Entre limones. Historia de un optimista
- Автор: Stewart Chris
- Год: 2000
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Entre limones. Historia de un optimista». Краткое содержание книги:
A partir de entonces, y una vez su mujer Ana se traslada con él a sus recién estrenadas posesiones andaluzas, empieza para ellos dos una nueva etapa, en la que poco de lo que hasta ahora daban por supuesto les sirve para algo: urge aprender a desenvolverse en un entorno donde necesitarán construir casas y puentes, conocer las plantas, lidiar con todo tipo de animales, tratar con sus vecinos alpujarreños, y asumir, mal que les pese, que el Chris que conocían de toda la vida ha dejado paso, de una vez por todas, a Cristóbal.
– ¿Vas a tener un niño?… Pero… pero…
Azarado, moví los pies de un lado para otro, no del todo seguro de qué postura ni qué expresión adoptar. Sobrevino un momento de confusión demasiado largo hasta que por fin conseguí sonreír de manera adecuada y la abracé con un cuidado exagerado.
– Dios mío, eso es maravilloso… yo… mmm… demonios, apenas sé qué decir…
Nos reímos nerviosamente. Se dice que éste es uno de los momentos más importantes de la vida, y ahí estaba yo estropeándolo.
No era que no quisiera un niño. Tener niños había sido durante mucho tiempo parte de nuestro gran plan al irnos a vivir a El Valero, pero a pesar de nuestros mejores esfuerzos éstos no habían venido, y en el intervalo otros planes y placeres habían ocupado poco a poco el espacio que yo había reservado para la paternidad. También me preguntaba si éramos el tipo adecuado de personas para asumir esa formidable responsabilidad. ¿Era el excéntrico tren de vida que habíamos elegido el más apropiado para una criatura tan delicada como un bebé? Pero por debajo de toda esta inquietud había una profunda veta de alegría a la que estaba intentando llegar.
Aquella noche abrimos una botella de vino algo mejor que el que habríamos bebido normalmente e iluminamos nuestra cena de tortilla y ensalada de tomate con una vela y unas flores. Durante la cena nuestra conversación abarcó el nuevo elemento imprevisible que íbamos a tener que incluir ahora en nuestros cálculos, pero escogimos cuidadosamente nuestras palabras para no tentar a la suerte poniendo demasiado énfasis en ello. De no haber sabido ambos que sentíamos una alegría total, habríamos pensado cada uno que el otro estaba un poquitín deprimido.
Unos días más tarde telefoneé a mi madre para darle la noticia. Éste iba a ser su primer nieto.
– Mamá, parece ser que al fin vas a ser abuela.
Se quedó callada unos instantes, pero después pareció como si estallara de felicidad. Yo nunca había experimentado el «estallido de felicidad» de nadie y, hasta filtrado por los cables telefónicos internacionales o pasando a toda velocidad por la ionosfera, la experiencia me dejó pasmado.
Bien, pensé, ¿quién sabe cómo será este niño o qué influencia tendrá sobre mí el papel que desempeñe yo en su existencia? Pero simplemente el oír esa felicidad en la voz de mi madre hace que merezca la pena.
Se lo dije a Domingo también, sin que viniera a cuento.
– Enhorabuena -respondió, añadiendo después en un tono desacostumbradamente pensativo-: Ya te había dicho antes que era un niño lo que necesitabais en El Valero. Si no, estaréis muy solos los dos al otro lado del río.
Y volvió a la tarea de espantar un tábano que estaba atiborrándose de sangre en la panza de Bottom.
A principios de octubre me fui a Suecia para pasar un mes esquilando ovejas. Puede que parezca raro ir a esquilar a un país nórdico justo cuando comienza el invierno, pero así es como les gusta hacerlo a los suecos. Me iba en octubre, cuando las ovejas estaban a punto de ser guardadas en los establos para el invierno, y de nuevo en marzo, justo antes de que parieran. Las ovejas suecas, o al menos la mayoría de ellas, necesitan ser esquiladas dos veces al año, lo que a mí me venía de perlas desde el punto de vista financiero, pero no así a los pastores suecos, para quienes tener que pagar dos esquilas sin ganar absolutamente nada por la lana constituía una fuente de problemas.
Llevaba quince años yendo a Suecia dos veces al año, pero a pesar de tener algunos buenos amigos allí, de algún modo esa utopía nórdica nunca había conseguido conquistar mi corazón. Me agobiaba la lobreguez del paisaje, no contaminado pero sombrío, y la monotonía de sus pueblos y ciudades sin vida me aburría. A veces avanzaba en coche por la nieve días y días, a través de interminables bosques de pinos, hasta llegar a unas granjas lejanas para esquilar sus rebaños de ovejas negras en unos oscuros establos a la lúgubre luz del encapotado cielo nórdico. Me pagaban espectacularmente bien (y realmente íbamos a necesitar todo ese dinero con un niño al que criar), pero me resultaba difícil mantenerme animado.
Durante mis viajes anteriores Ana se había quedado sola al cuidado del cortijo.
«Ay, qué valiente -solía decir la gente del pueblo al enterarse-. Quedarse sola en un sitio tan horrible como ése, ¡ay por Dios!»
Pero esta vez una amiga de nuestros vecinos holandeses, Belinda, una mujer a quien conocíamos bien, se había ofrecido a quedarse con Ana y hacerle compañía. Belinda podía ser de gran utilidad ya que, entre otras cosas, sabía bastante de obstetricia.
La esquila solía llevar aproximadamente un mes, y Ana había calculado que el niño nacería hacia mediados de noviembre. Sin la presencia de Belinda creo que ambos habríamos estado un tanto intranquilos.
Aquel mes en Suecia transcurrió aún más despacio de lo habitual, pero por fin terminé el trabajo y, con un saldo más elevado en la cuenta y una bolsa llena de pescado en conserva, salmón ahumado y palas para cortar queso suecas, me encontré de nuevo en el autobús de Órgiva ascendiendo lentamente por las largas y serpenteantes cuestas desde la costa hacia las montañas al sur de Granada mientras los últimos rayos del sol de la tarde se posaban en los picos revestidos de nieve.
«Qué lugar tan maravilloso para nacer», pensé.
Al llegar a la estación de autobuses ya había anochecido, pero Ana estaba allí esperándome. Cuando me fui a Suecia ya mostraba claros signos de la presencia de una nueva vida en el interior de su cuerpo, pero ahora su estado no dejaba lugar a dudas. Se movía torpemente, inclinándose con presteza hacia atrás para contrarrestar el peso de su vientre hinchado. Nos abrazamos cautelosamente y di un paso atrás para admirar el extraordinario fenómeno de la existencia de dos personas en una.
– No sabes lo que me alegro de que hayas vuelto, creo que ya no va a tardar mucho -dijo Ana mientras yo ponía en marcha el Land Rover.
– Yo sí que me alegro, no lo sabes bien. Dios mío, qué gusto estar de vuelta.
Las ausencias esporádicas constituyen un excelente tónico para cualquier relación. Siempre me alegraba de ver a Ana, pero después de pasar un mes en Suecia con tenebrosos pensamientos de emergencias prenatales rondándome la cabeza, la verdad es que me encontraba eufórico.
Además, ella tenía un aspecto bueno y saludable: para utilizar el tópico inglés, estaba floreciente, [3] y parecía sorprendentemente tranquila a pesar de los importantes sucesos que nos esperaban.
De vuelta en el cortijo, las ovejas también estaban gordas y felices, y en los árboles las esferas verde oscuro de las naranjas prometían fruta dulce a punto de madurar. Debajo de la vieja higuera, hasta la cual no podían llegar las ovejas, el suelo se encontraba cubierto de frutas podridas de color morado.
Tuvo que ser Ana quien me hiciera notar que el lugar tenía un aspecto más bien pelado. Parecía preocupada de verdad. Durante mi ausencia las ovejas se habían ido descontrolando, y se habían paseado por todo el cortijo limpiándolo de maleza y segando la hierba hasta dejarla al nivel del polvo. Ello en sí no era motivo de alarma, pero Ana me señaló los lugares en que los muros de piedra de los bancales habían empezado a desmoronarse y caer, dejando unos senderos polvorientos y unos montículos de tierra y piedras.
Para pasar de un bancal a otro, las ovejas tienden a no llegar hasta el extremo del muro, sino a saltar todas juntas por la mitad, y los efectos de las más de cien pezuñitas cada vez que subían o bajaban estaban empezando a notarse. También habían saltado las alambradas que había puesto yo alrededor de los nuevos albaricoqueros para protegerlos, y habían mordisqueado las puntas de sus ramas. Habían invadido el jardín y se habían comido la budleia y todas las palmeras que habíamos plantado; y finalmente se habían metido en el sanctasanctórum, el huerto de Ana, y lo habían devastado. Las berenjenas y los pimientos picantes no les habían convencido, pero habían devorado todo lo demás.
[3] En inglés, la expresión «to be blooming» se utiliza para expresar lo bien que le sienta a una mujer su embarazo. (N. de la T.)