Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
Entre limones. Historia de un optimista - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Entre limones. Historia de un optimista

Электронная книга - «Entre limones. Historia de un optimista». Краткое содержание книги:

El cortijo de El Valero está enclavado en un punto especialmente bello y privilegiado de Las Alpujarras, en las estribaciones de Sierra Nevada, entre ríos y bancales, y suficientemente alejado de la carretera como para que se parezca bastante al lugar soñado por Chris para retirarse de la vida que hasta ahora había llevado. A primera vista todo le parece demasiado bonito, suposición que le lleva a pensar en un precio prohibitivo, excesivo como para plantearse siquiera la posibilidad de comprarlo. Por eso no acaba de creerse que, después de comer algo de jamón regado con abundante vino y compartido con la agente inmobiliaria y el inefable Pedro Romero, actual propietario de la finca, acabe convirtiéndose, entre brumas etílicas y casi sin proponérselo, en el flamante dueño de la misma por un precio casi irrisorio, según sus británicos cálculos.
A partir de entonces, y una vez su mujer Ana se traslada con él a sus recién estrenadas posesiones andaluzas, empieza para ellos dos una nueva etapa, en la que poco de lo que hasta ahora daban por supuesto les sirve para algo: urge aprender a desenvolverse en un entorno donde necesitarán construir casas y puentes, conocer las plantas, lidiar con todo tipo de animales, tratar con sus vecinos alpujarreños, y asumir, mal que les pese, que el Chris que conocían de toda la vida ha dejado paso, de una vez por todas, a Cristóbal.
1 ... 35 36 37 38 39 40 41 42 43 ... 61
Перейти на страницу:

Sólo Stick, acostumbrada a ir detrás de un pastor toda su vida, parecía no encontrarse del todo bien. Muchos meses después, todavía se pegaba a cualquiera que pasara por el cortijo, ante el desconcierto de los excursionistas que de vez en cuando bajaban de la sierra.

Época de cría

Nuestros primeros corderos nacieron en abril. Una luminosa, mañana de primavera abrí la puerta del establo y descubrí un humeante fardo de lana mojada sobre la paja. Una oveja lo lamía encantada mientras emitía los ruiditos que en el mundo ovino expresan devoción maternal. Era un pequeño momento de triunfo. Durante las dos semanas siguientes El Valero se quedó reducido a los confines del establo, mientras Ana y yo nos quedábamos entre las ovejas dispuestos a ayudarlas con cualquier dificultad obstétrica que tuvieran. Pocas de ellas mostraron interés por el servicio. A diferencia de sus demasiado domesticadas homólogas británicas, las ovejas segureñas tienen un carácter independiente. Parecían contentarse con esperar a que se cerrara de nuevo la puerta del establo para depositar sus resbaladizas crías, en silencio y sin montar un número, en los nidos que habían escarbado entre la paja.

Inevitablemente alguna que otra acabó necesitando algo de ayuda, que Ana se encontraba dispuesta a proporcionarle. A ella se le da bien ayudar a parir a las ovejas, ya que sus manos son más pequeñas que las mías y se adaptan mejor a las terriblemente difíciles manipulaciones entre los huesos pélvicos de la oveja para colocar la cabeza o las patas en la posición de salida adecuada. Me complacía verla tomar una parte tan activa después de todas las reservas que había mostrado sobre mi aventura en el campo de la ganadería ovina, aunque aún estaba lejos de mostrarse entusiasmada por mis proyectos de ampliación del rebaño.

Durante los primeros días mantuvimos encerrados juntos a las ovejas y los corderos, para que estos últimos cobraran fuerzas y establecieran vínculos afectivos con sus madres; a continuación los soltamos.

– No debías soltar a los corderos -dijo Domingo.

– ¿Y por qué diablos no?

– Se los comerá el sol, y se les llenarán los pulmones de polvo. Los tratantes de ganado de por aquí no quieren comprar corderos que estén sucios del campo.

– ¿Qué hay que hacer entonces?

– Tienes que separarlos de sus madres cuando sueltes el rebaño por la mañana, y dejar a los corderos en el establo.

Investigué las soluciones que otros pastores proponían. Sus corderos tenían una vida bastante triste, encerrados todo el día en un establo donde no penetraban los rayos del sol, aunque los pequeños animales eran indomables. Ni siquiera el más abarrotado y mefítico lugar de mala muerte consigue acabar con la alegría de los animales jóvenes. La menor irregularidad en el suelo cubierto de estiércol se convertía en una loma desde la que saltar, y, no importa lo apretujados que estuviesen, nunca perdían ocasión de echar carreras y hacer cabriolas.

Era innegable que el sol no iba a comerse a los corderos en el interior de los establos, y que sus pulmones no se iban a llenar de polvo, y desde luego no iban a perder peso por el exceso de ejercicio. Podían dedicarse fervientemente y de manera precoz a la tarea de comer concentrados altos en proteínas y alcanzar el peso adecuado para el matadero lo más rápidamente posible.

Ana y yo bajamos a los campos de la ribera del río para ver cómo estaban las ovejas. Los corderillos recién nacidos deambulaban de un lado a otro, olisqueando la hierba con cautela, sobresaltándose ante la amenaza de un caracol, un saltamontes o una mariposa. Los corderos mayores, aún pequeños y blancos como la nieve, habían formado un grupo y se dedicaban a precipitarse en masa a lo largo de la orilla elevada de la acequia, para de repente pararse, darse la vuelta y correr hacia sus madres, dar un chupetón de leche y quedarse dormidos al sol.

Era un espectáculo digno de conmover hasta al especulador de corazón más empedernido, por lo que decidimos seguir dejando salir a los corderos. Ya tienen una vida suficientemente corta de todas maneras, y yo no podía privarles de la posibilidad de que la disfrutaran un poco, ni siquiera en aras de una cría de animales eficiente.

Unas semanas más tarde, al regresar un día a casa me encontré a Domingo esperándome sentado en nuestra terraza para presentarme a su «amigo» Antonio Moya. Mientras subía los escalones, sudando y con el aspecto desaliñado que siempre tengo después de realizar la más mínima tarea, el ser viscoso sentado junto a Domingo se levantó como si fuera una serpiente que se desenroscara y avanzó hacia mí con la mano extendida. Este ser estaba encantado de conocerme, según me dijo, y había recibido muchas noticias acerca de mi excelente fama, pero estas noticias palidecían al conocerme en persona.

Me quedé mirando con la boca abierta a mi adulador, meticulosamente acicalado con su camisa blanca recién planchada y su pecho lampiño reluciente de oro. El amigo de Domingo era el Moreno, un tratante de ganado. Me resultaba difícil creer que un hombre con esa cara pudiera hacer tratos con el público en general. Su sonrisa bien podría haber sido aplicada con la más breve ráfaga de aerosol, sus ojos carecían de la calidez de los de una cobra y cada una de las líneas de sus rasgos, el hoyuelo de su frente, los pliegues junto a su boca, hasta la misma posición de sus orejas, anunciaban falsedad.

– ¡Qué cortijo tan precioso… y qué casa tan bonita! Debe de ser muy feliz aquí. -Se dirigía a mí de la manera en que uno se podría dirigir a un murciélago al mirar la cueva incrustada de mierda en que vivía.

– No le hacemos ascos.

– ¡Cómo se los van a hacer! Ustedes los extranjeros son mucho más listos que nosotros.

– ¿Y por qué cree que es así?

– Eligen unos sitios tan fantásticos para vivir. Domingo dice que tiene unos corderos muy buenos que quiere vender -añadió mientras la sonrisa se le congelaba.

– No están mal, pero todavía no están listos para vender.

– Los he visto y le pagaré un precio muy bueno.

– ¿Cuánto sería?

– Cinco mil cada uno si me los vende todos.

– No están listos todavía.

– Me los llevo tal como están.

– Por cinco mil, ni hablar.

– Pero son «camperos», están llenos de polvo del campo.

– Me da igual, no los vendo hasta que no estén listos y desde luego no por ese precio.

A esto siguió una sarta de lisonjas rápidamente pronunciadas ante la cual me mantuve admirablemente firme y sin ceder terreno.

– Bueno, Cristóbal, ha sido un placer. No, un honor, tratar con usted. Hasta la próxima.

Y el Moreno echó a andar con Domingo, lanzando insistentes maldiciones a su oído según lo que pude distinguir.

– ¿Así que ése era tu amigo el Moreno? -le dije a Domingo al día siguiente, algo intrigado por la aparente alianza.

– Sí, antes trabajábamos juntos. Se quedó sin carné de conducir, por lo que solía llevarlo yo en coche a visitar a los pastores y me enseñó todos los trucos del oficio.

– Debe de ser muy útil conocer a un tratante en el que puedas confiar.

– ¿Confiar? ¡No me hagas reír! Antes confiaría en el mismísimo Satanás.

– Pero tú me dijiste que era un amigo…

– Bueno, sí, sí que lo es, pero aun así me engaña, lo mismo que a todos los demás. Engaña a todo el mundo.

– Pero, entonces, ¿qué clase de amistad es ésa, por Dios santo?

– Dice que lo hace por mi bien, para que me mantenga despierto y aprenda una lección útil. Así evito el peligro de que me engañen otros tratantes.

1 ... 35 36 37 38 39 40 41 42 43 ... 61
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)