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El traje del muerto

Электронная книга - «El traje del muerto». Краткое содержание книги:

«El traje del muerto es, sencillamente, la mejor opera prima de terror desde que Clive Barker escribió su Damnation Game hace veinte años. Es el tipo del libro para el que los exagerados adjetivos que se utilizan en las contraportadas de los libros -sobrecogedor, absorbente, impactante, imposible de soltar- encajan a la perfección, ya que es todas esas cosas además de enormemente inteligente. Una auténtica y terrorífica novela llena de personas con las que uno se identifica; la clase de libro que permanece en la memoria después de haber finalizado su lectura. Tiene toda mi admiración». Neil Gaiman, The New York Times.
«La primera y apasionante novela de Joe Hill está repleta de momentos tan espeluznantes que te hielan la sangre o tan escalofriantes como una llamada telefónica de un viejo amigo muerto».Entertainment Weekly.
«Inquietante… con tantos giros y sustos que los lectores al llegar al final se quedarán pálidos agarrando con fuerza los brazos de su sillón». Denver Post.
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»Después de un par de noches -siguió diciendo la chica-, se presentaron visiones de niñitas con los ojos en llamas. No pude ir al colegio el lunes, porque me estaban esperando fuera, bajo el roble. Yo estaba demasiado asustada como para salir. Se lo conté a Jessie. Le dije que tenía que pedirle a papá que regresara a casa, porque yo estaba teniendo ideas malas y veía cosas raras otra vez. Ella me dijo que estaba cansada de mi locura de mierda, que él estaba ocupado y que yo tenía que portarme bien hasta que volviera. Trató de obligarme a ir al colegio, pero no lo logró. Me quedé en mi cuarto, viendo la televisión. Pero, de pronto, las niñas muertas comenzaron a hablarme a través de la pantalla del televisor. Me decían que yo estaba muerta, como lo estaban ellas. Que debía estar bajo tierra con ellas. Generalmente, Jessie volvía del colegio a las dos o a las tres. Pero aquel día se retrasó. Se iba haciendo tarde, muy tarde, y cada vez que miraba por la ventana veía a las niñas, que me observaban. Se encontraban justamente al otro lado del cristal. Mi padrastro telefoneó y le conté que tenía problemas y que por favor regresara a casa. Me respondió que vendría lo más pronto que pudiera, pero que aún faltaba mucho para eso. También me dijo que le preocupaba que pudiera hacerme algún daño a mí misma y que llamaría a alguien para que me acompañara. Después de colgar, llamó por teléfono a los padres de Philip, que vivían calle arriba, no lejos de nosotros.

– ¿Philip? ¿Ése era tu novio? ¿El muchacho judío?

– El mismo. Phil vino de inmediato. No lo reconocí. Me escondí debajo de la cama y grité cuando trató de tocarme. Le pregunté si estaba con las niñas muertas. Le conté todo lo que sabía sobre ellas. Al poco rato, apareció Jessie, y Philip salió corriendo tan rápidamente como pudo. Después de aquello, quedó tan asustado que no quiso tener nada que ver conmigo. Mi padrastro sólo dijo que era una vergüenza, que él creía que Philip era mi amigo y que de él, más que de cualquier otra persona, podía haberse esperado que se ocupara de mí cuando lo estaba pasando mal.

– ¿Así que eso es lo que te preocupa? ¿Que tu padre me revele que estás loca y que yo me sorprenda tanto que nunca más quiera tener nada que ver contigo? Debo decirte, Florida, que si él me cuenta que haces cosas raras de vez en cuando, no será nada nuevo para mí.

Dejó escapar un resoplido, una suave risa que parecía un suspiro.

– No, él nunca diría que estoy loca. No sé lo que diría. Pero seguramente encontrará algo que haga que yo te guste un poco menos. Si es que puedo gustarte menos todavía.

– No empecemos con eso.

– No. No, pensándolo bien, tal vez sea mejor que llames a mi hermana y no a él. Es una bruja desagradable, no nos llevamos demasiado bien. Nunca me ha perdonado que yo fuera más guapa que ella y que recibiera mejores regalos de Navidad. Después de la muerte de mi madre, ella tuvo que hacerse cargo de la casa, pues yo todavía seguía siendo una niña. A los doce años Jessie se ocupaba de lavarnos la ropa y hacernos la comida, y nunca nadie le reconoció lo mucho que trabajaba o lo poco que se divertía. Pero se las arreglaba para tenerme siempre en casa, sin discusión posible. Le encantará tenerme otra vez con ella, así podrá darme órdenes y obligarme a hacer lo que quiera.

Pero cuando Jude llamó a casa de su hermana, quien descolgó fue, a fin de cuentas, el padrastro. Respondió al tercer tono:

– ¿Qué puedo hacer por usted? Vamos, hable. Le ayudaré en lo que pueda.

Jude se presentó. Dijo que Anna quería volver a casa durante un tiempo. Presentó la situación como si se tratara de una idea de ella más que de él. Jude se debatía mentalmente, pensando en la manera en que podía describir el estado de la chica, pero Craddock acudió en su auxilio.

– ¿Qué tal está durmiendo últimamente? -preguntó Craddock.

– No demasiado bien -respondió el cantante, aliviado, seguro de que, de algún modo, con eso estaba todo dicho.

Jude ofreció un chófer para que llevara a Anna de la estación de tren, en Jacksonville, hasta la casa de Testament, pero Craddock dijo que no era necesario. Él mismo iría a buscarla.

– Un paseo en coche a Jacksonville me va a encantar. Cualquier excusa es buena para salir con mi camioneta durante unas horas. Con las ventanillas bajadas. Haciendo muecas a las vacas.

– Entiendo -dijo Jude, olvidándose de sí mismo y entusiasmándose con el anciano. Conocía bien ese deseo.

– Le agradezco que se haya ocupado tanto de mi pequeña. ¿Sabe que, cuando era apenas una niña, tenía carteles suyos en todas las paredes? Ella siempre quiso conocerlo. A usted y ese tipo de… ¿Cómo se llamaban? Motley Crüe. Vaya, sí que quería a esos tipos. Los siguió durante medio año. No se perdió ninguna de sus actuaciones. Llegó a conocer a algunos, incluso. No a los de la banda, supongo, sino a los del equipo de la gira. Aquéllos fueron sus años de desenfreno. Aunque supongo que aún no está del todo asentada, ¿verdad? Sí, ella adoraba todos sus discos. Le encantaba toda esa música heavy metal. Siempre supe que acabaría consiguiendo una estrella del rock para ella.

Jude tuvo una sensación seca, como de extrañas cosquillas, que se expandió por el pecho. Entendía lo que Craddock le estaba diciendo, que la chica se había acostado con los asistentes para poder estar cerca de Motley Crüe; que tenía la obsesión de hacer el amor con estrellas musicales y que si no estuviera acostándose con él se encontraría en la cama con Vince Neil o Slash. Y también sabía por qué Craddock le estaba contando esas cosas. Por la misma razón que había hecho que el amigo judío de Anna la viera cuando ella estaba fuera de sí: para levantar un muro entre los dos.

Lo que Jude no había previsto era que, aunque él supiera lo que Craddock estaba haciendo, el resultado fuera el deseado por el viejo. Apenas Craddock dijo lo que tenía que decir, Jude empezó a pensar en el lugar en que él y Anna se habían conocido, entre bastidores, en una presentación de Trent Reznor. ¿Cómo había llegado ella allí? ¿A quién conocía y qué tuvo que hacer para que la dejaran estar entre bastidores? ¿Si Trent hubiera entrado en la habitación en aquel momento, ella se habría sentado a los pies de él en vez de a los suyos y le habría hecho las mismas preguntas dulces y sin sentido?

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