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Cincuenta Sombras Liberadas

Электронная книга - «Cincuenta Sombras Liberadas». Краткое содержание книги:

La tercera entrega de la exitosa trilogía Cincuenta sombras
Cuando la joven Anastasia conoce al poderoso y enigmático Grey, comienzan un excitante, sensual y atormentado romance. Erótica, entretenida y profundamente conmovedora, la serie Cincuenta sombras es una historia que te cautivará, te poseerá y se quedará contigo por siempre.
Para público adulto.
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– Deja de hacer esto -me susurra Christian. Da los dos pasos que nos separan y se queda de pie delante de mí. Me coloca el pelo detrás de la oreja con cariño y me acaricia el lóbulo de la oreja con la punta de los dedos, lo que me provoca un estremecimiento. ¿Es eso lo que he estado echando de menos todo el día? ¿Su contacto? Sacudo la cabeza, lo que hace que tenga que soltarme la oreja. Se me queda mirando-. Háblame -me pide.

– ¿Y para qué? Si no me escuchas…

– Sí que te escucho. Eres una de las pocas personas a las que escucho.

Le doy otro sorbo al vino.

– ¿Es por lo de tu apellido?

– Sí y no. Es por cómo has tratado el hecho de que discrepara contigo. -Le miro esperando que se enfade.

Frunce el ceño.

– Ana, ya sabes que tengo… problemas. No me resulta fácil soltarme en las cosas que tienen que ver contigo. Ya lo sabes.

– Pero yo no soy una niña ni uno de tus activos.

– Lo sé -suspira.

– Entonces deja de tratarme como si lo fuera -le suplico.

Me acaricia la mejilla con el dorso de los dedos y recorre la línea de mi labio inferior con la yema del pulgar.

– No te enfades. Eres muy valiosa para mí. Como un activo que no tiene precio, como un niño -me dice con una expresión sombría y reverente al mismo tiempo en la cara. Sus palabras me han distraído. Como un niño… Valioso como un niño… Un niño sería algo precioso para él.

– Pero no soy ninguna de esas cosas, Christian. Soy tu esposa. Si te sentías dolido porque no iba a utilizar tu apellido, deberías habérmelo dicho.

– ¿Dolido? -Vuelve a fruncir el ceño todavía más y sé que está considerando la posibilidad en su mente. Se yergue bruscamente, con el ceño aún fruncido, y le echa un vistazo a su reloj-. La arquitecta va a venir en menos de una hora. Deberíamos cenar.

Oh, no… Gruño para mí. No me ha contestado a la pregunta y ahora tengo que vérmelas con Gia Matteo. Mi día de mierda se está poniendo peor por momentos. Miro a Christian con el ceño fruncido.

– Esta discusión no ha acabado -le advierto.

– ¿Qué más tenemos que discutir?

– Podrías vender la empresa.

Christian ríe incrédulo.

– ¿Venderla?

– Sí.

– ¿Crees que encontraría un comprador en el mercado actual?

– ¿Cuánto te costó?

– Fue relativamente barata. -Suena a la defensiva.

– ¿Y si se hunde?

Sonríe irónico.

– Sobreviviremos. Pero no dejaré que se hunda. No mientras tú trabajes allí.

– ¿Y si lo dejo?

– ¿Para hacer qué?

– No lo sé. Otra cosa.

– Me has dicho que este es el trabajo de tus sueños. Y corrígeme si me equivoco, pero he prometido ante Dios, el reverendo Walsh y una reunión de tus más allegados y queridos que animaré tus esperanzas y tus sueños y procuraré que estés segura a mi lado.

– Citar tus votos matrimoniales es juego sucio.

– Nunca te prometí juego limpio en lo que a ti respecta. Además -añade-, tú has utilizado tus votos como arma en algún momento.

Frunzo el ceño. Es cierto.

– Anastasia, si sigues enfadada conmigo, házmelo pagar luego en la cama. -Su voz es de repente baja y está llena de una necesidad sensual. Su mirada arde.

¿Qué? ¿En la cama? ¿Cómo?

Sonríe indulgente al ver mi expresión. ¿Quizá pretende que yo le ate? Oh, madre mía…

– Mil veces peor que el domingo -me susurra-. Lo estoy deseando.

¡Uau!

– ¡Gail! -grita de repente y en cuatro segundos aparece la señora Jones. ¿Dónde estaba? ¿En la oficina de Taylor? ¿Escuchando? Oh, no.

– ¿Señor Grey?

– Queremos cenar ahora, por favor.

– Muy bien, señor.

Christian no aparta los ojos de mí. Me está observando vigilante, como si estuviera a punto de surgir alguna criatura exótica de mi cabeza. Le doy otro sorbo al vino.

– Creo que me voy a tomar una copa contigo -me dice, suspira y vuelve a pasarse una mano por el pelo.

– ¿No te lo vas a acabar?

– No -respondo mirando el plato de fettuccini, que casi ni he probado, para evitar la expresión cada vez más sombría de Christian. Antes de que pueda decir nada más, me pongo de pie y me llevo los platos-. Gia vendrá dentro de poco -digo. Christian tuerce la boca para formar una expresión contrariada, pero no dice nada.

– Yo me ocupo de esto, señora Grey -me dice la señora Jones cuando entro en la cocina.

– Gracias.

– ¿No le han gustado? -me pregunta preocupada.

– Estaban buenos. Pero es que no tengo hambre.

Me mira con una sonrisa comprensiva y se gira para limpiar los restos de mi plato y meterlo todo en el lavavajillas.

– Voy a hacer un par de llamadas -anuncia Christian mirándome de arriba abajo antes de desaparecer en el estudio.

Suelto un suspiro de alivio y me encamino al dormitorio. La cena ha sido muy incómoda. Sigo enfadada con Christian y él parece creer que no ha hecho nada mal. ¿Y lo ha hecho? Mi subconsciente levanta una ceja y me mira con benevolencia por encima de sus gafas. Sí que lo ha hecho. Ha hecho que las cosas sean todavía más incómodas en el trabajo para mí. No ha esperado para que habláramos del asunto en la relativa privacidad de nuestra casa. ¿Cómo se sentiría él si yo me entrometiera en su oficina? Y para rematar, ahora resulta que quiere regalarme la editorial. ¿Cómo demonios voy a llevar una empresa? Yo no sé nada de negocios.

Contemplo la vista de Seattle bañada por la nacarada luz rosácea del atardecer. Y como siempre, quiere resolver nuestras diferencias en el dormitorio… o en el vestíbulo… el cuarto de juegos… la sala de la televisión… la encimera de la cocina. ¡Ya vale! Con él todo acaba en sexo. El sexo es su mecanismo para gestionarlo todo.

Entro en el baño y frunzo el ceño ante mi imagen reflejada en el espejo. Volver al mundo real es duro. Conseguimos resolver todas nuestras diferencias cuando estábamos en nuestra burbuja, pero estábamos muy inmersos el uno en el otro. Pero ¿ahora? Durante un momento vuelvo al momento de la boda y recuerdo lo que me preocupaba ese día: casamiento apresurado… No, no debo pensar eso. Ya sabía que era Cincuenta Sombras cuando me casé con él. Tengo que afrontarlo y hablarlo con él hasta que lo resolvamos.

Me observo en el espejo. Estoy pálida y encima ahora tengo que lidiar con esa mujer… Llevo una falda lápiz gris y una blusa sin mangas. Vamos a ver… La diosa que llevo dentro saca la laca de uñas de color rojo pasión. Me desabrocho dos botones para enseñar un poco de escote. Me lavo la cara y me maquillo de nuevo, dándome más rimel de lo habitual y poniéndome más brillo en los labios. Me agacho y me cepillo el pelo con fuerza, de la raíz a las puntas. Cuando vuelvo a incorporarme, mi pelo es una nube castaña que me rodea y me cae hasta los pechos. Me lo coloco con gracia tras las orejas y decido cambiar mis zapatos planos por unos tacones.

Cuando regreso al salón, Christian tiene los planos de la casa extendidos sobre la mesa del comedor. Ha puesto una música en el equipo que hace que me quede parada.

– Señora Grey -me saluda cariñosamente y me mira burlón.

– ¿Qué es eso? -le pregunto. La música es impresionante.

– El Réquiem de Fauré. Te veo diferente -comenta distraído.

– Oh. Nunca lo había oído.

– Es muy tranquilo y relajante -dice y levanta una ceja-. ¿Te has hecho algo en el pelo?

– Me lo he cepillado -murmuro. Estoy embelesada por las voces tan evocadoras. Christian abandona los planos sobre la mesa y viene hacia mí con paso lento y acompasado con la música.

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