.
Me repetí una y otra vez que yo era fuerte, que no quería morir, que buscaría la forma de defenderme, y no me permití ni un instante de desfallecimiento.
Conseguí pasar tres días sin dormir, manteniéndome despierta a fuerza de abofetearme las mejillas, beber litros de café y mojarme la cara con agua de lluvia y de mar. Hasta que no pude más y le pedí a Gunnar que me abrazase mientras me tendía en la litera. Gunnar se mostró muy extrañado y en vano le juré que no pasaba absolutamente nada y que únicamente quería descansar sin sufrir pesadillas, que eso me sucedía cada noche desde que murió Kristian Mo…