El Desierto De Hielo
- Автор: Carranza Maite
- Серия: La Guerra de las Brujas #2
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:
Selene sonrió.
– Naciste en el Norte, no puedes negarlo.
– ¿Nací en el Norte?
Selene se arrellanó en el asiento delantero, tomó el volante y palmeó el asiento del copiloto.
– Anda, pasa aquí, a mi lado, y continuaré con la historia.
9
Una noche blanca nos dejaron de incógnito en una cala cercana a Rejkiavik. Desembarcamos a una hora en la que los islandeses aún dormían. Recogimos nuestro equipaje y, tras despedirnos silenciosamente de la familia Harstad y besar a todos y cada uno de los bersekers del mar, que curiosamente olían a lavanda y sabían a pastel de manzana a pesar de haber trajinado quince días con sangre y grasa de ballena, nos dirigimos caminando hacia una parada de taxis del pueblo más cercano.
Lo único que necesitaba yo era un bosque para tallar una vara y conjurar un escudo protector. Pero en aquel pueblo no había árboles. Llovía, el cielo estaba gris y ráfagas de viento helado barrían las calles.
– Celebraremos nuestra llegada a la manera vikinga -me prometió Gunnar guiñándome un ojo al llegar ante la parada.
Nos metimos en un taxi y me arrellané cómodamente en el asiento trasero mientras Gunnar daba conversación al educado taxista, tan diferente de los taxistas vociferantes de mi país. El islandés era dulce y musical, diferente al noruego, pero vagamente emparentado.
Les escuché un rato hasta que el paisaje me fue robando la atención. Islandia, bajo la lluvia y la bruma, estaba desnuda. Atravesamos un extenso campo de lava oscura, sin árboles, sin hierba. Era lava escupida por el Snaefellsjökull, el volcán que conducía al centro de la tierra y que se escondía tras las nubes. Pero faltaba algo. ¡No había bosques!
– ¿Dónde hay bosques? -pregunté con un hilo de voz.
Gunnar y el taxista rieron.
– Islandia está deforestada. No quedan bosques de ningún tipo. Y ésa es su miseria y su grandeza. Pastos y rocas, lava y hielo.
Entonces, pensé, mis posibilidades eran muy pocas. ¿Dónde demonios conseguiría tallar una vara? Tenía que encontrar a Hólmfrídur, era mi única esperanza.
Aquella isla solitaria, cubierta de rocas negras y humeante de geiseres, arropada por la bruma y tenuemente iluminada por un sol engañoso, me inquietó. Gunnar me había advertido de sus fuerzas telúricas. Y ahí estaban. Percibía presencias constantes. Podía oír voces lejanas que se perdían entre la niebla y divisar luces que poco o nada tenían que ver con la electricidad. En efecto, Gunnar tenía razón: lo sobrenatural en Islandia imperaba sobre la razón. Pero no me gustaron las vibraciones de esas fuerzas. Olían a muerte, a podredumbre, como sus aguas sulfurosas.
Gunnar tuvo la gentileza de darme una explicación.
– ¿Ves esa montaña de ahí?
Efectivamente la veía.
– Está habitada por elfos y no hubo manera de cavar un túnel. Los elfos lo impedían y destruían las máquinas. Al final optaron por desviar la carretera.
No me inmuté. Era sabido que algunos seres del mundo opaco utilizaban las raíces de los árboles, los resquicios de las rocas o el cono de los volcanes para visitar nuestro mundo. Todas las Omar aprendíamos de niñas que los caminos que unían los mundos podían ser muchos y diversos. El lago y el rayo de sol eran los que más habían difundido las poesías y las leyendas, pero los geiseres bien podían ser una vía apta de comunicación.
Y de pronto, el sol se oscureció. Los cambios de tiempo eran bruscos y repentinos. El taxista hizo un comentario lacónico que Gunnar tradujo.
– El lobo devoró al sol.
Era cierto. Lo parecía.
– Forma parte de nuestra mitología -me aclaró Gunnar-. Según las creencias vikingas, el fin del mundo se producirá cuando los Ases y los Vans, los dioses enfrentados, se maten unos a otros y el lobo Fenry, cruel y sanguinario como su padre Loki, devore al sol y a la luna.
Lo recordaba. Recordaba esas estremecedoras leyendas y en aquellos momentos me parecían hasta probables. Una tierra fría, inhóspita, que permanece sumida en la oscuridad por cinco largos meses tiene que tener una visión pesimista de las cosas. Y la naturaleza se defendía del acoso. Las montañas, los lagos, los geiseres y los glaciares estaban protegidos mágicamente para defenderse de la mano del empuje de la civilización.
¿Adónde nos dirigíamos?
No quise preguntar cuál era la forma vikinga de celebrar reencuentros. ¿Pescar tiburones? ¿Talar árboles? ¿Beber en una calavera? ¿O lanzarme dentro de un volcán para aplacar la ira de los dioses?
Pronto lo supe y a punto estuve de cocerme viva. Gunnar y yo acabamos metidos en una sauna caliente al aire libre que olía a huevos podridos. Gunnar estaba radiante y se llenaba los pulmones con glotonería de ese aire fétido que despedían las entrañas de la tierra. Se quitó la ropa rápidamente y se metió en el baño humeante con un gemido de placer.
El agua sulfurosa surgía de dentro de la tierra a cuarenta grados de temperatura. No me apetecía nada meterme ahí, pero ante su insistencia me desnudé, metí un pie y lo retiré inmediatamente con un chillido. Demasiado tarde, Gunnar ya se había fijado en mis brazos.
– ¿Qué te ha pasado en los brazos?
Me metí en la poza ardiente; aún me duele al recordarlo.
– Nada, picaduras de mosquito -le quité importancia.
Acababa de comprender lo que sienten las pobres langostas cuando las meten en una olla hirviendo y chillé.
Pero no pude engañarlo ni desviar su atención. Me obligó a enseñarle mis heridas y estudió mis brazos con detenimiento. Se preocupó. Miró mis ojos enfebrecidos y chasqueó la lengua.
– ¿Por qué no me habías dicho nada?
– Es que no es nada.
– Te llevaré a un hospital. Tiene que verte un médico.
– Imposible, no tengo documentación. Me descubrirían -supliqué asustada.
Y tenía razón: además de consultar con la policía, probablemente ningún médico entendería el origen de esas heridas. Sólo podía ayudarme una Omar. Y entonces se me ocurrió una idea brillante.
– Pero conozco un médico que vive aquí.
– ¿Un médico?
– Se llama Hólmfrídur y es una amiga de mi madre. Ella me curará sin hacerme preguntas.
– ¿Dónde vive?
Lo ignoraba, aunque recordaba un detalle.
– Tenía una granja.
Gunnar se echó a reír ante mi candidez.
– Todos los islandeses tenemos una granja.
– ¿Tú también? -pregunté asombrada, y me di cuenta de que apenas sabía nada de Gunnar.
Ni siquiera sabía en qué pueblo había nacido, quiénes eran sus padres y si tenía o no hermanos. Pero mi curiosidad podía esperar. Mi vida, en cambio, corría peligro.
– Tomaremos algo y pensaremos -propuso Gunnar.
El baño me relajó y me dejó una agradable sensación de confortabilidad, peligrosa porque invitaba a cerrar los ojos y echar una siesta. Después de tantos días de desear una ducha caliente, los poros se abrían como naranjas maduras y el agua penetraba hasta el fondo arrastrando con ella todos los resquicios de suciedad. Gunnar y yo dejamos atrás el olor a sangre y grasa de minke que había presidido nuestro pequeño barco ballenero durante quince días.
Otro taxi nos dejó en Rejkiavik, una ciudad limpia, moderna y aséptica, pero triste. Gunnar escuchaba el silencio, olía el aire limpio, casi transparente como el cutis de los isleños, y caminaba taciturno; imposible saber qué pasaba por su cabeza, pero estaba preocupado.
Entramos en un bar que bien podía haber estado en la Quinta Avenida de Nueva York e inmediatamente me encontré con la acogedora sonrisa de una bella joven ataviada con un corto delantal. Nos saludó, nos acompañó hasta una mesa y nos ofreció una larguísima carta con el surtido más completo que había visto jamás de todas las marcas de cerveza del planeta. Hacía tan sólo unos meses que habían acabado con una antigua ley seca y se resarcían de décadas de abstinencia. Mientras esperaba a que nos decidiéramos, nos preguntó en un correctísimo inglés si acabábamos de llegar y si ya teníamos alojamiento. Gunnar respondió amablemente que lo teníamos todo resuelto y, para disgusto de la guapísima camarera de rasgos vikingos, yo solo pedí un café bien cargado, porque se me cerraban los ojos. Me trajo un maravilloso expreso italiano. No me atreví a decirle a Gunnar que su ciudad me parecía una escenografía vanguardista más que una isla salvaje en medio del Ártico. Ciertamente era diferente de lo que yo esperaba encontrar.