Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Серия: Saga del retorno #5
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6678-0
- Переводчик: Carlos Gardini
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]». Краткое содержание книги:
—O bien que tengo la vejiga llena y debo levantarme temprano para vaciarla.
Akmaro rió de nuevo. Se alejó. El chico hablaría con sus hermanos. Tomarían una decisión. Era algo entre ellos y el Guardián.
Poco después Akmaro vio a su hijo Akma de pie, en el campo, sudando entre las patatas. El chico lo miraba. Miraba a Didul. ¿Cómo le veía Akma? Mi mano en el hombro de Didul. Mi risa. ¿Cómo lo veía? Y cuando esta noche hable del sueño de Didul, cuando pida a todos que se preparen porque la voz del Guardián ha llegado a nosotros, diciéndonos que mañana seremos libres de nuestra esclavitud, todos se regocijarán porque el Guardián no nos ha abandonado. Pero en el corazón de mi hijo habrá cólera, porque el sueño acudió a Didul y no a él.
Pasó la tarde. El sol, ya escondido detrás de las montañas, retiró al fin su luz del cielo. Akmaro reunió a los suyos y les pidió que se preparasen, pues partirían antes del alba. Les habló del sueño. Les dijo quién lo había soñado. Y nadie planteó dudas ni objeciones. Nadie se preguntó si era una trampa o una treta. Porque todos conocían a los pabulogi, sabían que habían cambiado.
Al amanecer Akmaro y Chebeya despertaron a sus hijos. Akmaro fue a cerciorarse de que todos los demás estuvieran despiertos y preparándose para partir. No enviarían a nadie a vigilar a los guardias. Tenían que estar dormidos, pero en caso contrario —si habían interpretado mal el sueño— ya no había nada que pudieran hacer.
Dentro de la choza, mientras Akma ayudaba a llenar las alforjas con comida, ropa, herramientas y cuerdas, Madre le habló.
—No ha sido cosa de Didul, sabes. Él no eligió tener el sueño, y tu padre no ha elegido escucharlo de sus labios. Ha sido cosa del Guardián.
—Lo sé —dijo Akma.
—El Guardián trata de enseñarte a aceptar sus dones sin que importe a quién escoge para transmitirlos. El Guardián quiere que perdones. No son los mismos chicos que eran cuando te atormentaban. Te han pedido perdón.
Akma hizo una pausa y la miró a los ojos. Sin rencor, sin ninguna expresión inteligible, dijo:
—Ellos me lo han pedido, pero yo me niego a dárselo.
—Creo que es indigno de ti, Akma. Podía entenderlo al principio. La herida aún estaba abierta.
—Tú no lo entiendes —dijo Akma.
—Sé que no lo entiendo. Por eso te ruego que me lo expliques.
—Yo no los he perdonado. No había nada que perdonar.
—¿A qué te refieres?
—Ellos hacían lo que su padre les enseñó. Yo hacía lo que mi padre me enseñó. Nada más. Los hijos sólo son herramientas de sus padres.
—Eso que dices es terrible.
—Es una verdad terrible. Pero llegará el día en que ya no seré un niño, Madre. Y cuando ese día llegue no seré la herramienta de nadie.
—Akma, el odio que llevas en el corazón te está envenenando. Tu padre enseña a la gente a perdonar, a renunciar al odio…
—El odio me sostuvo cuando me falló el amor —dijo Akma—. ¿Crees que voy a renunciar a él ahora?
—Creo que sería lo mejor —dijo Chebeya—. Antes de que te destruya.
—¿Es una amenaza? ¿El Guardián me matará?
—No es necesario. Puedes haberte destruido como persona mucho antes de que tu cuerpo esté preparado para la sepultura.
—Tú y Padre podéis creer lo que os plazca —dijo Akma—. Que me he echado a perder, que estoy destrozado… no me importa.
—No creo que te hayas echado a perder. Luet intervino.
—Él no es malo, Madre. Tú y Padre no debéis hablar de él como si lo fuera.
Chebeya quedó estupefacta.
—Nunca hemos dicho que fuera malo, Luet. ¿Por qué dices semejante cosa? Akma rió.
—Luet no necesita oír las palabras para saber la verdad. ¿Aún no comprendes su talento? ¿O el Guardián no os ha dado un sueño sobre ello?
—Akma, ¿no comprendes que no estás luchando contra tu padre ni contra mí, sino contra el Guardián?
—No me importa si es contra el mundo entero y todo lo que haya en él y encima de él. No cederé. —Consciente de que era una frase melodramática, un poco ridícula en alguien de su edad, Akma se echó el saco al hombro y salió de la choza.
Sólo el claro de luna los alumbraba cuando abandonaron las tierras que durante ese breve período habían vuelto fecundas en buenas cosechas. Nadie miró hacia atrás. No se oyeron gritos de alarma. Los gansos graznaban y las cabras balaban, pero nadie les descubrió.
Y cuando escalaron la última colina antes de abandonar la tierra que conocían, los pabulogi los aguardaban a la sombra del pinar. Akmaro los abrazó, rieron y lloraron y abrazaron a otros, hombres y mujeres. Akmaro los instó a apresurarse y todos continuaron la marcha.
Acamparon en un valle lateral, y allí rieron y cantaron y se regocijaron porque el Guardián los había liberado de la servidumbre. Pero en medio de la celebración, Akmaro les ordenó que levantaran el campamento y reanudaran la marcha, valle arriba, por sendas desconocidas, pues Pabulog había llegado y había encontrado a los guardias dormidos, y ahora un ejército los perseguía.
Seguir sendas desconocidas era peligroso, sobre todo en esa época del año. Nadie sabía qué valles estarían cubiertos de nieve y cuáles estarían despejados. Cada valle tenía su propio clima, según el viento fuera húmedo o seco, frío o caliente. Pero aquel sendero era bastante cálido, teniendo en cuenta la elevación, y bastante seco, aunque con agua suficiente para los rebaños. Y once días después bajaron de las montañas desde un pequeño valle que ni siquiera estaba vigilado, porque los incursores elemaki no seguían ese camino. A la tarde siguiente estaban a orillas del río y, a pesar de las instrucciones de los sacerdotes, Akmaro no permitió que su gente entrara en el agua.
—Ya son hombres y mujeres nuevos —declaró.
—Pero no por la autoridad del rey —replicaron los sacerdotes.
—Lo sé —dijo Akmaro—. Fue por la autoridad del Guardián de la Tierra, que es más grande que cualquier rey.
—Entonces cruzar estas aguas será un acto de guerra —dijo un sacerdote.
—Entonces no cruzaremos, pues no tenemos la intención de perjudicar a nadie.
Al fin se presentó Motiak y cruzó el puente para hablar con Akmaro. Permanecieron frente a frente un instante, y la gente de ambas márgenes miró para ver cómo el rey metía en cintura a aquel advenedizo. Para sorpresa de todos, Motiak abrazó a Akmaro, y abrazó a su esposa, y cogió a sus hijos de la mano, y condujo primero a los niños, luego a los adultos, por el puente. Ninguno de ellos tocó las aguas del Tsidorek ese día, y Motiak proclamó que eran verdaderos ciudadanos de Darakemba, pues el Guardián de la Tierra ya los había convertido en hombres y mujeres nuevos.
Aún no se había puesto el sol cuando Ilihiak fue a saludar a Akmaro. Fue una alborozada reunión; no se veían desde hacía tiempo, y ambos se quedaron hasta la noche contándose anécdotas de sus vidas. En los siguientes días mucha gente de la tierra de Khideo viajó a Darakemba para saludar a viejos amigos y parientes que habían abandonado Zinom para seguir a Akmaro al desierto.
Y no fue la última reconciliación. Motiak convocó con una proclama a la gente de Darakemba para que se reuniera en el gran espacio abierto de la ribera del río. Allí ordenó a sus escribas que leyeran la historia de los zenifi, y luego la historia de los akmari, y toda la gente se maravilló que el Guardián hubiera intervenido para rescatarlos. Los hijos de Pabulog se adelantaron y pidieron a Akmaro que los llevara a las aguas. Esta vez, cuando emergieron, rechazaron explícitamente su vieja identidad.
—Ya no somos pabulogi —dijo Pabul, y sus hermanos repitieron estas palabras—. Ahora somos nafari, y nuestro único padre es el Guardián de la Tierra. Pediremos a Akmaro y Motiak que sean nuestros protopadres, pues no reclamamos más herencia que la del ciudadano más sencillo de Darakemba.