El eco de la memoria
- Автор: Powers Richard
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
– ¿Y falleció…?
– Hace cuatro años. No podía dormir. No había modo de que conciliara el sueño, hasta que se murió.
– Lo siento -dijo Weber, absurdamente-. ¿Cómo diría usted que era la relación con su hermano?
Ella apretó los labios.
– Era un combate a muerte incesante y a cámara lenta, excepto por un par de felices salidas de camping. Les gustaba pescar juntos o trabajar juntos en la reparación de motores. Actividades en las que no era necesario hablar. La que está al lado es nuestra madre, Joan. Al final no tenía tan buen aspecto. Murió hace alrededor de un año, como creo haberle dicho.
– ¿Dice usted que era una mujer religiosa?
– Tenía una enorme capacidad de hablar como poseída en lenguas muertas. Incluso su inglés ordinario era bastante pintoresco. Con frecuencia hacía que exorcizaran la casa. Estaba convencida de que ocultaba las almas de niños atormentados. Yo le decía: «¡Hola! ¡La Tierra a mamá! ¡Nombraré a esos niños atormentados por diez centavos!». -Karin tomó la foto que sostenía Weber, con la imagen de la guapa granjera de cabello castaño, y la examinó, los labios fruncidos-. Pero logró que sobreviviéramos durante todos los años en que papá se dedicó a sus proyectos. Trabajaba como mecanógrafa en las oficinas de la universidad.
– ¿Cómo se llevaba Mark con ella?
– La adoraba. A decir verdad, los adoraba a ambos. Solo que a veces lo hacía mientras les gritaba y agitaba un arma contundente.
– ¿Era violento?
Ella exhaló.
– No lo sé. ¿Qué significa «violento», en cualquier caso? Era un adolescente. Y luego un veinteañero.
– ¿Compartía las creencias de su madre? ¿Era religioso?
Ella se rió hasta que tuvo que alzar las manos en el aire.
– No, a menos que se considere religioso el culto al diablo. No, eso es injusto. Fui yo quien pasó por una fase de magia negra. Míreme: Karin Schluter, estudiante de último curso en el instituto. Una chica con aspecto de vampiro gótico. Da bastante miedo, ¿verdad? Dos años antes, era animadora. Sé lo que está pensando. Si mi hermano no hubiera sufrido un accidente que explicara su síndrome de Capgras, buscaría un gen causante de esquizofrenia. Esa es la familia Schluter. Veamos qué más tenemos.
Karin siguió comentando el resto de las fotos. Algunas se remontaban a un bisabuelo, Bartlett Schluter, un joven plantado delante de la cabaña ancestral, el cabello como rastrojos de maíz. Había algunas fotos de la planta de empaquetado de carne en Lexington, una caja sin ventanas de dos mil metros cuadrados con un centenar de contenedores de doce metros alineados delante, esperando a que se los llevaran los camiones remolque. Había fotos de los mejores amigos de Mark, dos hombres desaliñados, de unos veinticinco años, que lo pasaban en grande fumando, bebiendo y jugando al billar, uno de ellos con una camiseta de camuflaje, mientras que en la del otro se leía: «¿Tienes anfetas?». Había una foto de una mujer larguirucha, de cabello negro, pálida, con un jersey verde oliva de cuello de pico tejido a mano y una frágil sonrisa.
– Bonnie Travis. La chica del grupo.
– ¿Esto es el hospital?
– A mediados de marzo. Esos son los pies de Mark, con las uñas recién pintadas. A ella le pareció que sería elegante pintárselas de color fucsia. -La ironía de su tono no podía ocultar el afecto que sentía-. Mire, usted quería fotos que animaran a Mark.
Una cara familiar apareció ante Weber. Su propia piel debía de haber experimentado un cambio en la conductividad.
– Ya conoce a Barbara. Como ha observado, Mark está completamente chiflado por ella.
La mujer sonreía con tristeza, ajena a la cámara y a quien la manejaba.
– Sí -dijo Weber-. ¿Sabe por qué?
– Lo he estado pensando. Reacciona a algo que ella tiene. Respeto. -Había en su voz una envidia que tanto podía ser sana como no. Yo le daría lo que esta mujer le da, si él me dejara. Karin acarició la foto-. No puedo decirle cuánto le debo a Barbara. ¿No es increíble que trabaje en el nivel más bajo de la escala? Está a solo un paso de no ser más que una voluntaria. Así es el sistema sanitario de pago. Los codiciosos directivos son incapaces de valorar su activo humano.
Weber sonrió evasivamente.
– Aquí está el orgullo y la alegría de Mark. -Le mostró la foto de una estrecha vivienda modular con revestimiento exterior de vinilo, un edificio que la generación de Weber habría llamado una casa prefabricada-. Esta es la Homestar. Es el nombre de la empresa constructora que las vende por catálogo, pero él la llama así, como si fuera la única del mundo. Mi hermano agresivo y rebelde nunca se ha sentido más orgulloso que el día en que por fin pudo pagar la entrada de seis mil dólares, su asidero en el escalón inferior de la clase media. -Se mordió la yema del pulgar-. Lo que se llama huir de una crianza precaria.
– ¿Es ahí donde usted vive mientras está en la ciudad?
Ella reaccionó como si le hubiera presentado una orden de detención.
– ¿En qué otro lugar podría alojarme? No tengo trabajo. No sé cuánto va a alargarse esta situación.
– Es muy natural que viva ahí -replicó él.
– No es que esté hurgando en las cosas de mi hermano. -Cerró los ojos y palideció. Él tomó una foto de cinco melenudos con guitarras y una batería. Ella volvió a mirarle-. Son los Cattle Call, una penosa banda que actúa en un bar llamado Silver Bullet, en las afueras. A Mark le encantan. Tocaban la noche del accidente. Es ahí donde estaba Mark poco antes de que ocurriera. En un armario de la casa he encontrado una caja llena de fotos de la camioneta. Eso podría irritarle.
– Sí, quizá sea mejor que nos lo saltemos por ahora.
Llegaron las pizzas. Lo que Weber había pedido le consternó: piña tropical y jamón. No podía creer que hubiera pedido tal cosa. Karin atacó la Suprema con brío.
– No debería comer pizza. Sé que podría alimentarme mejor. De todos modos, no tomo mucha carne, salvo cuando como fuera de casa. Me sorprende que en esta parte del país se siga vendiendo carne de res. Debería usted oír las cosas que se hacen dentro de esa planta. Pregúntele a Mark. Dejará de comer carne para siempre. ¿Sabe? Tienen que recortarles los cuernos para evitar que los enloquecidos animales se despanzurren entre sí.
Eso no era ningún obstáculo para su apetito. Weber se enfrentaba a su Hawaiana como a un trabajo de etnografía. Por fin la comida terminó, junto con sus palabras.
– ¿Está listo? -le preguntó dubitativa, fingiendo que ella lo estaba.
Una vez en Dedham Glen, Weber le pidió que le dejara una hora a solas con Mark. La presencia de Karin podría obstaculizar una nítida respuesta a la prueba de reacción cutánea.
– Usted manda.
Se pasó los dedos por las cejas y retrocedió, haciendo una reverencia.
Mark estaba solo en su habitación, hojeando una revista de culturismo. Alzó la vista y sonrió.
– ¡Loquero! Aquí está de nuevo. Hagamos otra vez lo de tachar los números y las letras. Ahora estoy preparado para eso. Ayer no lo estaba.